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Ejercicio cotidiano de hacer democracia

Muchas veces, la cadena de la democracia se rompe por el eslabón de la institucionalidad. Defender las instituciones, sin importar quién las administre, es una forma de defender nuestras aspiraciones democráticas.

Publicada 6 de septiembre de 2006, El Diario de Hoy

Federico Hernández Aguilar*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Muchos piensan que ser demócrata es limitarse a no atentar contra los derechos de nadie. Conciben la democracia como un pacto marginal, cuya moneda de cambio posee la inscripción “hacer”, en una cara, y la leyenda “dejar hacer”, en la otra.

Desde esta cómoda perspectiva, los más demócratas de entre nosotros serían entonces los que menos problemas tienen, es decir, los que convierten su existencia en un plan de duración y no de vida.

La verdad es muy otra. La democracia es un ejercicio cotidiano que nos permite fortalecer los músculos de la tolerancia, la imaginación y la solidaridad. Ser demócrata es una vocación, una militancia, un compromiso.

No conozco a alguien que se haya levantado una mañana soleada convertido en demócrata. Conozco, en cambio, decenas de personas que cada día defienden la democracia yendo más allá de sus ambiciones personales, venciéndose a sí mismas para entregarse a los demás. Y son estas personas, junto a otras que piensan igual, las que me hacen creer que el camino democrático tiene más amigos que enemigos en nuestro país.

La quinta mesa redonda convocada por Fusades, la semana pasada en un hotel capitalino, puso a muchos de estos demócratas a discutir en torno a temas tan fundamentales como la institucionalidad, la cultura política y el capital social. Como resultado no sólo se obtuvieron lúcidas interpretaciones de la realidad salvadoreña actual, sino también reconvenciones brillantes sobre el porvenir que estamos construyendo.

Desde la atalaya de su templanza intelectual, David Escobar Galindo nos recordó a todos los presentes que existe una historia de la que somos deudores, para bien o para mal: “Nada de lo que hemos vivido, vivimos y viviremos como sociedad en trance de organización surge por su sola cuenta: todo está integrado en una trenza de acciones y reacciones, que van siendo articuladas por lo que genéricamente podemos llamar razón histórica. Ningún proceso nacional es mecánico; todos son expresiones de una voluntad que se manifiesta por acción y por omisión. Somos lo que hacemos como sociedad y también lo que no hacemos como sociedad”.

Quien fuera blanco de los ataques “académicos” más inverosímiles, antes y durante el conflicto bélico, es hoy el único intelectual capaz de definir, con honesta imparcialidad, un proceso histórico en el que tienden a confundirse los inmediatismos partidarios con los fundamentos ideológicos.

Sin complacencias ni gratuidades, David nos previene de los enfoques extremos; nos insta a cuidarnos tanto de las alergias antisistémicas como de los absolutismos economicistas. “La vigilancia es nuestra”, sostiene. Porque el organismo de la democracia se nutre de responsabilidades y no de excusas.

Por su parte, en el mismo evento, Fidel Chávez Mena nos habló del peligro que corremos al desperdiciar el capital social, de cuya existencia dio buena cuenta Sandra de Barraza en dos puntuales intervenciones. “Las instituciones son hábitos”, dijo el ex canciller, “y se determinan o transforman por medio de valores”.

¿Valores? ¿Pero esos asuntos no son de exclusiva competencia de la Iglesia y los sistemas educativos? No, por cierto. Todos tenemos misiones democráticas que asumir, sin distinción de oficios, aptitudes o salarios.

¿Y qué sucede cuando los que deberían sentirse responsables de promover valores evaden esta labor? La pregunta fue respondida por quien la había planteado, el Dr. Ricardo Rivas Larrave: “Entonces no tenemos medios de comunicación social, sino medios de confusión social o medios de conspiración social”. Nunca mejor dicho.

Los atentados contra la democracia están a la orden del día en Latinoamérica. La pataleta postelectoral de López Obrador tiene paralizado a medio Distrito Federal mexicano, mientras en Caracas se llama “justicia” y “redistribución” a lo que no es otra cosa que la más burda escalada de expropiaciones que haya abatido al empresariado venezolano.

En El Salvador también tenemos síntomas alarmantes cuya proliferación debemos evitar, aunque a veces nos tienten las urgencias del provecho político. El diputado de derecha que aplaude al sindicato que lanza basura frente a la Alcaldía de San Salvador tiene mucho en común con el diputado de izquierda que hace señales obscenas al Presidente de la República: uno y otro están olvidándose de la institucionalidad, a la que deben respeto por encima del partidismo.

No es coherente hablar de democracia desde una curul y luego salir a vociferar improperios a las puertas de una oficina pública. Si es sincera la condena a los criminales que en julio pasado tirotearon policías frente la Universidad de El Salvador, habría sido muy oportuno evitar, meses antes, que una turba de incondicionales asediara el hotel capitalino donde se recontaban los votos de una reñidísima elección de alcaldes.

Es congruente declarar nuestra esperanza en que el polvorín social no estalle cuando los fósforos de nuestro discurso ideológico han mostrado estar bien lejos de la mecha.

Muchas veces, la cadena de la democracia se rompe por el eslabón de la institucionalidad. Defender las instituciones, sin importar quién las administre, es una forma de defender nuestras aspiraciones democráticas.

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.

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