| Federico
Hernández Aguilar*
El Diario de Hoy
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Alguna fecha habrá que colocar, tarde o temprano, junto al año
de nacimiento de Fidel Castro en las enciclopedias, señalando el
principio y el fin de su trayectoria vital. Inevita-blemente, como ocurre
a todo ser humano, la muerte habrá de llevarse también al
octogenario líder comunista de Cuba, y hasta ese día se
mantendrá el mundo pendiente de la información confusa que
sobre su precaria salud generan los “intereses de Estado”
por él mismo formulados.
El mutis de Fidel, sin embargo, no pasará de ser una anécdota
histórica si lo comparamos con la tantas veces vaticinada transición
que, se espera, inicie tras su desaparición física. Las
apuestas de los analistas han explorado ya todas las posibilidades: desde
el triunfo rotundo de la democracia, alzada en hombros por un pueblo que
esperaba anhelante el deceso del dictador, hasta el recrudecimiento del
autoritarismo, patrocinado por un Raúl Castro obligado a compensar
con represión su falta de carisma.
Y es que, en efecto, todo parece ser posible en la historia de un sistema
que ingresa al Siglo XXI, proponiéndonos traspasos “monárquicos”
de poder en lugar de elecciones libres. ¿Es que acaso alguien cree
que el juicio del porvenir, muchas veces invocado por Fidel como absolución,
habrá de ser benigno con su dictadura? ¿Es posible creer
que los analistas serios del futuro, al tratar los cuarenta años
de socialismo castrista, tendrán elogios para quien sin duda resulta
fascinante, pero no precisamente por las “virtudes de estadista”
que pregonan sus admiradores, incluidos algunos premios Nóbel?
El filósofo escocés David Hume aseguraba que la permanencia
de todo sistema político se fundamenta en la opinión. Por
su parte, el economista austriaco Ludwig von Mises escribió en
1969: “Un gobierno que no cuenta con la opinión de la mayoría,
antes o después tiene que abandonar el poder; si no renuncia a
él, será echado violentamente... A largo plazo, es imposible
un gobierno impopular, que mantenga un sistema que la multitud condena
como injusto”. Y es alrededor de esta verdad, aparentemente desmentida
por cuatro décadas de totalitarismo en Cuba, que la efectividad
de los métodos castristas de indoctrinamiento adquieren matices
dignos de estudio.
Si la capacidad de un gobernante para mantenerse en el poder está
relacionada con la opinión, y si la opinión de los pueblos
no suele coincidir a largo plazo con las imposiciones, ¿es posible
explicar la dictadura de Fidel como producto exclusivo de la represión
que ha ejercido sobre el pueblo cubano? ¿O es que, sin duda, aquellas
reglas de enseñanza pública que Lenin elaboró para
que los niños soviéticos “ambicionaran el comunismo”
tuvieron en la revolución cubana una de sus versiones más
eficaces?
Es evidente que la represión en Cuba, aunque cíclica en
su intensidad, ha sido muy exitosa en sus resultados. Nunca olvidaré
cuando en 1997, durante mi primera visita a la isla, tuve que esconderme
de los “orejas” que pululaban por la Plaza de Armas de La
Habana para adquirir una edición rarísima y en castellano
de los ensayos de Benedetto Croce, considerado “pensador reaccionario”
por el régimen cubano.
Pero aunque admitamos la existencia de semejante Estado policial, también
debemos reconocer que buena parte de los cubanos admira y defiende a Fidel
Castro como su máximo líder. Tuve oportunidad de comprobar
esto durante mi segundo viaje a la isla, en el año 2000, cuando
fui invitado a participar en el V Festival de Poesía y Arte de
La Habana.
En aquella oportunidad conocí a una brillante estudiante de Derecho,
hija de un connotado escritor, que a sus 21 años era la cabecilla
de una célula de la Unión de Jóvenes Comunistas.
Me interesé en saber más de ella cuando me contó
que una de sus funciones era transcribir los acuerdos directivos que “mantenían
alta la moral del grupo” ante la ofensiva desatada por la “reacción
pro-imperialista de Miami”, que buscaba retardar la devolución
a su patria del balserito Elián González.
Aquella chica admiraba tanto al Che Guevara, que sabía casi de
memoria el discurso que el guerrillero argentino había pronunciado
el 20 de octubre de 1962 en el segundo aniversario de las Organizaciones
Comunistas Juve-niles. El Che había condenado tajantemente, por
“contrarrevolucionarias”, las actitudes de los muchachos que
se resistían a no participar en la construcción del socialismo
por dedicarse a actividades propias de su edad. Semejante “traición”
tampoco era concebible en la mente de mi joven anfitriona, que lloraba
de admiración ante las fotos que de su héroe se conservan
en la fortaleza de La Cabaña, desde donde Guevara presenció,
quizá impasible, los fusilamientos de cientos de adversarios en
enero de 1959.
Al igual que Lenin, Fidel Castro se dio perfecta cuenta que ninguna revolución
socialista sobrevive si no crea, en la mente y conducta de la gente, un
nuevo “sistema de valores”. Esos “valores”, aprendidos
y asumidos desde la familia y la escuela, en un proceso de indoctrinamiento
cotidiano, terminan construyendo masas informes de ciudadanos desprovistos
de todo sentido crítico, defensores ciegos de un liderazgo que
les ha robado su libertad.
*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.

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