| Rodolfo
Chang Peña*
El Diario de Hoy
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Hace
todavía unos cuarenta años era posible detectar en el país
una sociedad que con altibajos permanecía estable, dentro de lo
que cabe cumplidora de las normas de convivencia, en cierta forma respetuosa
de los valores universales y muy dada a sus costumbres y tradiciones.
Ahora en el Siglo XXI, encontramos que la anterior cada día se
ha vuelto más pequeña y otra nueva que ha venido creciendo
gradualmente, con más intensidad a partir del postconflicto, alimentada
periódicamente con nutridos contingentes de delincuentes deportados
de los Estados Unidos.
Esta última es una especie de subsociedad que había venido
creciendo en las rendijas, al menos al principio, del tejido social, ahora
lo hace a la luz del día en cualquier espacio, inclusive se abre
paso por a fuerza, asfixiando y subyugando a la primera.
La neosociedad está integrada por una gran variedad de grupos de
individuos en los que se detectan con facilidad denominadores comunes
de comportamiento. Lo más visible es su adicción al dinero
fácil y fanatismo por “la cachada”, irrespetando todas
las reglas del juego que impone la civilización. Comprende desde
el crimen organizado y corrupción de cuello blanco hasta los chantajistas,
vendedores de artículos pirateados y extorsionistas.
El dinero fácil, rápido y sin fregarse mucho, lo vemos en
su máxima expresión en los cerca de 20,000 pandilleros que
en la actualidad mantienen de rodillas a la población.
Como no existe un patrón para predecir este tipo de violencia,
la gente se siente desamparada y vulnerable. En efecto, le tema más
a la inseguridad que a los precios de la gasolina y las periódicas
embestidas tributarias. Por un lado los facinerosos asesinan a los que
no pagan “la renta” y por otro lado la ciudadanía se
mantiene atada a la esperanza de que la denuncia alivie la situación.
Otra característica de la nueva sociedad es el rechazo sistemático
al Estado de Derecho, que tantos sacrificios ha costado a la nación.
El comercio callejero informal desobedece constantemente las disposiciones
municipales en todas las ciudades del país. Pese a las requisas
que realizan las autoridades correspondientes, los reclusos siempre se
las ingenian para contar con televisores, teléfonos celulares,
drogas, armas hechizas, granadas, etc.
En otro nivel, existen diputados que a sabiendas que los buses chatarra
envenenan el medio ambiente y causan enfermedad y muerte a las personas,
consideran como “un triunfo” el prorrogar la aplicación
de las normativas, además de que son insensibles a las desgracias
personales e incendios que causan las coheterías, aun cuando juraron
cumplir y hacer cumplir la ley.
En ese orden de ideas, no son pocos los miembros de la PNC expulsados
por corrupción o participación en hechos delictivos, a pesar
de que recibieron capacitación sobre derechos humanos y fueron
preparados a conciencia para servir y proteger a la comunidad.
Otros denominadores comunes de los miembros de esa nueva comunidad son
el comportamiento instintivo casi selvático, egoísmo desmedido,
ausencia de valores y bajo umbral para reaccionar con violencia ante cualquier
estímulo. Este comportamiento psicopatológico lo observamos
en los grupos de protesta, en lugar de utilizar los mecanismos establecidos
en cualquier país democrático, recurren al vandalismo, paralizar
el tráfico, quemar llantas, insultar y lanzar piedras.
Las rencillas y diferencias personales y familiares las resuelven con
agresiones físicas, incluyendo el homicidio. La reacción
hostil y desproporcionada la percibimos por todos lados y basta citar
el ejemplo de los conductores que en arterias importantes van comprando
flores, periódicos, frutas, macetas, aceite, etc., sin salirse
de la columna de vehículos y sin estacionarse para dedicarse a
esos menesteres, pero cuando alguien les reclama que están obstruyendo
el paso, reaccionan iracundos con insultos y amenazas.
*Dr. en Medicina y colaborador de El Diario de Hoy.

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