Federico
Hernández Aguilar*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Muchos piensan que ser demócrata es limitarse a no atentar contra
los derechos de nadie. Conciben la democracia como un pacto marginal,
cuya moneda de cambio posee la inscripción “hacer”,
en una cara, y la leyenda “dejar hacer”, en la otra.
Desde esta cómoda perspectiva, los más demócratas
de entre nosotros serían entonces los que menos problemas tienen,
es decir, los que convierten su existencia en un plan de duración
y no de vida.
La verdad es muy otra. La democracia es un ejercicio cotidiano que nos
permite fortalecer los músculos de la tolerancia, la imaginación
y la solidaridad. Ser demócrata es una vocación, una militancia,
un compromiso.
No conozco a alguien que se haya levantado una mañana soleada convertido
en demócrata. Conozco, en cambio, decenas de personas que cada
día defienden la democracia yendo más allá de sus
ambiciones personales, venciéndose a sí mismas para entregarse
a los demás. Y son estas personas, junto a otras que piensan igual,
las que me hacen creer que el camino democrático tiene más
amigos que enemigos en nuestro país.
La quinta mesa redonda convocada por Fusades, la semana pasada en un hotel
capitalino, puso a muchos de estos demócratas a discutir en torno
a temas tan fundamentales como la institucionalidad, la cultura política
y el capital social. Como resultado no sólo se obtuvieron lúcidas
interpretaciones de la realidad salvadoreña actual, sino también
reconvenciones brillantes sobre el porvenir que estamos construyendo.
Desde la atalaya de su templanza intelectual, David Escobar Galindo nos
recordó a todos los presentes que existe una historia de la que
somos deudores, para bien o para mal: “Nada de lo que hemos vivido,
vivimos y viviremos como sociedad en trance de organización surge
por su sola cuenta: todo está integrado en una trenza de acciones
y reacciones, que van siendo articuladas por lo que genéricamente
podemos llamar razón histórica. Ningún proceso nacional
es mecánico; todos son expresiones de una voluntad que se manifiesta
por acción y por omisión. Somos lo que hacemos como sociedad
y también lo que no hacemos como sociedad”.
Quien fuera blanco de los ataques “académicos” más
inverosímiles, antes y durante el conflicto bélico, es hoy
el único intelectual capaz de definir, con honesta imparcialidad,
un proceso histórico en el que tienden a confundirse los inmediatismos
partidarios con los fundamentos ideológicos.
Sin complacencias ni gratuidades, David nos previene de los enfoques extremos;
nos insta a cuidarnos tanto de las alergias antisistémicas como
de los absolutismos economicistas. “La vigilancia es nuestra”,
sostiene. Porque el organismo de la democracia se nutre de responsabilidades
y no de excusas.
Por su parte, en el mismo evento, Fidel Chávez Mena nos habló
del peligro que corremos al desperdiciar el capital social, de cuya existencia
dio buena cuenta Sandra de Barraza en dos puntuales intervenciones. “Las
instituciones son hábitos”, dijo el ex canciller, “y
se determinan o transforman por medio de valores”.
¿Valores? ¿Pero esos asuntos no son de exclusiva competencia
de la Iglesia y los sistemas educativos? No, por cierto. Todos tenemos
misiones democráticas que asumir, sin distinción de oficios,
aptitudes o salarios.
¿Y qué sucede cuando los que deberían sentirse responsables
de promover valores evaden esta labor? La pregunta fue respondida por
quien la había planteado, el Dr. Ricardo Rivas Larrave: “Entonces
no tenemos medios de comunicación social, sino medios de confusión
social o medios de conspiración social”. Nunca mejor dicho.
Los atentados contra la democracia están a la orden del día
en Latinoamérica. La pataleta postelectoral de López Obrador
tiene paralizado a medio Distrito Federal mexicano, mientras en Caracas
se llama “justicia” y “redistribución”
a lo que no es otra cosa que la más burda escalada de expropiaciones
que haya abatido al empresariado venezolano.
En El Salvador también tenemos síntomas alarmantes cuya
proliferación debemos evitar, aunque a veces nos tienten las urgencias
del provecho político. El diputado de derecha que aplaude al sindicato
que lanza basura frente a la Alcaldía de San Salvador tiene mucho
en común con el diputado de izquierda que hace señales obscenas
al Presidente de la República: uno y otro están olvidándose
de la institucionalidad, a la que deben respeto por encima del partidismo.
No es coherente hablar de democracia desde una curul y luego salir a vociferar
improperios a las puertas de una oficina pública. Si es sincera
la condena a los criminales que en julio pasado tirotearon policías
frente la Universidad de El Salvador, habría sido muy oportuno
evitar, meses antes, que una turba de incondicionales asediara el hotel
capitalino donde se recontaban los votos de una reñidísima
elección de alcaldes.
Es congruente declarar nuestra esperanza en que el polvorín social
no estalle cuando los fósforos de nuestro discurso ideológico
han mostrado estar bien lejos de la mecha.
Muchas veces, la cadena de la democracia se rompe por el eslabón
de la institucionalidad. Defender las instituciones, sin importar quién
las administre, es una forma de defender nuestras aspiraciones democráticas.
*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.

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