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| Hallazgo. Dos niños observan la tortuga
encontrada el 31 de agosto en la playa Garita Palmera. Foto
EDH |
Alejandra Silva
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
Más de medio año después de que la marea roja provocara
una catástrofe ecológica sin precedentes con la muerte de
más de 200 tortugas, estos animales siguen muriendo en las costas
salvadoreñas y no precisamente por la ingestión de esas
algas tóxicas.
En Bola de Monte, Garita Palmera, El Porvenir y la Barra de Santiago,
cuatro playas de Ahuachapán, la amenaza parece tener otro origen,
esta vez vinculado con el ser humano.
En apenas 20 días, entre el 10 y el 31 de agosto, han aparecido
18 tortugas muertas. Todas ellas son de la especie golfina, conocida por
la demanda comercial de sus huevos.
El hallazgo fue hecho por un grupo de pescadores, organizados por el Ministerio
de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN), que colaboran para preservar
los ejemplares.
En todos los casos y para todos los entrevistados, la sospecha es la misma:
mueren por asfixia al ser capturadas por las redes de los barcos camaroneros.
Casi siempre que divisan embarcaciones, comentan los pobladores, aparecen
tortugas muertas en la playa.
Para los lugareños, que viven de la venta de los huevos, el impacto
es importante toda vez que hace más difícil la recuperación
de una de una especie que ya está amenazada.
“Lo peligroso aquí es el equipo del barco. Además
de que no respetan los límites que tienen para rastrear (mariscos)
que deben ser 20 millas adentro”, asegura Candelario Arriola, del
caserío Playa Bola de Monte, cantón Garita Palmera, en San
Francisco Menéndez, Ahuachapán.
En esta parte de la costa encontraron cuatro especies expulsadas por el
mar entre el 10 y el 15 de agosto.
En el mismo periodo, Antonio Villeda, guardarecursos del MARN, le comentó
a Arriola que, en Barra de Santiago, la marea arrastró a otros
seis quelonios.
El 20 de agosto, esta vez en Garita Palmera, los pobladores “tropezaron”
con seis ejemplares más, distribuidos en dos puntos de la playa:
en la bocana de Garita y frente al cementerio. La más reciente
apareció el 31 de agosto en avanzado estado de descomposición.
A dos kilómetros de Garita Palmera, en la playa El Porvenir, los
pescadores encontraron otra en esa misma fecha. Y otra más en la
Barra de Santiago.
Fredy Vivas, presidente de la cooperativa de pescadores En Porvenir, avisó
a las autoridades del hallazgo de las tortugas.
Celina Dueñas, técnico de la gerencia de Recursos Biológicos
del MARN, asegura que el examen morfológico, realizado a las especies
encontradas en los primeros días de agosto, no fue revelador.
“Examiné a las seis tortugas (en Barra de Santiago) y ninguna
tenía fracturas de aleta, ni de cráneo, ni en el caparazón”,
dijo la experta.
Dueñas notó que un ejemplar de hembra tenía una perforación
en la parte ventral; otra, una cortadura.
Sin embargo, la carne estaba descompuesta y no pudo determinar si fue
producto del proceso de putrefacción o se trataba de una herida
que dañó el tejido.
La bióloga no tiene indicios suficientes para determinar la causa
de muerte. Eso sí descarta que otros animales las hayan matado
y que se pueda deber a una toxina como en la marea roja.
La teoría del daño que provocan los barcos camaroneros,
cuando las tortugas quedan atrapadas en sus redes, no la descarta. “No
lo puedo comprobar, pero la gente dice que vieron cinco barcos y a ellos
les atribuyen la muerte, pero no estuve”.
Según el Centro de Desarrollo Pesquero (Cendepesca), un total de
80 embarcaciones camaroneras tienen autorización para explotar
aguas salvadoreñas, siempre con el Dispositivo Excluidor de Tortugas
(TED, por sus siglas en inglés). Apenas 23 faenaron en 2005 por
la crisis que afecta a la captura del camarón.
En otras ocasiones, los inspectores de Cendepesca han sospechado que los
camaroneros sellan las salas TED para evitar que se escape parte de la
pesca del camarón y, obviamente, las tortugas.
Candelario Arriola lo tiene más claro. “Aquí no usan
la TED porque no les abunda la pesca”, asevera este veterinario
jubilado.
Un refugio para las tortugas
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| Pendientes. Dos pescadores buscan restos de
tortugas. Foto EDH |
Candelario Arriola tiene 26 años de dedicarse a la pesca artesanal
en el Caserío Playa Bola de Monte, en San Francisco Menéndez,
Ahuachapán.
En 1996 es cuando empieza a preocuparse por trabajar en la preservación
de las tortugas marinas.
En ese año comenzó con un tortugario, una granja construida
para anidar los huevos de tortuga lejos de los depredadores y a salvo
de quienes los comercian.
En 2005 tuvo que suspender el trabajo cuando el salitre acabó con
la malla ciclón que cercaba el corral. Los postes de cemento fueron
derribados por la marea.
Sin embargo, hoy inicia la labor con nuevos bríos.
Todas las noches, la gente que en su mayoría vive del comercio
de huevos de estos animales, los extrae mientras los expulsa la tortuga.
El trato es así: una docena la dejan en la granja, el resto es
para la venta. “Aquí no hay forma de que se queden con alguno
de más porque yo les extiendo un recibo, donde dice cuántos
les quedaron. Si la policía les encuentra unos de más, se
los decomisan”, asegura Candelario, quien espera reabrir la granja
la otra semana.

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