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Sida sale del puerto

Peligro. El quinto departamento más poblado del país encabezó la lista de personas infectadas por el VIH, detrás de San Salvador, en 2005. Este año, sólo La Libertad le hace sombra. Zona rural. Si bien el riesgo de Acajutla está presente, la mitad de los contagios se da en el campo. Nahuizalco e Izalco dan fe de unas cifras que invitan a pensar en un cambio de la epidemia.


Publicada 17 de septiembre de 2006 , El Diario de Hoy

Terapia. Una parte del grupo de apoyo del Hospital “Jorge Mazzini”, integrado por unas 40 personas. La mayoría viene del área rural de Sonsonate y Ahuachapán. Foto EDH

Mirella Cáceres
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

Quien crea que, en Sonsonate, la infección del VIH, el virus causante del sida, se focaliza en la zona portuaria está equivocado. Y quien piense que la enfermedad se circunscribe al área urbana de los municipios, también. La epidemia del sida cambia; así lo manifestaron miles de especialistas de todo el mundo, reunidos en la XXI Conferencia Internacional sobre el sida en Toronto, Canadá, hace unas semanas, y así se percibe más cerca, en el segundo departamento con el mayor número de infectados (184), sólo superado por San Salvador (491).

En 2005, el registro del Sistema Básico de Salud Integral (Sibasi) de Sonsonate cerró con una tendencia clara que quizás obligue a replantear la dirección de las políticas preventivas: casi el 60% de los nuevos infectados residía en la zona rural.

Este año, la situación no es muy diferente. Cuarenta y seis de los 97 infectados, casi la mitad, contabilizados hasta la semana anterior, provienen de los cantones y caseríos de municipios eminentemente rurales.

“Tenemos bastantes casos en el área rural, ya casi va sobrepasando al área urbana. La mayoría de los registrados de Nahuizalco e Izalco viene de esa zona”, afirma Carlos Alberto Solano, coordinador del Programa VIH/Sida del Hospital “Jorge Mazzini” de Sonsonate.

Campesino. La infección se lleva delante a gente del campo, muchas veces sin estudios. Foto EDH

El ginecólogo saca varias conclusiones de todo esto: una, más general, el reto que todavía tiene el país por educar a la población acerca del riesgo de las prácticas sexuales sin protección. La otra, más válida para la zona rural, advierte del peligro de ciertas tradiciones como acompañarse o iniciar las relaciones sexuales a temprana edad.

Solano pone el ejemplo de una niña de 13 años embarazada, a quien el año pasado se le diagnosticó la enfermedad. “Esta paciente estuvo acompañada con un hombre de 30 años que había tenido muchas mujeres, pero, para la niña, él fue su primera pareja. Éste, además de que la embarazó, la infectó. Gracias a la intervención que le hicimos, el bebé nació negativo y ella sigue en control en la etapa de VIH”.

Sonsonate registra una tasa de infección de 35 personas por cada cien mil habitantes, superior a la de San Salvador 21,9 y, quizás, sólo superado por Chalatenango (50), el otro punto rojo en la geografía del VIH.

Juan es uno de esos residentes del campo que hoy engrosa la lista de infectados del hospital. Su testimonio da fe de unas prácticas, comunes entre el sector masculino, que terminan por llevarse de paso a su pareja. “No se ni quién me infectó, estuve acompañado cinco veces, tuve relaciones sexuales sin protección con tantas mujeres, algunas prostitutas y otras conocidas mías, que no podría decirle quién fue”, comenta un tanto desconcertado.

Para el especialista, el Puerto de Acajutla sigue estando ahí y, en término de propagación de la enfermedad, es siempre una fuente a seguir de cerca.

Para Solano, el calificativo de “preocupante” es extensible a todo el departamento. No por nada, el año pasado, uno de cada siete nuevos casos apareció en la zona que él tiene a cargo.

A diario, Salud detecta cuatro nuevos enfermos; en el departamento occidental, no pasa una semana sin dos o tres diagnósticos de VIH.

