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Recordando los hechos
Aquel 11 de septiembre… de 1973

Pinochet, se aprovechó lo mejor que pudo de la ocasión, pero en vez de arruinar al país lo comenzó a poner económicamente a la cabeza de América Latina. Jugó a perpetuarse en unas limpias elecciones democráticas y perdió

Publicada 18 de septiembre de 2006, El Diario de Hoy

Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Fue en Chile. Las Fuerzas Armadas Constitucionales se vieron obligadas a hacerse con el poder para defender la democracia, adelantándose al autogolpe que preparaba el gobierno marxista de Salvador Allende, para perpetuarse en el poder instaurando una “democracia popular”, al estilo de Fidel Castro. A pesar del tiempo transcurrido, creo que merece volver a esclarecerlo porque la mayor parte del mundo nunca ha sabido la verdad sobre aquello.

Se ha tragado el mito de un Allende democrático, que lucha por corregir las injusticias sociales y favorecer a los más desposeídos. De pronto, según el mito, esta esperanza de mejora la aborta el típico cuartelazo latinoamericano, encabezado por el dictador sanguinario de turno: Pinochet.

La realidad fue diferente. No fue Pinochet sino todas las Fuerzas Armadas las que terminaron con el gobierno allendista. Mucho antes de que se hicieran con el poder, Allende había recibido varias respetuosas advertencias para que dejara de atropellar a los otros poderes del Estado. Recibió el juicio y mandato de la Contraloría General de la República, instándole a devolver a sus legítimos dueños una serie de grandes empresas estatizadas por la fuerza, sin que la ley lo permitiera.

El presidente del Poder Judicial le escribió repetidas veces animándole a respetar y hacer respetar las sentencias judiciales ante la toma de propiedades agrícolas por grupos armados allendistas, pero los carabineros tenían órdenes del Ejecutivo de no efectuar la orden judicial de desalojo. La última carta pública del Poder Judicial al Poder Ejecutivo comenzaba con un tajante “por enésima vez …” Allende no contestó. Despreció al Poder Judicial, a la Contraloría, al Senado y a la Cámara de diputados.

Allende había proclamado con torpeza de que no era el presidente de todos los chilenos. El pueblo chileno mayoritario --Allende sólo tenía un tercio del electorado-- le pidió una y otra vez que dejara de favorecer el desorden, los atropellos y la violencia, que frenara la revolución y que fuera el presidente de todos los chilenos. Allende no hizo el más mínimo caso. Mientras… no había alimentos, no había combustibles… ¿quién sufrió más durante sus tres años de gobierno? ¡Desde luego, los pobres!

Después fueron los generales en retiro los que por carta pública le recordaron que la obligación de las Fuerzas Armadas es hacer respetar la Constitución y las leyes y que si el presidente no las respetaba “ponía a las Fuerzas Armadas en la obligación de deliberar”. La respuesta tácita de Allende fue preparar un autogolpe. Dos altos funcionarios cubanos le asesoraron. Eso habría costado muchas más vidas que las que hicieron los militares legítimos y hoy Chile sería todavía una dictadura comunista.

Los militares chilenos siempre estuvieron orgullosos de no ser “gorilas” (así se conocía a los militares de países vecinos, siempre dispuestos a mangonear de una u otra forma en el terreno político). Pero fueron haciendo registros sorpresivos en edificios estatales o estatizados y encontraron verdaderos arsenales de armas. ¿Para qué? ¿Contra quién?

El 29 de junio de 1973, un hecho insólito y grotesco: un coronel con tres o cuatro tanques “atacó” el Palacio Presidencial de “La Moneda”. Cuando rodearon el palacio presidencial, esos tanques recibieron intenso fuego graneado proveniente de francotiradores de edificios públicos --ministerios, Banco Central, etc.--, próximos a La Moneda. Los periodistas comprobaron después que los disparos de los tanques no dejaron ninguna huella de impacto en las paredes del palacio. Todo había sido una farsa para comprobar que Allende estaba armando un ejército paralelo.

Según el Libro Blanco de los militares, el golpe de Allende debía ser el 19 de septiembre, comenzando por aprisionar a todos los altos jefes militares al acudir invitados por Allende a un almuerzo, por ser el 19 aniversario de la Independencia y gloria de las Fuerzas Armadas, nunca derrotadas.

No, no fue el típico cuartelazo de otros países latinoamericanos. A un duro precio, pero la democracia chilena se salvó por sus Fuerzas Armadas. La dictadura fue la obligada convalecencia de una democracia traumatizada, agónica, a la que Allende quiso asesinar. Perdió y tuvo la cobardía de suicidarse.

Después vino la represión --la “Operación Cóndor”--, que además de sangrienta, fue estúpida e innecesaria, pues el gobierno allendista y el marxismo estaban desprestigiados. Con esa represión de subversivos, los agresores pasaron a ser víctimas. De los desaparecidos se ha escrito mucho; en cambio de los crímenes del marxismo chileno ni se habla, ni se escribe.

Pinochet, se aprovechó lo mejor que pudo de la ocasión, pero en vez de arruinar al país lo comenzó a poner económicamente a la cabeza de América Latina. Jugó a perpetuarse en unas limpias elecciones democráticas y perdió. Y se fue a su casa. Si algunos lo quisieron mitificar, no lo consiguieron. El marxismo es implacable: ni se arrepiente ni perdona. En política, los mitos de “derecha” (¿?) no resultan; sólo los de izquierda prevalecen.

*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy. lfcuervo@telemovil.net

 

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