Karina García
El
Diario de Hoy
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Si desea visitar La Pirraya, debe ponerse en contacto con Berta Franco al tel: 2615-5963 ó 2608-3852. Foto
EDH
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Don Tito nos espera afuera de su lancha, en Puerto Parada. El cielo amenaza con lluvia. Por un momento, temo que el reportaje no pueda realizarse. Comienza a pringar. Nos subimos al bote y la aventura comienza. La embarcación es estable y cuenta con un techo plástico que nos resguarda del sollozo de las nubes.
A medida que avanzamos, el llanto empieza a ceder. El sol se abre paso e ilumina el mar. Los manglares se alzan a lo largo del recorrido. Los pescadores laboran tranquilamente, mientras son captados por el lente de mi compañero.
En menos de 20 minutos, estamos en La Pirraya. Berta Franco, la encargada del lugar, nos brinda un tour. Las cabañas dan la bienvenida. Poseen lo esencial: dos camas y una mesa de noche. El hecho de estar construidas con vena de coco y teja, las hace más frescas de lo esperado. Su alquiler es de $16. También pueden rentarse tiendas de campaña a $6 para pernoctar en la playa.
Preservar la ecología es una constante. Las pajillas no existen. Los baños son aboneros. Se cuenta con un vivero en el que se cultiva Madre Cacao para regalar a los pobladores. De acuerdo con Berta, con esto se trata de combatir la tala innecesaria de los manglares.
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Diaria labor. Los pobladores de la zona se dedican, en su mayoría, a la pesca. Foto EDH
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A la hora de la comida, los visitantes pueden elegir entre cóctel de conchas, mariscada, camarones, gallina india y una variedad de pescado. Los precios oscilan entre los $3 y los $8 y, por lo general, incluyen la bebida: un rico coco.
El transporte de Puerto Parada a La Pirraya cuesta $35. Este precio abarca el regreso y un paseo que puede ser a la bocana, a Punta San Juan o Punta Pajarito.
Llega la hora de cambiar de escenario. Nos despedimos de nuestros anfitriones y nos dirigimos a Chaguantique. Una extrovertida chica de 17 años, llamada Nevis Hernández es nuestra guía.
“Chaguantique tiene una extensión de 53.8 hectáreas”, inicia, inaugurando el recorrido compuesto por 11 estaciones. “Está dividido en dos bosques: el de la mariposa ‘Big blue’ y el del mono araña, donde nos encontramos ahorita”, añade.
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Observatorio. Este árbol de ojushte alberga una escalera colgante de casi 24 metros. Foto EDH
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Una escalera de 24 metros, que pende de un árbol de ojushte, nos hace ojitos, pero ante el tiempo, decidimos continuar.
Ver al mono araña demanda paciencia y algo de suerte. Llegamos a la estación dos. No observamos movimiento en las copas de los árboles.
Un gavilán circunda la zona. Nevis explica que eso hace que los macacos se escondan, pues por lo regular, les roban las crías.
Avanzamos un poco más, tratando de no hacer ruido, para ver si los reyes del bosque se dejan admirar.
Damos unos pasos y ahí está el primero. Luego se le unen varios compañeros.
Los humores de cada uno varían. Mientras unos se quedan colgados a propósito para que les tomen una foto, otros nos sacan la lengua.
Las madres llevan a sus hijos en la espalda, cambiando de rama con cuidado.
Los más osados, en cambio, se lanzan despreocupados. El paseo sigue, árboles de 500 años, leones que comen hormigas, concluyendo en una experiencia memorable.

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