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Breve Análisis
Ganadores y perdedores en la era post 9/11

Tenemos una causa justa y muchos aliados potenciales, pero nuestra incapacidad de combinar el poder duro y el blando en una estrategia inteligente podría terminar siendo fatal

Publicada 9 de septiembre de 2006, El Diario de Hoy

Joseph S. Nye*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

El 11 se septiembre es una de esas fechas que marcan una transformación en la política mundial. Tal como la caída del Muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989 significó el fin de la Guerra Fría, el ataque de Al Qaeda a los Estados Unidos abrió una nueva época. Un grupo no gubernamental mató ese día más estadounidenses que el gobierno del Japón con su ataque sorpresa a Pearl Harbor en otro día de transformación, el 7 de diciembre de 1941. Si bien el movimiento terrorista jihadista había estado creciendo a lo largo de una década, el 9/11 fue un punto de inflexión. A cinco años de esta nueva era, ¿cómo debemos caracterizarla?

Algunos creen que el 9/11 dio paso a un “choque de civilizaciones” entre el Islam y Occidente. De hecho, es probable que Osama bin Laden tuviera eso en mente. El terrorismo es una forma de teatro. Los extremistas matan gente inocente para dramatizar su mensaje de un modo que impacta y horroriza al público al que desean llegar. También dependen de lo que Clark McCauley y otros han llamado “política del jujitsu”, en que un luchador más pequeño usa la fuerza del oponente más grande para derrotarlo.

En ese sentido, bin Laden esperaba que EE.UU. se sintiera tentado a iniciar una guerra sangrienta en Afganistán, similar a la intervención soviética dos décadas antes, que había creado un fértil campo de reclutamiento de jihadistas. Sin embargo, los estadounidenses usaron un nivel de fuerza modesto para derribar el gobierno talibán, evitó una cantidad desproporcionada de víctimas civiles y fue capaz de crear un marco político local.

Si bien estuvo lejos de ser perfecta, la primera ronda de la lucha fue ganada por EE.UU. Al-Qaeda perdió los refugios desde donde planeaba sus ataques, muchos de sus cabecillas fueron eliminados o capturados, y sus vías de comunicación quedaron muy dañadas.

Entonces la administración Bush sucumbió a la arrogancia y cometió el colosal error de invadir Iraq sin un amplio apoyo internacional. Iraq proporcionó los símbolos, las víctimas civiles y el campo de reclutamiento que los jihadistas habían buscado en Afga-nistán. Iraq fue el regalo de George Bush a Osama bin Laden.

El Secretario de Defensa de EE.UU., Donald Rumsfeld, una vez dijo que la medida del éxito en esta guerra era si la cantidad de terroristas eliminados y desactivados era mayor que la cantidad de los que van ingresando a los grupos extremistas. Según este parámetro, las cosas van mal. En noviembre de 2003, la estimación oficial de insurgentes terroristas en Iraq giraba en torno a los 5.000. Este año, se ha estimado en 20.000.

También estamos fallando en la aplicación del poder blando. Según Caslen: “En el Pentágono estamos rezagados con respecto a nuestros adversarios en el uso de la comunicación, ya sea para reclutar o entrenar”.

La habilidad de combinar poder duro y blando se denomina poder inteligente. Cuando la Unión So-viética invadió Hungría y Checos-lovaquia durante la Guerra Fría, dañó el poder blando del que había disfrutado en Europa tras las Segunda Guerra Mundial. Cuando Israel lanzó una larga campaña de bombardeos en el Líbano el mes pasado, generó tantas víctimas civiles que las críticas iniciales a Hizbolah lanzadas por Egipto, Jordania y Arabia Saudita se volvieron insostenibles en la política árabe. Cuando los excesos terroristas mataron civiles musulmanes inocentes, como lo hicieran la Jihad Islámica de Egipto en 1993 o Abu Musab al-Zarqawi en Amman en 2005, dañaron su propio poder blando y perdieron apoyo.

La lección más importante a cinco años de 9/11 es que no combinar de manera eficaz el poder duro y el blanco en la lucha contra el terrorismo jihadista nos conducirá a una trampa tendida por quienes desean un choque de civilizaciones. Los musulmanes, incluidos los islamistas, tienen una diversidad de puntos de vista, por lo que debemos tener cuidado de no seguir estrategias que ayuden a que nuestros enemigos unan fuerzas dispares tras una sola bandera. Tenemos una causa justa y muchos aliados potenciales, pero nuestra incapacidad de combinar el poder duro y el blando en una estrategia inteligente podría terminar siendo fatal.

Copyright: Project Syndicate. *Profesor en la Universidad de Harvard.

 

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