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Breve Análisis
Fidelidad a Fidel

Aunque admitamos la existencia de semejante Estado policial, también debemos reconocer que buena parte de los cubanos admira y defiende a Fidel Castro como su máximo líder.

Publicada 20 de septiembre de 2006, El Diario de Hoy

Federico Hernández Aguilar*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Alguna fecha habrá que colocar, tarde o temprano, junto al año de nacimiento de Fidel Castro en las enciclopedias, señalando el principio y el fin de su trayectoria vital. Inevita-blemente, como ocurre a todo ser humano, la muerte habrá de llevarse también al octogenario líder comunista de Cuba, y hasta ese día se mantendrá el mundo pendiente de la información confusa que sobre su precaria salud generan los “intereses de Estado” por él mismo formulados.

El mutis de Fidel, sin embargo, no pasará de ser una anécdota histórica si lo comparamos con la tantas veces vaticinada transición que, se espera, inicie tras su desaparición física. Las apuestas de los analistas han explorado ya todas las posibilidades: desde el triunfo rotundo de la democracia, alzada en hombros por un pueblo que esperaba anhelante el deceso del dictador, hasta el recrudecimiento del autoritarismo, patrocinado por un Raúl Castro obligado a compensar con represión su falta de carisma.

Y es que, en efecto, todo parece ser posible en la historia de un sistema que ingresa al Siglo XXI, proponiéndonos traspasos “monárquicos” de poder en lugar de elecciones libres. ¿Es que acaso alguien cree que el juicio del porvenir, muchas veces invocado por Fidel como absolución, habrá de ser benigno con su dictadura? ¿Es posible creer que los analistas serios del futuro, al tratar los cuarenta años de socialismo castrista, tendrán elogios para quien sin duda resulta fascinante, pero no precisamente por las “virtudes de estadista” que pregonan sus admiradores, incluidos algunos premios Nóbel?

El filósofo escocés David Hume aseguraba que la permanencia de todo sistema político se fundamenta en la opinión. Por su parte, el economista austriaco Ludwig von Mises escribió en 1969: “Un gobierno que no cuenta con la opinión de la mayoría, antes o después tiene que abandonar el poder; si no renuncia a él, será echado violentamente... A largo plazo, es imposible un gobierno impopular, que mantenga un sistema que la multitud condena como injusto”. Y es alrededor de esta verdad, aparentemente desmentida por cuatro décadas de totalitarismo en Cuba, que la efectividad de los métodos castristas de indoctrinamiento adquieren matices dignos de estudio.

Si la capacidad de un gobernante para mantenerse en el poder está relacionada con la opinión, y si la opinión de los pueblos no suele coincidir a largo plazo con las imposiciones, ¿es posible explicar la dictadura de Fidel como producto exclusivo de la represión que ha ejercido sobre el pueblo cubano? ¿O es que, sin duda, aquellas reglas de enseñanza pública que Lenin elaboró para que los niños soviéticos “ambicionaran el comunismo” tuvieron en la revolución cubana una de sus versiones más eficaces?

Es evidente que la represión en Cuba, aunque cíclica en su intensidad, ha sido muy exitosa en sus resultados. Nunca olvidaré cuando en 1997, durante mi primera visita a la isla, tuve que esconderme de los “orejas” que pululaban por la Plaza de Armas de La Habana para adquirir una edición rarísima y en castellano de los ensayos de Benedetto Croce, considerado “pensador reaccionario” por el régimen cubano.

Pero aunque admitamos la existencia de semejante Estado policial, también debemos reconocer que buena parte de los cubanos admira y defiende a Fidel Castro como su máximo líder. Tuve oportunidad de comprobar esto durante mi segundo viaje a la isla, en el año 2000, cuando fui invitado a participar en el V Festival de Poesía y Arte de La Habana.

En aquella oportunidad conocí a una brillante estudiante de Derecho, hija de un connotado escritor, que a sus 21 años era la cabecilla de una célula de la Unión de Jóvenes Comunistas. Me interesé en saber más de ella cuando me contó que una de sus funciones era transcribir los acuerdos directivos que “mantenían alta la moral del grupo” ante la ofensiva desatada por la “reacción pro-imperialista de Miami”, que buscaba retardar la devolución a su patria del balserito Elián González.

Aquella chica admiraba tanto al Che Guevara, que sabía casi de memoria el discurso que el guerrillero argentino había pronunciado el 20 de octubre de 1962 en el segundo aniversario de las Organizaciones Comunistas Juve-niles. El Che había condenado tajantemente, por “contrarrevolucionarias”, las actitudes de los muchachos que se resistían a no participar en la construcción del socialismo por dedicarse a actividades propias de su edad. Semejante “traición” tampoco era concebible en la mente de mi joven anfitriona, que lloraba de admiración ante las fotos que de su héroe se conservan en la fortaleza de La Cabaña, desde donde Guevara presenció, quizá impasible, los fusilamientos de cientos de adversarios en enero de 1959.

Al igual que Lenin, Fidel Castro se dio perfecta cuenta que ninguna revolución socialista sobrevive si no crea, en la mente y conducta de la gente, un nuevo “sistema de valores”. Esos “valores”, aprendidos y asumidos desde la familia y la escuela, en un proceso de indoctrinamiento cotidiano, terminan construyendo masas informes de ciudadanos desprovistos de todo sentido crítico, defensores ciegos de un liderazgo que les ha robado su libertad.

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.

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