| Alejandro Alle*
El Diario de Hoy
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¿Notó usted que cada vez que compra un teléfono celular, o alquila un carro, recibe también, ¡infaltable!, una propuesta para contratar un seguro? Son sugerencias que muchas veces se aceptan con entusiasmo, no tanto por el espíritu previsor que nos alienta…, sino más bien para no pasar por amarretes (¡e irresponsables!) ante quien nos hace la propuesta.
Por supuesto que los seguros son muy importantes, y constituyen un elemento esencial de toda sociedad avanzada, pues nos permiten minimizar el “fuerte” impacto económico negativo de “algunos” eventos inesperados.
En las dos palabras que están entre comillas, “fuerte” y “algunos”, se encuentra la clave del análisis en cuestión (que nunca le harán claramente cuando le ofrezcan un seguro por la pérdida del celular…).
Porque son sólo “algunos” ¡y no todos!, los eventos inesperados que podrían producirnos un “fuerte” impacto económico negativo.
Existen muchísimos eventos inesperados que podrían ocasionarnos algún efecto económico negativo, pero por ser su impacto “leve”, no ameritan la contratación de un seguro.
Ahora bien, ¿dónde está el límite entre “fuerte” y “leve”? Depende de cada individuo, de su situación y de su aversión al riesgo, pero existen lineamientos generales que aplican para todas las personas.
Por ejemplo, un seguro de vida, que en verdad debería llamarse seguro “de muerte”, aunque por obvias cuestiones de marketing (y de buen gusto…) recibió un oportuno cambió el nombre, le permitirá a la familia del asegurado mitigar el impacto económico negativo, sin dudas “fuerte”, que tendría ante un evento muy específico (¿remember lo de “algunos”?), como es el fallecimiento.
En efecto, si quien muere es el jefe de la familia, se supone que su ausencia impedirá a sus deudos mantener el nivel de ingresos que tenían previamente, y por lo tanto el cobro del seguro los ayudará a reducir tal impacto.
De forma similar, el seguro contra el incendio de una casa protege a la familia de un evento inesperado, también de “fuerte” impacto económico negativo, pues no es fácil reponer una casa.
En casos como los citados, indudablemente tiene sentido asegurarse, pues cumplen con la verdadera y originaria finalidad de los seguros: servir como cobertura ante riesgos que no podemos darnos el lujo de afrontar sin protección.
Pero sería muy caro contratar seguros por todos los riesgos que nos acechan en este cruel planeta (no llore, que no hace falta), ya que a muchos de tales riesgos podemos “darnos el lujo” de afrontarlos.
La pérdida de un celular no produce un quebranto económico “fuerte” (¡please!), y excepto que usted se dedique a perder celulares (en cuyo caso pronto dejarán de renovarle el seguro…), es muy probable que con el ahorro de la cuota del seguro pueda reemplazar el aparato antes de que quede tecnológicamente obsoleto.
¡Ah!, y si alguna vez lo pierde, son gajes del oficio. Además, quizás pueda pagarlo con lo que venía ahorrando del seguro.
Algo similar ocurre con el seguro para “cubrir el deducible” al rentar un carro: cuando usted llega al “counter” (en inglés, porque está de viaje…, en Honduras), probablemente tenga que tomar ciertos seguros obligatorios, cuya existencia se entiende por ser un carro un bien caro (bastante más que un celular, ¿no?), con el cual además se puede dañar a terceros.
Pero también le ofrecerán asegurarse por el “deducible”…, cosa que en El Salvador usted no hace con su propio carro, aunque en el “counter” acepta gustoso…, para no pasar por amarrete.
¿El rol del Estado?, ¿decidir qué puede ofrecerse a los consumidores, y qué no? Mhhh…, desconfiemos de tales medidas (mejor dicho, “no seamos ingenuos”, para usar un lenguaje elegante…), ya que en los países donde se implementan nunca favorecen al consumidor. ¿Ejemplos? Toda Latinoamérica en el Siglo XX (¿alcanza?).
Sin embargo, sí le corresponde al Estado estar atento a que, por ejemplo, no todas las contrataciones de seguros sean obligatorias (¡occhio!), y más importante aún, le corresponde propiciar la permanente competencia entre las empresas, pues sólo así garantizará mejores condiciones para el consumidor.
¡Ah!, ¿y su rol como consumidor? Informarse, elegir bien, y no creer que para todo se necesita un seguro. Porque a diferencia de lo que cantaba Supertramp, no siempre estamos “En peligro”.
Hasta la próxima.
*Ingeniero. Máster en Economía (ESEADE, Buenos Aires). Columnista de El Diario de Hoy. alejandro_alle@yahoo.com

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