| Luis
Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
LEscribí
el lunes pasado con un humor ácido sobre el terrible problema de
la inseguridad ciudadana. Hoy voy en serio. ¡Señores del
gobierno, alerta! Denle la máxima diligencia, inteligencia y fuerza,
para resolverlo. Es un hecho claro que la delincuencia ha progresado.
Además, ahora están poniendo en práctica el sistema
propio de Al Capone. Ya no es pedir la “cora” por pasar. Ahora
es “el impuesto”, en gruesa cifra de dólares, que le
exigen a comerciantes, profesionales, buseros, etc. La extorsión
da muy buenos resultados. Ya tienen de qué vivir con el mínimo
esfuerzo y el máximo desprecio de la gente pacífica.
La gente está muy harta, algunos verdaderamente desesperados. ¿Qué
gente? Todos, pero principalmente la que no tiene guardaespaldas, la que
tiene que desplazarse en autobús, la que tiene que convivir con
los mareros en la misma colonia. Cuanto más desprotegida, más
desesperada.
Cuando le hablan o le escriben a uno con confianza, todos son partidarios
de instaurar la pena de muerte para los criminales, “no como la
actual, sólo para los inocentes”. En situaciones así,
surge el riesgo de que algunos vuelvan al procedimiento tipo “Sombra
negra”. De hecho ya ha ocurrido en algunos puntos pequeños
del país.
Por supuesto la gente con mentalidad de FMLN --no tengo por qué
saber si tiene carnet de es partido-- aprovecha, con tono de odio, para
mandarme su mensaje de siempre: la culpa es de ARENA y de los ricos. La
pobreza crea la delincuencia. Pienso que eso es verdad sólo en
parte: la pobreza y miseria mental, sí, esa sí crea la delincuencia
o la fomenta, y no es exclusiva de un estrato social.
La democracia es muy buena cuando se comparten, por todos, los principios
morales eternos, la buena educación y el respeto a la ley. Por
eso no les extrañe que una situación como la que vivimos
no sólo hace pensar en la pena de muerte, legal o por grupos anónimos.
También hace añorar, a la gente más sencilla, la
solución tipo “un buen hombre fuerte que ponga orden”.
Todavía se encuentra gente añorando aquí al general
Martínez.
Viví la guerra civil española en la parte roja, en Madrid,
donde decir “adiós” en vez de decir “salud”
podía ser causa de muerte. Y viví parte de mi niñez
y juventud bajo la dictadura del general Franco. En esa época,
a una hermana mía una extranjera le preguntó en Madrid que
“hasta qué hora se podía caminar por las calles”.
Mi hermana se quedó sorprendida de esa pregunta. Su respuesta fue
la lógica: “Hasta la hora que usted quiera”. La delincuencia
era mínima. La mayor parte de los maleantes estuvieron en el bando
contrario, en el perdedor, y o estaban muertos, o en la cárcel,
o en el exilio.
Ya estando en Chile, en sus mejores años de democracia, yo hablaba
con chilenos que volvían de “la España de Franco”.
Todo eran elogios. Lo habían pasado de dulce. La gente era alegre,
generosa, servicial, acogedora. Comprobaban una especie de hidalguía
en gente sencilla que a los chilenos les sorprendía. Habían
ido con la curiosidad y el temor de salir de una estupenda democracia
para meterse en una vilipendiada dictadura.
Lo que experimentaban, en la vida corriente, era una alta vitalidad y
mucho humorismo sobre Franco y su “dictablanda”, sobre el
que corrían, de boca en boca, miles de chistes. ¿Por qué,
si aquí vivimos en una democracia somos más apagados y cautelosos
--me decían algunos chilenos-- y allí, con una dictadura,
la gente es más vital, más suelta, y tan acogedora? Creo
que porque se venía saliendo de un infierno antirreligioso donde
ser católico era pena de muerte, y ahora, por contraste, se vivían
muchos principios éticos propios del cristianismo.
Esto que escribo ¿es un elogio o petición de dictadura?
Desde luego que no. Ni siquiera es un elogio de la dictadura de Franco.
Es señalar que, la mayoría de la gente valora “su
libertad” en lo inmediato: seguridad en su casa y en la calle, sin
delincuencia; paz, serenidad y amabilidad en la convivencia, respeto fuerte
a la ley --¡incluyendo las del tráfico!--; seguridad en su
trabajo y moralidad pública. Por eso en las democracias bien asentadas,
la gente se preocupa poco de la política y el porcentaje de los
que votan es bajo, cuando esas cosas marchan bien.
Una democracia donde existe una gran libertad para la pornografía,
la prostitución, la droga, la delincuencia de todo tipo, y donde
la burla de la ley es muy amplia, una democracia así es una democracia
enferma. Hay peligro de muerte.
Lo que define decisivamente a una democracia es el imperio de la ley.
Así lo entendían los griegos de la época de Pericles.
Así lo ha entendido siempre el cristianismo. Por tanto eso es lo
primero que hay que mejorar. ¿Protección de testigos? Sí,
¡y también de jueces!
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy.
lfcuervo@telemvil.net

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