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Freno a las finanzas mundiales

El impacto del 11-S en la economía no sólo alcanzó a los nortemericanos. Latinoamérica sufre aún el alza de los combustibles.


Publicada 8 de septiembre de 2006 , El Diario de Hoy

  • 120 millones
    Daño que, se estima, sufrió la economía estadounidense luego de la tragedia.
  • 3 millones
    Empleos en el sector turismo que se perdieron a nivel mundial tras el 11-S.
  • 12 mil millones
    Monto de las pérdidas sufridas por las aerolíneas a raíz de los atentados.
  • 50 mil millones
    Pérdida registrada por las compañías aseguradoras en Estados Unidos.
  • 48 millones
    Aumento en el presupuesto de defensa de EE.UU. para aumentar la seguridad.
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Unidos en la vida y en la muerte

Jorge Beltrán
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

El resultado inmediato del ataque al Centro Mundial del Comercio en Nueva York pareció desbastador. Las aerolíneas vieron como el número de viajeros disminuía, las compañías aseguradores pagaron miles de millones de dólares en pólizas y la subsiguiente invasión a Afganistán inició un alza en los precios del petróleo que llega a la actualidad.

Sin embargo, para el economista Brian S. Wesbury, en su artículo “Costo económico del terrorismo”, “Bin Laden no logró herir el corazón de la economía mundial”.

Según él, la economía norteamericana, basada en la productividad de su gente y el uso de la tecnología, sobrevivió al embate terrorista.

Tras los atentados, el gobierno norteamericano reaccionó inyectando 15 mil millones de dólares en asistencia a las aerolíneas. Lo que no pudo evitar que US Airways se declarara en bancarrota y United Airlines atravesara serias dificultades.

La incertidumbre y los 50 mil millones de dólares que perdieron las compañías de seguros en Estados Unidos, hicieron que la primas de algunas pólizas aumentaran hasta en un 300%.

“Con productividad, los choques externos, como los del 11 de septiembre, son mucho menos dolorosos”Brian S. Wesbury (Economista Griffin, Kubik, Stephens & Thompson)

Los efectos negativos de los ataques se expandieron por el continente americano como el hongo de una explosión atómica. Así lo reconoció Lino Gutiérrez, Secretario de Estado Adjunto Interino para Asuntos Hemisféricos en el Centro para Asuntos Latinoamericanos de la Universidad George Washington en noviembre de 2001.

Según este funcionario, Estados Unidos desarrolló una estrategia para contrarrestar las consecuencias del 11-S. Esta incluye cuatro componentes: la firma de 12 tratados internacionales contra el terrorismo, la identificación y confiscación de los activos de este flagelo, la penalización del terrorismo y la mejora de los controles fronterizos.

Es así como, desde los atentados de septiembre de 2001 viajar no ha vuelto a ser lo mismo. Esto hizo que la industria turística también experimentara un declive y que los hoteles registraran un mayor número de habitaciones desocupadas.

Pero el efecto más adverso que sufrió la economía mundial fue el alza de los precios del petróleo. En diciembre de 2001, el barril costaba $20, en enero de 2004 alcanzó los $30 y en mayo de ese año los $40. Y el alza continúa.

Comentario
¿Hemos aprendido lo que debíamos en estos cinco años?
 
Cuando se acerca el quinto aniversario de los ataques de Al Qaeda a los Estados Unidos, deberíamos aprovechar la oportunidad para evaluar los resultados de la respuesta de los EE.UU. y la comunidad internacional. Evidentemente, los ataques y la respuesta han provocado un cambio abismal en las relaciones internacionales, pero sería difícil sostener que a consecuencia de ello se ha reducido la probabilidad de que se produzcan nuevas atrocidades.

¿Por qué no estamos más seguros que hace cinco años?

Una semana después de los ataques, el Presidente George W. Bush declaró una “guerra al terrorismo”. La metáfora de la guerra tiene la singular ventaja de que evoca clara e intensamente el contraataque requerido. Naturalmente, nadie pone en tela de juicio el derecho de los Estados Unidos a defenderse.

Siempre que se invoca la guerra, significa una lucha entre naciones, pueblos o Estados. La guerra significa ejércitos y estructuras de mando que se pueden reconocer, si no conocer claramente.

En relación con todos esos aspectos, el concepto de guerra -parafraseando al Secretario de Defensa de los EE.UU. Donald Rumsfeld- no es útil. Las consecuencias negativas de esa apreciación equivocada resultaron evidentes.

Ahora es de sobra sabido que el Gobierno de los Estados Unidos, tal vez en parte inconscientemente, adoptó una idea de Al Qaeda profundamente deformada, según la cual se trataba de una organización jerárquica con una estructura de mando perfecta.

La única estrategia viable para afrontar la amenaza del terrorismo islámico era -y sigue siendo- la búsqueda de un acuerdo entre los musulmanes - y entre los dirigentes de las naciones musulmanas- sobre las formas de cooperación mutua, incluida la policial.

Este es el ideal que aún no hemos comenzado a vislumbrar. Lo que hemos atestiguado es la guerra en su máxima expresión, a partir de los atentados ocurridos el 11 de septiembre, y las posteriores agresiones a otras naciones de occidente, como España e Inglaterra.

La comunidad internacional, impotente, nada hace. La rigidez y la brutalidad del comportamiento de los Estados Unidos -cuyo resultado ha sido muchas más muertes de civiles que las habidas el 11 de septiembre- han bloqueado cualquier intervención útil por parte de países como, por ejemplo, Argelia, Marruecos, Jordania, Arabia Saudí o los Emiratos Árabes Unidos. Asimismo, el llamamiento a la guerra ha descartado la perspectiva de negociaciones serias entre Israel, Siria y el Líbano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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