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Una amenaza latente
Venezuela o el Moscú del Siglo XXI
Se proponen colocar al Mercosur en la
primera línea de batalla contra las democracias occidentales. El
Mercosur, dentro de sus planes, no es una lonja de comercio ni un ensayo
de integración. Es una trinchera.
Publicada 3 de septiembre de 2006, El Diario de
Hoy
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| Carlos
Alberto Montaner*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
La secuencia tiene cierta importancia. El 18 y 19 de julio se reunieron
en Caracas los representantes de cincuenta partidos comunistas del mundo.
Llegaron al país para apoyar el experimento venezolano del señor
Hugo Chávez, esa cosa colectivista y autoritaria llamada “Socialismo
del Siglo XXI” con la que el teniente coronel quiere conquistar
el planeta.
Los asistentes se sentían eufóricos. Marx y Lenin, finalmente,
habían resucitado. El trauma del derribo del Muro de Berlín
y de la desaparición de la URSS había sido superado. El
eje CaracasLa Habana había reemplazado a Moscú. Hugo Chávez
se perfilaba como la cabeza, o más bien la chequera, del nuevo
imperio revolucionario que comenzaba a forjarse.
Un par de días más tarde el señor Hugo Chávez
fue a Córdoba, Argentina, a ingresar oficialmente en el Mercosur
y, de paso, a introducir de contrabando a su padrino y mentor Fidel Castro
en la organización. Para que no quedaran dudas de su propósito,
su vicecanciller le explicó a la prensa que para ellos el principal
objetivo de la presencia venezolana en esa institución era de carácter
político.
Se proponen colocar al Mercosur en la primera línea de batalla
contra las democracias occidentales. El Mercosur, dentro de sus planes,
no es una lonja de comercio ni un ensayo de integración. Es una
trinchera. Chávez y Castro se despidieron de Argentina con un número
de circo montado en un estadio. Supongo que los otros presidentes deben
haberse quedado preocupados, aunque ninguno lo dijo. No parece sensato
que la orientación ideológica y el signo de las alianzas
y los conflictos latinoamericanos los determinen dos sujetos evidentemente
perturbados.
Inmediatamente, Chávez viajó a Bielorrusia, la última
dictadura comunista que queda en Europa. Lo recibió Alexander Lukashenko,
el líder estalinista de esa nación, y la televisión
internacional transmitió la imagen y la voz de un Hugo Chávez
risueño que felicitaba al país por no haber cedido ante
lo que llamó, con gran deprecio, las “revoluciones de colores”.
Para el militar venezolano la liberación de los pueblos del Este
de Europa y la llegada de la democracia a esa región del mundo
fue una inconmensurable desgracia. Naturalmente, firmó alianzas
estratégicas con el otro dictador y entonaron a dúo una
tonadilla antinorteamericana.
Casi sin darse tregua el inquieto venezolano siguió rumbo a Moscú.
Ya había comprado cien mil fusiles de asalto. Ahora el proyecto
es adquirir varios escuadrones de Mig29 y docenas de helicópteros.
Parece que la bolsa disponible es de mil millones de dólares, pero
pudiera duplicar esa cifra si es necesario. Putin le venderá los
aviones y, si el precio es conveniente, hasta la momia de Lenin. Chávez
está dispuesto a contar con las mayores fuerzas armadas de América
Latina.
A los españoles también les ha comprado aviones y naves
de guerra. Quiere triplicar los efectivos de Brasil y poner a temblar
a los colombianos con un simple gesto. Si Venezuela, bajo su liderazgo,
va a ser una potencia mundial, necesita tener un ejército enorme
capaz de intimidar a sus adversarios y de admirar a los simpatizantes.
Lo más asombroso de este espectáculo es la indiferencia
o la indolencia con que una buena parte de los venezolanos se le enfrenta.
Según las encuestas más solventes, las de Alfredo Keller,
la mayoría de los venezolanos no quiere que el país sea
arrastrado en esa dirección, pero, simultáneamente, más
de la mitad de la sociedad tiene una opinión positiva de su pintoresco
presidente.
Y, dentro de esa extraña esquizofrenia, los casos más graves
son los llamados “nini”: ese tercio largo e irresponsable
de la población que dice no estar ni con el gobierno ni con la
oposición, como si en el país se jugara una simple disputa
electoral entre dos bandos equivalentes, y no una trágica disyuntiva
entre la inevitable catástrofe provocada por un iluminado que cree
ser la reencarnación de Bolívar y Marx y la asustada racionalidad
de una oposición que advierte inútilmente que la nación
va hacia el despeñadero. Tal vez lo de nini es porque no tienen
corazón ni cerebro.
(Firmas Press). *www.firmaspress.com

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