The New York Times
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| Simpatizantes. Un simpatizante del dirigente izquierdista pasa frente a policías antimotines cargando una fotografía ampliada de éste, en las afueras del Tribunal Electoral Federal, en la capital mexicana. Foto
EDH / AP |
EDITORIAL
NUEVA YORK.
El
Diario de Hoy
internacionales@elsalvador.com
Los estadounidenses tienen buenas rezones para albergar inquietud con respecto a México. Diez por ciento de la población mexicana ha emigrado a Estados Unidos, y las economías de ambos países firmemente entrelazadas. Lo que ocurre allá, ocurre aquí.
Lo que está ocurriendo en México ahora es preocupante. Andrés Manuel López Obrador, quien perdió por muy poco las elecciones presidenciales del 2 de julio, se ha estado metamorfoseando de manera constante, pasando de no saber perder a demagogo y luego, potencialmente hacia algo peor.
Obrador estuvo actuando en su derecho cuando desafió legalmente los resultados de las elecciones presidenciales, en las cuales su oponente, Felipe Calderón, lo había superado por un mero 0.6 por ciento.
Hasta apenas unos cuantos meses atrás, Obrador - carismático candidato en campaña que capitalizó el profundo descontento con respecto al disparejo crecimiento económico de México - estaba favorecido para ganar.
Entonces, la situación empezó a avanzar en su contra, incluidas preocupaciones en aumento en América Latina con respecto al imprudente y autoritario estilo del Presidente de izquierda de Venezuela, Hugo Chávez.
Lo último que México necesita es a su propio Chávez, inculto en la esfera económica y caudillo latinoamericano del molde socialista. Sin embargo, Obrador a veces da la impresión de que aspira precisamente a ese papel. No conforme con sus batallas en contra de los resultados ante un tribunal, él - con pocas pruebas - ha declarado que le robaron la elección e hizo un llamado sobre sus seguidores para que ocupen las calles, exigiendo un recuento.
Después que el Tribunal Electoral Federal anunciara que su recuento parcial no había cambiado el resultado, Obrador dijo que él crearía su propio gobierno y exhortó a la opinión popular de México a que no aceptara una presidencia de Calderón.
México, efectivamente, tiene una larga y sórdida historia de corrupción política y fraude electoral bajo el largo dominio del Partido Revolucionario Institucional (PRI). La ironía es que ya se produjo una repercusión nacional en contra del PRI y sus votaciones arregladas; hoy día, México conduce algunas de las elecciones más creíbles del mundo.
El reclamo de López Obrador al poder, cada vez más fuera de la legalidad, amenaza con profundizar los cismas en esta nación políticamente fracturada.
Estados Unidos, que se ha convertido en la válvula de seguridad de la pobreza mexicana y sus problemas sociales, tiene mucho en juego en esta situación. Por sus medios, México debería ser un país próspero, en auge: es rico en trabajadores, recursos naturales y atractivo turístico. Sin embargo, aún necesita decisivas y duras reformas enfocadas a promover la empresa, expandir las oportunidades educativas y acabar de raíz con la corrupción oficial.
Esto requiere de un gobierno decisivo que comprenda la creación de la riqueza; además, requiere de paz. Un asedio o la parálisis política o incluso el caos, no es lo que el médico ordenó.
GOBIERNO O RESISTENCIA
- López Obrador dijo que el 16 de septiembre resolverá si forma un “gobierno de la república’’ o si organiza una resistencia civil pacífica al eventual gobierno del oficialista Felipe Calderón, según una entrevista que publica ayer un diario chileno.
- El izquierdista reiteró en la edición del diario La Tercera que llegará “hasta las últimas consecuencias, por la vía pacífica y democrática’’.

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