Jorge Beltrán
El
Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
Isaac Feliciano, con los ojos humedecidos, divisa la tumba de su esposa
y recuerda su sonrisa, su amabilidad, su temor a los truenos, su amor
a sus hijas.
Y sobre la grama afelpada del Cementerio Green-Wood de Brooklyn, rememora
la mañana de hace cinco años cuando dejó a su esposa
en una estación de subterráneo para que emprendiera el viaje
diario a su trabajo en el Centro Mundial de Comercio.
Ahora está comprometido con una brasileña, y sus dos hijas
-tan pequeñas cuando la mamá murió- crecen a pasos
agigantados. Mucho ha cambiado en la vida del viudo y en su mundo circundante.
Pero aquí en el cementerio el tiempo parece haberse detenido.
Rosa María Feliciano, truncada a los 30 años, no está
sola. En este vasto e histórico cementerio, en medio de nombres
de neoyorquinos famosos, descansan 79 víctimas de los ataques terroristas
del 11 de septiembre de 2001, reunidas por el azar de la vida y de la
muerte.
Está por ejemplo David DeRubbio, el bombero cuya lápida
refleja el perfil de la Estatua de la Libertad. A pocos pasos yace Giovanna
Galletta Gambale, una trabajadora de Cantor Fitzgerald a quien le decían
Gennie.
 |
| Lea
además |

|
Un poco más allá descansan otros tres bomberos: Joey “Bells”
Agnello, Peter “Big Head” Vega y Vernon “Mo” Cherry,
juntos en la muerte. Siguiendo por el cementerio está Uhuru Houston,
el policía de la Autoridad Portuaria de eterna sonrisa.
“Visitar su tumba me ayuda mucho”Isaac Feliciano (esposo
de una víctima) Son algunas de las 2,749 víctimas del terrorismo
en el bajo Manhattan. Ahora, en 193 hectáreas engramadas de Brooklyn,
comparten algo en común: una fecha en sus lápidas, el 11
de septiembre de 2001.
Green-Wood recibió 17 empleados de Cantor Fitzgerald junto a 15
bomberos. Las víctimas de dos de los aviones pirateados, incluyendo
uno de los héroes del vuelo 93 de United, también vinieron
aquí. Hay otras tres víctimas del restaurante Windows of
the World, dos agentes de la Autoridad Portuaria, un reparador de aires
acondicionados.
Sus deudos vienen en una procesión constante que desfila entre
las lápidas de mármol y granito: viudos y viudas, hijos
huérfanos, padres sin hijos. Aquí vienen las familias a
recordar y presentar sus respetos, y donde el marido de Rosa Feliciano
viene a trabajar y a condolerse.
“Regresar aquí me ayudó mucho”, dice Isaac Feliciano,
capataz del cementerio que se empleó en Green-Wood hace una docena
de años. “Cada vez que siento la necesidad voy a visitar
su tumba”. <AP>
“Los restos continúan llegando”
En la mañana del ataque, los empleados del cementerio observaron
atónitos cómo se desplomaban dos de las torres más
altas del mundo.
Feliciano estaba entre ellos. Se había despedido de Rosa apenas
una hora antes de que el primer avión hiciera impacto a las 8:46
de la mañana en la torre norte donde ella trabajaba en el piso
96.
Durante varios días el viento arrastró polvo y escombros
del lugar del siniestro. Feliciano halló papeles de la empresa
donde trabajaba su esposa, Marsh & McLennan.
Luego empezaron a llegar las víctimas, entre ellas la esposa de
Feliciano. Y hasta la fecha, restos de las víctimas siguen llegando:
Los más recientes, del corredor de bolsa Carl Peralta, los cuales
fueron cremados en el Cementerio Green-Wood hace dos meses.

|