| Aníbal
Romero*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Caracas.-
Hace algunas semanas tuvo lugar en Cara-cas el encuentro de numerosos
representantes de diversos partidos y movimientos comunistas, aún
existentes en el mundo. Uno de los temas de su agenda consistió
en analizar la vigencia del pensamiento de Carlos Marx, en función
del avance y consolidación del denominado “socialismo del
siglo XXI”.
Algunos se sorprenden de que luego del fracaso estruendoso del socialismo
soviético y de la bancarrota intelectual, política y moral
del marxismo, se siga reivindicando a Marx, proponiendo al socialismo
como una opción válida hacia adelante. Pero como decía
Renán: “Después de cada experimento abortado, los
socialistas prosiguen con su esfuerzo, y argumentan que la solución
no ha sido hallada pero eventualmente lo será. Jamás se
les ocurre la idea de que semejante solución no existe y en ello
precisamente reside su fortaleza”.
En otras palabras, el socialismo no es tan sólo una convicción
política sino algo así como un credo cuasi religioso. Como
afirma Lee Harris --y en particular luego del derrumbe de los socialismos
reales--, el socialismo se ha convertido en un mensaje que importa no
tanto por su capacidad para cambiar de manera positiva el mundo, sino
por su poder para cambiar a las personas que se empeñan en enarbolarle
como bandera de lucha.
Ser socialistas no es una cuestión racional sino un acto de fe,
situado más allá de la racionalidad, y ser de izquierda
una condición que enaltece sicológicamente a los que la
asumen, proporcionándoles un sentido de superioridad ética,
aunque en la práctica la izquierda y el socialismo hayan sido y
sigan siendo instrumentos generadores de dolorosos procesos históricos.
La identificación del socialismo con la justicia y la igualdad
continúa persuadiendo en un plano emocional, aunque todo indique
que en la práctica sólo el capitalismo es capaz de sacar
a la gente de la pobreza.
Marx es un buen ejemplo de lo anteriormente dicho. A estas alturas, ya
es bastante difícil tomarse en serio a Marx como economista, aunque
sin duda ocupa un puesto significativo como pensador social y, en particular,
como profeta de una utopía sangrienta. Es en este último
terreno, el del anuncio utópico de un mundo de abundancia y felicidad
colectivas, donde Marx se destacó, a pesar de que sus pronósticos
hayan quedado cruelmente desmentidos por el desarrollo histórico.
Uno de sus textos postreros, titulado: “Crítica del programa
de Gotha” (1875), contiene la famosa frase mediante la cual Marx
define la sociedad comunista, afirmando que la misma hará realidad
el lema: “¡De cada cual según su capacidad, a cada
cual según sus necesidades!”
Mas hay que insistir en que Marx no era propiamente un economista, si
bien sostenía con terquedad que su pensamiento tenía carácter
“científico”, sino más bien el predicador de
un credo que se convirtió en decepción y muerte en manos
de Lenin y de todos los que posteriormente procuraron concretarlo en un
plano político práctico.
Tal vez el aspecto acerca del cual Marx se equivocó más
seriamente fue en su apreciación del probable devenir del capitalismo.
Si bien Marx reconoció el intenso impulso global del modo de producción
capitalista, vislumbró su maduración y posible colapso en
términos muy breves, al punto que llegó a pensar que algunas
sociedades capitalistas de su tiempo reunían en efecto condiciones
que las acercaban al momento del tránsito hacia el socialismo.
No obstante, el socialismo como credo, en sus distintas versiones y expresiones,
es en un sentido imperecedero, pues no es vulnerable a una argumentación
racional que le cuestione decisivamente, sino que sobrevive con base al
oxígeno de la irracionalidad humana, de nuestra insatisfacción
perenne con lo que tenemos por delante, y de nuestra tendencia a buscar
una inalcanzable perfección.
La reunión de Caracas reveló estas verdades nuevamente y
con notable impacto, en vista de que los comunistas de muchas latitudes,
empecinados sobrevivientes de un pasado atroz, encontraron en la Venezuela
petrolera, que vive de una renta controlada por un Estado depredador,
la acogida que sólo el delirio puede conceder a la pesadilla.
*Profesor de ciencia política, Universidad
Simón Bolívar. © www.aipenet.com

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