| Luis
Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Fue
en Chile. Las Fuerzas Armadas Constitucionales se vieron obligadas a hacerse
con el poder para defender la democracia, adelantándose al autogolpe
que preparaba el gobierno marxista de Salvador Allende, para perpetuarse
en el poder instaurando una “democracia popular”, al estilo
de Fidel Castro. A pesar del tiempo transcurrido, creo que merece volver
a esclarecerlo porque la mayor parte del mundo nunca ha sabido la verdad
sobre aquello.
Se ha tragado el mito de un Allende democrático, que lucha por
corregir las injusticias sociales y favorecer a los más desposeídos.
De pronto, según el mito, esta esperanza de mejora la aborta el
típico cuartelazo latinoamericano, encabezado por el dictador sanguinario
de turno: Pinochet.
La realidad fue diferente. No fue Pinochet sino todas las Fuerzas Armadas
las que terminaron con el gobierno allendista. Mucho antes de que se hicieran
con el poder, Allende había recibido varias respetuosas advertencias
para que dejara de atropellar a los otros poderes del Estado. Recibió
el juicio y mandato de la Contraloría General de la República,
instándole a devolver a sus legítimos dueños una
serie de grandes empresas estatizadas por la fuerza, sin que la ley lo
permitiera.
El presidente del Poder Judicial le escribió repetidas veces animándole
a respetar y hacer respetar las sentencias judiciales ante la toma de
propiedades agrícolas por grupos armados allendistas, pero los
carabineros tenían órdenes del Ejecutivo de no efectuar
la orden judicial de desalojo. La última carta pública del
Poder Judicial al Poder Ejecutivo comenzaba con un tajante “por
enésima vez …” Allende no contestó. Despreció
al Poder Judicial, a la Contraloría, al Senado y a la Cámara
de diputados.
Allende había proclamado con torpeza de que no era el presidente
de todos los chilenos. El pueblo chileno mayoritario --Allende sólo
tenía un tercio del electorado-- le pidió una y otra vez
que dejara de favorecer el desorden, los atropellos y la violencia, que
frenara la revolución y que fuera el presidente de todos los chilenos.
Allende no hizo el más mínimo caso. Mientras… no había
alimentos, no había combustibles… ¿quién sufrió
más durante sus tres años de gobierno? ¡Desde luego,
los pobres!
Después fueron los generales en retiro los que por carta pública
le recordaron que la obligación de las Fuerzas Armadas es hacer
respetar la Constitución y las leyes y que si el presidente no
las respetaba “ponía a las Fuerzas Armadas en la obligación
de deliberar”. La respuesta tácita de Allende fue preparar
un autogolpe. Dos altos funcionarios cubanos le asesoraron. Eso habría
costado muchas más vidas que las que hicieron los militares legítimos
y hoy Chile sería todavía una dictadura comunista.
Los militares chilenos siempre estuvieron orgullosos de no ser “gorilas”
(así se conocía a los militares de países vecinos,
siempre dispuestos a mangonear de una u otra forma en el terreno político).
Pero fueron haciendo registros sorpresivos en edificios estatales o estatizados
y encontraron verdaderos arsenales de armas. ¿Para qué?
¿Contra quién?
El 29 de junio de 1973, un hecho insólito y grotesco: un coronel
con tres o cuatro tanques “atacó” el Palacio Presidencial
de “La Moneda”. Cuando rodearon el palacio presidencial, esos
tanques recibieron intenso fuego graneado proveniente de francotiradores
de edificios públicos --ministerios, Banco Central, etc.--, próximos
a La Moneda. Los periodistas comprobaron después que los disparos
de los tanques no dejaron ninguna huella de impacto en las paredes del
palacio. Todo había sido una farsa para comprobar que Allende estaba
armando un ejército paralelo.
Según el Libro Blanco de los militares, el golpe de Allende debía
ser el 19 de septiembre, comenzando por aprisionar a todos los altos jefes
militares al acudir invitados por Allende a un almuerzo, por ser el 19
aniversario de la Independencia y gloria de las Fuerzas Armadas, nunca
derrotadas.
No, no fue el típico cuartelazo de otros países latinoamericanos.
A un duro precio, pero la democracia chilena se salvó por sus Fuerzas
Armadas. La dictadura fue la obligada convalecencia de una democracia
traumatizada, agónica, a la que Allende quiso asesinar. Perdió
y tuvo la cobardía de suicidarse.
Después vino la represión --la “Operación Cóndor”--,
que además de sangrienta, fue estúpida e innecesaria, pues
el gobierno allendista y el marxismo estaban desprestigiados. Con esa
represión de subversivos, los agresores pasaron a ser víctimas.
De los desaparecidos se ha escrito mucho; en cambio de los crímenes
del marxismo chileno ni se habla, ni se escribe.
Pinochet, se aprovechó lo mejor que pudo de la ocasión,
pero en vez de arruinar al país lo comenzó a poner económicamente
a la cabeza de América Latina. Jugó a perpetuarse en unas
limpias elecciones democráticas y perdió. Y se fue a su
casa. Si algunos lo quisieron mitificar, no lo consiguieron. El marxismo
es implacable: ni se arrepiente ni perdona. En política, los mitos
de “derecha” (¿?) no resultan; sólo los de izquierda
prevalecen.
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy.
lfcuervo@telemovil.net

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