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El Salvador, sin salida

El Salvador se ha convertido en la fábrica de delincuentes más grande del continente y las pandillas han creado retaguardias de impunidad en las que ellos gobiernan.

Publicada 6 de septiembre de 2006, El Diario de Hoy

Joaquín Villalobos*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Oxford, Inglaterra. A finales de los años 60 las grandes fincas y haciendas eran comparables en orden e imagen, a los enormes y modernos centros comerciales que hoy existen en San Salvador. Las haciendas eran igualmente la carta de presentación del país y el orgullo de las familias que dominaban la economía. Las ciudades eran pueblerinas, pero relativamente seguras, San Salvador apenas llegaba a los 350,000 habitantes.

Existía si una extensa pobreza rural extrema y los campesinos, al no tener tierras, invadían ajenas, se asentaban en cualquier lugar o emigraban hacia Honduras. La presión demográfica rural era una bomba de tiempo que estalló luego que los hondureños cerraron sus fronteras. La guerra civil de los 80 fue el mapa de la violencia rural que resultó de la superpoblación, la marginalidad rural y, sobre todo, de la falta de una democracia que descargara políticamente las crisis sociales.

En la actualidad la violencia está concentrada en veinte municipios, pero estos comprenden la capital, el área metropolitana y todas las ciudades más pobladas del país. Es decir que estamos ante un escenario de violencia urbana con superpoblación, hacinamiento, escasez de agua, falta de viviendas y gran marginalidad conviviendo con pequeños espacios con imagen de primer mundo. Casi la totalidad de quebradas que existen en la capital están densa y patéticamente habitadas, constituyen territorios sin ley y son potentes bombas sociales de pobreza. En general, El Salvador urbano se ha convertido en una sociedad caótica de contrastes dramáticos.

Cuando el problema agrario comenzó a manifestarse la respuesta fue mano dura con “definición, decisión y firmeza”. Hubo operativos militares, capturas masivas y masacres. La represión multiplicó la violencia hasta transformar un problema social rural en una guerra civil.

Fue cuando los campesinos llegaron a San Benito y la Escalón que se firmó la paz. Pero no se aprendió la lección y, nuevamente, al problema de las pandillas se le aplicó una solución represiva que ha transformado otro problema social en una guerra urbana criminal. Las pandillas tienen ahora más miembros que las guerrillas de los 80 y, al igual que éstas dominaban el campo, ahora las pandillas controlan barrios y ciudades. Antes la violencia era política y tenía reglas, ahora es criminal y no tiene límites.

El Salvador se ha convertido en la fábrica de delincuentes más grande del continente y las pandillas han creado retaguardias de impunidad en las que ellos gobiernan. Las zonas de clase alta de la capital están virtualmente cercadas por frentes pandilleros que emergen de las quebradas. Algunas rutas vitales como la carretera al aeropuerto podrían estar en poco tiempo social y policialmente perdidas. Los escenarios de violencia que se pueden prever golpearán a la izquierda, a la derecha y a las clases altas, medias y bajas sin distingos.

El 5 de julio la polarización política dejó sus primeras víctimas con el asesinato de dos jóvenes policías. Lo que comenzó como un juego de ARENA y del poder económico para mantenerse ganando elecciones, ha derivado ahora en violencia política que se suma a la violencia criminal de las pandillas. El Salvador es ahora una bomba poblacional violenta y políticamente polarizada en camino al populismo y la anarquía. Somos una sociedad enferma que para sobrevivir trata de acostumbrarse a la violencia con la idea de “mientras no me pase a mí no hay problema”.

No se escuchó a quienes durante años señalamos que la polarización nos terminaría llevando a la ingobernabilidad. Algunos círculos intelectuales de la izquierda y de la derecha no vieron venir la crisis. Fusades incluso pagó estudios a “su medida” para que le diagnosticaran que “la democracia funcionaba razonablemente bien”.

No se entendió cuando insistíamos en la necesidad de crear capital social para desmontar la cultura de violencia, tampoco se puso atención a la opinión de quienes nos atrevíamos a hablar del problema demográfico. La izquierda en todos sus matices nos llamó derechistas por insistir en virar hacia la socialdemocracia, y traidores por señalar que pactar era más importante que confrontar. Ahora pasó la oportunidad de la izquierda, El Salvador perdió vida plural y será un bastión ideológico conservador por muchos años.

El Salvador requiere un desarme total para que el Estado recupere el monopolio de las armas y demanda la participación ciudadana para que la gente recupere la paz de sus comunidades.

Urgen planes espectaculares que desactiven las bombas de pobreza urbana, es indispensable una reforma política que despolarice al país y, aunque tardío, se necesita un gran programa poblacional elaborado con criterios técnicos y laicos.

Pero todas las medidas que se necesitan demandan un escenario de tolerancia y cohesión nacional inexistentes y esta es la principal dificultad para salir del ciclo crítico en que el país está atrapado.

En breve hasta debatir podría perder sentido. Quizás la última oportunidad, es que la inminencia del peligro se convierta en el motor de medidas audaces y en la base de un nuevo pacto nacional.

*Columnista de El Diario de Hoy.

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