En Izalco

Cantones y caseríos anónimos para la mayoría como Piedras Pachas, situado al oriente de Izalco, ponen los enfermos e ilustran cómo es el nuevo comportamiento del virus del sida. De los nueve casos que registra ese municipio, cinco se ubican en este cantón, habitado por unas cuatro mil personas a lo largo de siete caseríos.

Demetrio, un campesino, da nombre a uno de esos cinco infectados. Su esposa inició con dolores de cabeza, alergias en la piel y diarrea. La prueba dio positivo, igual que la de su hijo, que en ese tiempo venía en camino. Por último, el examen confirmó la enfermedad del marido. Quien contagió a quien no lo saben; eso sí, en medio hay un niño que nació enfermo.

Como Juan, su vida fue algo desordenada. Al finalizar las tareas agrícolas gustaba del placer de los burdeles, un terreno fértil para infectarse. “Uno de varón anda siempre en la consiga (búsqueda), metido en el club de las prostitutas. Desde los 12 años, los cheradas (amigos) me animaban y nunca usé protección para un mejor placer”, explica Demetrio.

Hoy tiene 32 años, está en tratamiento antirretroviral junto a su esposa, cuya salud está más deteriorada, e hijo en el Hospital de Sonsonate.

Cada dos semanas, Juan, Demetrio, sus parejas y otros 40 pacientes se reúnen en el Hospital de Sonsonate, donde asisten a las charlas del grupo de apoyo. El sida, para muchas personas ha dejado de ser una enfermedad mortal, pero vivir con la infección no es fácil. Conocer sobre el virus, darse ánimos para mejorar la calidad de vida y enseñar a otros a prevenir son lecciones que a menudo aprenden en esos encuentros sobre una infección que, 25 años después, no termina de sorprender.


“Mi esposo fue quien me infectó, parecía cristiano”

Gozo. Rosa (a la izquierda) departe con otros infectados. Foto EDH

Rosa tiene el semblante triste. Se nota en la mirada, en las muecas constantes y en unas manos que no encuentran sosiego. De su tristeza aparente ni ella sabe decir si así era antes o después de que le detectaran el virus del sida, hace siete años.

Pero Rosa sonríe, de vez en cuando, cada vez que termina de contar un retazo de su historia, la misma que comparten otras mujeres rurales, infectadas en circunstancias parecidas, víctimas de su pareja.

Nunca salieron de sus hogares más que para hacer las compras de la casa en la tienda o en el pueblo más cercano. No tuvieron más que un marido, pero éste terminó fallándoles, según sus palabras y el sida, pues la infección no se equivoca.

“Fue mi esposo el que me infectó. Nunca usé protección ni él en las relaciones sexuales”, dice Rosa mientras se seca el sudor de su frente con un pañuelo y desvía sus ojos melancólicos hacia un manantial de agua que fluye incesante en el balneario Atecozol, de Izalco.

Esta mujer, de 41 años, aún recela de su marido muerto hace siete años, cuando estaban recién casados. “Cuando él murió y supe que fue por sida, sentí cólera porque yo lo conocí en la iglesia evangélica y parecía un buen cristiano, yo lo veía bien humilde”, recuerda con evidente molestia.

Hasta que enviudó, Rosa descubrió el engaño. El hombre con el que se había casado, albañil de profesión, convertido al cristianismo, había convivido con dos prostitutas y gustaba de las parrandas y de los juegos de azar.

Hoy también ha comprendido porqué su difunto esposo siempre le impedía que se embarazara. “Es que él ya sabía, pero nunca me dijo nada”.

Ahora vive sola, en su casa, alejada de la ciudad de Sonsonate. Cría gallinas para subsistir, algo que también le sirve para olvidar, por ratos, la enfermedad.

Rosa es una de las mujeres que asiste a terapias de ayuda en el Hospital de Sonsonate, y cada vez que enferma de gripe o alguna alergia en la piel.

No se siente sola. “Estoy en tratamiento, comparto con otros infectados y tengo una familia y hermanos en Cristo que me apoyan”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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