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Opinando
Una propuesta “escandalosa”

En el ejército, los jóvenes podrían encontrar el sentido de pertenencia que, equivocadamente, buscan en las maras. ¿Que la disciplina es férrea? La de las maras es asesina

Publicada 9 de septiembre de 2006, El Diario de Hoy

María A. de López Andreu*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Quienes no entendemos de leyes, percibimos que muchas cosas en nuestra legislación, sencillamente, no funcionan.

Porque la única finalidad de la Constitución, los códigos, las leyes y los reglamentos, debería ser promover y defender el Estado Derecho, que nace de la justicia. Pero vemos todo lo contrario: nuestra legislación actual es susceptible a ser manipulada a favor de los delincuentes y en contra de las víctimas y personas de bien. Es, entonces, urgente e importante revisar y cambiar nuestra legislación, en todo aquello que así lo amerite.

Esto, claro, es sumamente delicado. Debe hacerse con absoluta responsabilidad y con la visión de que la ley debe ser trascendente: que no pierda su sentido y razón de ser en el largo plazo. (Ya de por sí, esta visión impide que se emitan leyes coyunturales, “con dedicatoria”, cuyas consecuencias futuras no compensan los “supuestos” beneficios inmediatos).

Igualmente, esa revisión debe servir para hacer congruentes nuestras leyes, que desafortunadamente y con frecuencia, se contradicen unas con otras. También, otro objetivo primordial sería el redactarlas claramente, sin ambigüedades; escribirlas con la intención de que los ciudadanos --porque las entendemos-- podamos cumplirlas plenamente. Porque, en verdad, hay algunas que parecen hechas con el específico deseo de “tirarnos la cáscara” y hacernos caer.

¿Qué debería revisarse y cambiar? Varias leyes, sin duda, que me gustaría señalar en otra ocasión. Por ahora mencionaré sólo una que --en mi opinión-- podría tener efecto sobre el tema de la criminalidad.

“¡Ah, qué bueno que haya nuevas propuestas!”, pensarán.
Porque la inseguridad, la violencia, la delincuencia, nos afectan a todos sin excepción. Sin embargo, debemos estar conscientes de que las medidas inmediatas, el control y represión de estos flagelos, les corresponde a las autoridades. Son las medidas de prevención las que, en gran parte, debemos aportar los ciudadanos. Y, si no las ejecutamos directamente, al menos deberíamos apoyarlas. Por ejemplo, lo que propongo: volver al servicio militar obligatorio.

“¡Huy! ¡Qué locura! ¡Qué escándalo!”, dirán ahora.
Siempre se dijo que sólo “los pobres” (nunca “los ricos”) eran reclutados. Pero, la realidad es que, gracias al servicio militar obligatorio, muchísimos ciudadanos, carentes de todo recurso, tuvieron oportunidades que sólo tenían “los ricos”: educarse bien, adquirir hábitos de higiene, de trabajo y disciplina.

Los más inteligentes y esforzados, pudieron coronar carreras universitarias que, de otro modo, no habrían logrado. Además, fue una salvación para los padres, abuelos y tíos de muchachos “difíciles” (pobres y ricos), que --con la ayuda del cuartel-- se alejaron del mal camino.

Posiblemente sin la ley del “menor infractor” (que debe cambiarse), sin el incondicional apoyo de la Procuradora de los Derechos (¿?) Humanos (cuya naturalización, por “chueca”, ofende) y con el servicio militar obligatorio, “otro gallo nos cantaría”.

La Fuerza Armada ya no es “la de antes”; es, sin duda y con gran mérito, la institución que más ha cambiado desde la firma de la paz, logrando el reconocimiento y confianza de la población. Sus miembros, en la actualidad, son profesionales que están plenamente capacitados para organizar y llevar a cabo la atención y defensa a la población civil en medio de cualquier crisis: catástrofes naturales, guerras, terrorismo, etc. Se han ganado el respeto y la admiración de propios y extraños, a pulso y con toda justicia.

En el ejército, los jóvenes podrían encontrar el sentido de pertenencia que, equivocadamente, buscan en las maras. ¿Que la disciplina es férrea? La de las maras es asesina. ¿Que esta medida requeriría de grandes recursos? Muchísimos menos que los necesarios para afrontar la actual delincuencia. ¿Que tiene un costo político? Cualquier costo es menor al de caer en la anarquía.

A muchos --no lo dudo-- mi propuesta les parecerá escandalosa. Pero, pensándolo un poco, quizá ellos también, allá, en el fondo, consideren que esto podría hacer la diferencia entre los mareros de hoy y los jóvenes idealistas, disciplinados y con sentido del honor, que tanto necesita nuestro país.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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