| Álvaro
Vargas Llosa*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
WASHINGTON, DC.- De cuando en cuando, los medios escritos entran en
crisis existencial. La semana pasada, la revista The Economist dio este
alarido en su portada: “¿Quién mató al periódico?”
Mientras tanto, “The New York Times” se ocupaba de la venta
de Knight Ridder, la segunda cadena de periódicos de los Estados
Unidos, sugiriendo que esa crisis prefigura el destino de la prensa escrita.
Recuerdo haber estado sentado alrededor de una mesa en mi condición
de director de opinión de un diario de la cadena Knight Ridder,
a comienzos de los años 90, escuchando a Tony Ridder, presidente
del grupo, explicar que la tecnología iba dejando sin piso a los
medios impresos. Debíamos, pues, adaptarnos a la revolución
en marcha: la información digital, interactiva y personalizada.
Doce años más tarde, Tony es víctima de aquello que
tan elocuentemente predijo. Forzado por Private Capital Management, accionista
importante, tuvo que consentir la venta del imperio tras probar sin éxito
todas las opciones: reducción de costos, recompra de acciones,
traspaso de algunos periódicos. Knight Ridder, con sus 32 periódicos
y una circulación combinada de 3,7 millones de ejemplares, fue
vendida a McClatchy Co.
Con excepciones como China e India, el lento declive de la industria de
periódicos es una tendencia mundial. El gran error que han cometido
los diarios de los Estados Unidos, Europa y Amé-rica Latina, en
respuesta al nuevo contexto es haber encarado esta tendencia como un desafío
financiero y tecnológico en vez de un fenómeno cultural.
En los últimos años, la respuesta de los diarios --y Knight
Ridder es un buen ejemplo pero no el único-- ha consistido principalmente
en dos cosas: reestructuración de las finanzas y oferta de versiones
“online” del producto impreso. Todo lo demás --incluida
la creación de nuevos negocios en torno a las marcas periodísticas
prestigiosas o el ingreso a la TV por cable-- fue pensado para salvar
el sistema tradicional de ofrecer noticias. El resultado ha sido ... este
alarido: “¿Quién mató al periódico?”.
El cambio cultural que está teniendo lugar en el campo de la información
equivale a una descentralización del poder. Steve Greenhut, columnista
del “Orange County Register”, de California, lo expresa bien:
“Equivale a una reforma protestante en los medios, pues ahora cada
hombre puede convertirse en su propio Papa o, en este caso, en su propio
editor”.
La tecnología ha ayudado a acelerar el cambio, como aceleró
el tránsito de la sociedad agrícola a la industrial y de
la industrial a la de los servicios. Pero la tecnología es apenas
un medio. El meollo de la cuestión tiene que ver con la percepción
de los ciudadanos de que ahora el poder está en sus manos. Han
caído las barreras que limitaban el ingreso al mercado de la información:
los ciudadanos ya no dependen de los editores para publicar sus opiniones
o reportajes.
En gran medida, la industria de periódicos ha tratado a la nueva
tecnología como un fin en sí mismo, confiando en que la
combinación de una marca conocida y una página llamativa
en la Internet sería suficiente. Sin embargo, aunque esos sitios
“web” han atraído lectores “electrónicos’,
no han ayudado a mejorar las perspectivas de mediano plazo de las organizaciones
matrices.
Los ingresos publicitarios generados por los diarios en versión
electrónica representan en promedio no más del 10 por ciento
del total de los ingresos por publicidad de las empresas periodísticas.
Ello se debe a que los lectores “online” de esos diarios todavía
tienen un valor menor para los anunciantes. Los diarios deben multiplicar
sustancialmente su círculo de lectores en la Internet y, en especial,
lograr que los visitantes permanezcan conectados a la versión electrónica
mucho más tiempo. La forma de lograrlo es abrazar el cambio cultural.
La gente quiere más control de lo que lee, mira y escucha. Algunas
organizaciones lo han entendido. En Corea del Sur, por ejemplo, OhmyNews
ofrece un periódico “online” escrito por lo que ellos
denominan “el ciudadano reportero”, lo que significa que cualquiera
puede enviar relatos noticiosos que luego son examinados por un plantel
de 50 editores. No todos los textos son publicados, pero el periódico
cuenta ya con más de 40 mil reporteros. Es apenas un ejemplo.
Vin Crosbie, asesor de medios electrónicos, afirma que el único
camino que les queda a los periódicos es la “personalización
en masa de sus ediciones diarias”. Se refiere no sólo a la
personalización del suministro de noticias a través de la
Internet y de dispositivos portátiles sino también al empleo
de imprentas digitales para imprimir miles de ediciones a gusto del cliente.
Los ciudadanos han descubierto que pueden hacer por sí solos la
selección informativa que el periódico tradicional hizo
por ellos desde el Siglo XVII. Los lectores se han percatado de que pueden
participar en el proceso de selección mediante la creación
de su propia edición informativa. Por ahora, eso implica saltar
de un medio electrónico a otro según los diversos temas
que el lector busca.
En los viejos tiempos, esto se llamaba libertad de elección. Hoy
lo llamamos homicidio. No, al periódico nadie lo mató. Ocurre
que la información, que acostumbraba a fluir de arriba hacia abajo,
comienza a fluir de abajo hacia arriba.
*Director del Centro para la Prosperidad Global en el Independent Institute.
AVLlosa@independent.org.

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