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Breve Análisis
Superar la crisis de México

La crisis de México es el momento ideal para examinar nuevas variantes del presidencialismo. Una opción, llamada “presidencialismo parlamentarizado”, conserva las elecciones presidenciales directas

Publicada 2 de septiembre de 2006, El Diario de Hoy

Alfred Stepan*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Mientras continúa la crisis sobre las discutidas elecciones presidenciales de México, se están formulando preguntas no sólo sobre la conducta del candidato aparentemente derrotado, Andrés Manuel López Obrador, sino también sobre el sistema presidencial de México. ¿Será parte del problema el “presidencialismo” tal como se practica en México?

Felipe Calderón, del gobernante partido de centro-derecha, el Partido de Acción Nacional (PAN), encabeza actualmente el recuento de votos, que se ha de confirmar en septiembre.
Las próximas elecciones presidenciales previstas no se celebrarán hasta 2012, como las elecciones al Senado, cuya conformidad es necesaria para la aprobación de la mayor parte de la legislación.

Así, Calderón y los aliados de su partido, con el 41 por ciento de los escaños del Senado, nunca podrá tener una mayoría durante su mandato de seis años y también estará en minoría en la Cámara Baja, en la que el PAN cuenta sólo con el 43 por ciento de los escaños, hasta al menos 2009.

Si las protestas callejeras y las impugnaciones legales que está organizando López Obrador salen adelante, éste estará en una posición aún más débil. El Partido Revolucionario Demo-crático (PRD) de centro izquierda de López Obrador, junto con partidos pequeños aliados, cuenta con el 31 por ciento del Senado y un poco menos de una tercera parte de la Cámara Baja.

Eso quiere decir que durante los tres primeros años de una presidencia llegada al poder en medio de grandes exigencias populares, López Obrador podría promulgar poca legislación sobre reformas. Además, ni siquiera podría vetar una legislación hostil, porque sería el primer presidente de la historia moderna de México que no contaría en al menos una de las cámaras legislativas con la tercera parte de los escaños necesaria para apoyar un veto presidencial.

De modo que, sea quien fuere el que gane las elecciones, tendrá una minoría parcial durante los seis años de la legislatura y grandes sectores del electorado impugnarán su legitimidad. De hecho, desde 1985, quince presidentes latinoamericanos --la mayoría sin mayorías legislativas--, no han concluido su mandato. Nadie desearía que México se sumara a ese total o presenciase el surgimiento de graves tendencias antidemocráticas

La transición de México a la democracia entre 1977 y 2000 contó con la ayuda de una serie de reformas constitucionales, que contribuyeron al surgimiento del Instituto Electoral Federal (IEF), que cuenta con amplio crédito. Hasta la fecha, ni el IEF ni ningún importante observador internacional ha alegado la existencia de un fraude electoral generalizado.

Además, cada uno de los siete jueces del Tribunal Electoral Federal fue aprobado individualmente por mayorías de dos tercios en el Senado, con los votos del PAN y del PRD.

Sin otras pruebas de irregularidades, no se puede revocar la decisión del Tribunal Electoral de volver a contar sólo el nueve por ciento de las urnas. Si surgen nuevas pruebas, la prudencia democrática aconseja un recuento completo. En los Estados Unidos, el Tribunal Supremo decidió no celebrar un recuento en Florida en 2000, con lo que contribuyó a las dudas generalizadas sobre la legitimidad del resultado.

Sea cual fuere el resultado de un recuento, el vencedor contaría con una legitimidad mayor, pero el nuevo presidente, sea quien fuere, seguiría careciendo de una mayoría legislativa.

La crisis de México es el momento ideal para examinar nuevas variantes del presidencialismo. Una opción, llamada “presidencialismo parlamentarizado”, conserva las elecciones presidenciales directas, que muchas sociedades siguen exigiendo. Si surge un candidato con al menos el 50,1 por ciento de los votos populares, es declarado presidente.

En esas circunstancias, el modelo funciona como el presidencialismo clásico (aun cuando no produzca mayorías legislativas).

Naturalmente, no hay garantías de que semejante sistema aportara una mayor estabilidad democrática a países como México, pero brindaría muchos más mecanismos para resolver crisis que en la actualidad. Hay que reflexionar mucho más y ahora es el momento de hacerlo.

Copyright: Project Syndicate. *Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Columbia. www.project-syndicate.org

 

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