| El
Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
El enemigo está “decidido a eliminarnos físicamente…
a destruir nuestros principios y valores, aniquilar nuestra civilización.
Desde hace cuatro años hablo del nazismo islámico, de la
guerra contra Occidente, del culto a la muerte, del suicidio de Europa”,
dijo Oriana Fallaci, la gran cronista italiana, poco antes de morir de
cáncer hace cuatro días. Y frente a la mortal agresión
las naciones ponen muy poca resistencia, tratan de apaciguar la fiera
con el diálogo, retroceden ante los ataques y rehusan reconocer
la magnitud del peligro que afrontan.
Nuestras ciudades, señala Fallaci, encierran otras ciudades habitadas
por grupos humanos que no sólo se niegan a integrarse a las culturas
que les acogen, sino que conspiran para atacarlas, someterlas y forzarlas
a aceptar sus creencias y sus leyes. En ningún momento los musulmanes
están dispuestos a revisar sus dogmas, a adaptarse a las nuevas
realidades del mundo y a buscar un camino intermedio. Lo que buscan es
la victoria total aunque ésta se logre aniquilando al que consideran
su enemigo, al infiel por profesar otra religión.
En las ciudadelas dentro de Europa, las ciudadelas del fanatismo y la
intolerancia, hablan su propia lengua, siguen vistiendo sus ropajes seculares,
mantienen en la servidumbre a sus mujeres y son capaces de asesinar a
sus hijas o hermanas por el solo hecho de que éstas mantengan alguna
relación, aunque sea la de simple amigo, con un no musulmán.
En esas ciudadelas los terroristas circulan libremente tramando mortandades
de gente inocente, al mismo tiempo que proclaman, dice Fallaci, la tolerancia
y la naturaleza pacífica del islam, alegando que se trata de una
religión misericordiosa, “como si Mahoma hubiera llegado
al mundo con un ramo de olivo en la boca y luego crucificado como Jesucristo”.
Pero estos grupos “llenos de misericordia y tolerancia ya revelaron
su calaña; la mostraron el 11 de septiembre en Nueva York, el 11
de marzo en Madrid y en ese mismo año, en Beslán, Rusia”,
donde perpetraron una carnicería de niños escolares a los
que disparaban y mataban al correr aterrorizados.
Son asimismo los autores de los atentados en Londres, los que quisieron
volar un avión en pleno vuelo detonando una bomba dentro del zapato
de un convertido al islam, los que dinamitaron una discoteca en Bali,
los que están exterminando a los negros en Darfur para establecer
una “República Islámica”.
A la letanía se suman otros centenares de horrores, incluida la
carnicería perpetrada por el jordano Zarqawi en una recepción
de bodas en Amán, además de asesinatos, atentados y matanzas
en poblaciones árabes. En Iraq, los musulmanes chiitas están
degollando y masacrando sunitas, y a la inversa; la locura no conoce límites.
Quieren dialogar con las fieras
Oriana, la gran escritora, se asombra de la reacción de Occidente
frente a la embestida islámica: complacencia, la búsqueda
de entendimientos, la protección de los predicadores del odio,
diez mil intentos por apaciguar a la fiera. Las mezquitas que los fanáticos
musulmanes están convirtiendo en campos de entrenamiento para terroristas
y centros donde se propaga el odio, gozan de la protección de las
leyes. Los magistrados no vacilaron en procesar a Oriana por expresar
opiniones polémicas, pero se valen de cualquier resquicio legal
para liberar a sospechosos de conspiraciones contra los países
que les han dado casa y trabajo.

|