Joaquín
Villalobos*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Oxford, Inglaterra. A finales de los años 60 las grandes fincas
y haciendas eran comparables en orden e imagen, a los enormes y modernos
centros comerciales que hoy existen en San Salvador. Las haciendas eran
igualmente la carta de presentación del país y el orgullo
de las familias que dominaban la economía. Las ciudades eran pueblerinas,
pero relativamente seguras, San Salvador apenas llegaba a los 350,000
habitantes.
Existía si una extensa pobreza rural extrema y los campesinos,
al no tener tierras, invadían ajenas, se asentaban en cualquier
lugar o emigraban hacia Honduras. La presión demográfica
rural era una bomba de tiempo que estalló luego que los hondureños
cerraron sus fronteras. La guerra civil de los 80 fue el mapa de la violencia
rural que resultó de la superpoblación, la marginalidad
rural y, sobre todo, de la falta de una democracia que descargara políticamente
las crisis sociales.
En la actualidad la violencia está concentrada en veinte municipios,
pero estos comprenden la capital, el área metropolitana y todas
las ciudades más pobladas del país. Es decir que estamos
ante un escenario de violencia urbana con superpoblación, hacinamiento,
escasez de agua, falta de viviendas y gran marginalidad conviviendo con
pequeños espacios con imagen de primer mundo. Casi la totalidad
de quebradas que existen en la capital están densa y patéticamente
habitadas, constituyen territorios sin ley y son potentes bombas sociales
de pobreza. En general, El Salvador urbano se ha convertido en una sociedad
caótica de contrastes dramáticos.
Cuando el problema agrario comenzó a manifestarse la respuesta
fue mano dura con “definición, decisión y firmeza”.
Hubo operativos militares, capturas masivas y masacres. La represión
multiplicó la violencia hasta transformar un problema social rural
en una guerra civil.
Fue cuando los campesinos llegaron a San Benito y la Escalón que
se firmó la paz. Pero no se aprendió la lección y,
nuevamente, al problema de las pandillas se le aplicó una solución
represiva que ha transformado otro problema social en una guerra urbana
criminal. Las pandillas tienen ahora más miembros que las guerrillas
de los 80 y, al igual que éstas dominaban el campo, ahora las pandillas
controlan barrios y ciudades. Antes la violencia era política y
tenía reglas, ahora es criminal y no tiene límites.
El Salvador se ha convertido en la fábrica de delincuentes más
grande del continente y las pandillas han creado retaguardias de impunidad
en las que ellos gobiernan. Las zonas de clase alta de la capital están
virtualmente cercadas por frentes pandilleros que emergen de las quebradas.
Algunas rutas vitales como la carretera al aeropuerto podrían estar
en poco tiempo social y policialmente perdidas. Los escenarios de violencia
que se pueden prever golpearán a la izquierda, a la derecha y a
las clases altas, medias y bajas sin distingos.
El 5 de julio la polarización política dejó sus primeras
víctimas con el asesinato de dos jóvenes policías.
Lo que comenzó como un juego de ARENA y del poder económico
para mantenerse ganando elecciones, ha derivado ahora en violencia política
que se suma a la violencia criminal de las pandillas. El Salvador es ahora
una bomba poblacional violenta y políticamente polarizada en camino
al populismo y la anarquía. Somos una sociedad enferma que para
sobrevivir trata de acostumbrarse a la violencia con la idea de “mientras
no me pase a mí no hay problema”.
No se escuchó a quienes durante años señalamos que
la polarización nos terminaría llevando a la ingobernabilidad.
Algunos círculos intelectuales de la izquierda y de la derecha
no vieron venir la crisis. Fusades incluso pagó estudios a “su
medida” para que le diagnosticaran que “la democracia funcionaba
razonablemente bien”.
No se entendió cuando insistíamos en la necesidad de crear
capital social para desmontar la cultura de violencia, tampoco se puso
atención a la opinión de quienes nos atrevíamos a
hablar del problema demográfico. La izquierda en todos sus matices
nos llamó derechistas por insistir en virar hacia la socialdemocracia,
y traidores por señalar que pactar era más importante que
confrontar. Ahora pasó la oportunidad de la izquierda, El Salvador
perdió vida plural y será un bastión ideológico
conservador por muchos años.
El Salvador requiere un desarme total para que el Estado recupere el monopolio
de las armas y demanda la participación ciudadana para que la gente
recupere la paz de sus comunidades.
Urgen planes espectaculares que desactiven las bombas de pobreza urbana,
es indispensable una reforma política que despolarice al país
y, aunque tardío, se necesita un gran programa poblacional elaborado
con criterios técnicos y laicos.
Pero todas las medidas que se necesitan demandan un escenario de tolerancia
y cohesión nacional inexistentes y esta es la principal dificultad
para salir del ciclo crítico en que el país está
atrapado.
En breve hasta debatir podría perder sentido. Quizás la
última oportunidad, es que la inminencia del peligro se convierta
en el motor de medidas audaces y en la base de un nuevo pacto nacional.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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