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Breve Análisis
No, al periódico nadie lo mató

Han caído las barreras que limitaban el ingreso al mercado de la información: los ciudadanos ya no dependen de los editores para publicar sus opiniones o reportajes.

Publicada 1 de septiembre de 2006, El Diario de Hoy

Álvaro Vargas Llosa*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

WASHINGTON, DC.- De cuando en cuando, los medios escritos entran en crisis existencial. La semana pasada, la revista The Economist dio este alarido en su portada: “¿Quién mató al periódico?” Mientras tanto, “The New York Times” se ocupaba de la venta de Knight Ridder, la segunda cadena de periódicos de los Estados Unidos, sugiriendo que esa crisis prefigura el destino de la prensa escrita.

Recuerdo haber estado sentado alrededor de una mesa en mi condición de director de opinión de un diario de la cadena Knight Ridder, a comienzos de los años 90, escuchando a Tony Ridder, presidente del grupo, explicar que la tecnología iba dejando sin piso a los medios impresos. Debíamos, pues, adaptarnos a la revolución en marcha: la información digital, interactiva y personalizada.

Doce años más tarde, Tony es víctima de aquello que tan elocuentemente predijo. Forzado por Private Capital Management, accionista importante, tuvo que consentir la venta del imperio tras probar sin éxito todas las opciones: reducción de costos, recompra de acciones, traspaso de algunos periódicos. Knight Ridder, con sus 32 periódicos y una circulación combinada de 3,7 millones de ejemplares, fue vendida a McClatchy Co.

Con excepciones como China e India, el lento declive de la industria de periódicos es una tendencia mundial. El gran error que han cometido los diarios de los Estados Unidos, Europa y Amé-rica Latina, en respuesta al nuevo contexto es haber encarado esta tendencia como un desafío financiero y tecnológico en vez de un fenómeno cultural.

En los últimos años, la respuesta de los diarios --y Knight Ridder es un buen ejemplo pero no el único-- ha consistido principalmente en dos cosas: reestructuración de las finanzas y oferta de versiones “online” del producto impreso. Todo lo demás --incluida la creación de nuevos negocios en torno a las marcas periodísticas prestigiosas o el ingreso a la TV por cable-- fue pensado para salvar el sistema tradicional de ofrecer noticias. El resultado ha sido ... este alarido: “¿Quién mató al periódico?”.

El cambio cultural que está teniendo lugar en el campo de la información equivale a una descentralización del poder. Steve Greenhut, columnista del “Orange County Register”, de California, lo expresa bien: “Equivale a una reforma protestante en los medios, pues ahora cada hombre puede convertirse en su propio Papa o, en este caso, en su propio editor”.

La tecnología ha ayudado a acelerar el cambio, como aceleró el tránsito de la sociedad agrícola a la industrial y de la industrial a la de los servicios. Pero la tecnología es apenas un medio. El meollo de la cuestión tiene que ver con la percepción de los ciudadanos de que ahora el poder está en sus manos. Han caído las barreras que limitaban el ingreso al mercado de la información: los ciudadanos ya no dependen de los editores para publicar sus opiniones o reportajes.

En gran medida, la industria de periódicos ha tratado a la nueva tecnología como un fin en sí mismo, confiando en que la combinación de una marca conocida y una página llamativa en la Internet sería suficiente. Sin embargo, aunque esos sitios “web” han atraído lectores “electrónicos’, no han ayudado a mejorar las perspectivas de mediano plazo de las organizaciones matrices.

Los ingresos publicitarios generados por los diarios en versión electrónica representan en promedio no más del 10 por ciento del total de los ingresos por publicidad de las empresas periodísticas. Ello se debe a que los lectores “online” de esos diarios todavía tienen un valor menor para los anunciantes. Los diarios deben multiplicar sustancialmente su círculo de lectores en la Internet y, en especial, lograr que los visitantes permanezcan conectados a la versión electrónica mucho más tiempo. La forma de lograrlo es abrazar el cambio cultural.

La gente quiere más control de lo que lee, mira y escucha. Algunas organizaciones lo han entendido. En Corea del Sur, por ejemplo, OhmyNews ofrece un periódico “online” escrito por lo que ellos denominan “el ciudadano reportero”, lo que significa que cualquiera puede enviar relatos noticiosos que luego son examinados por un plantel de 50 editores. No todos los textos son publicados, pero el periódico cuenta ya con más de 40 mil reporteros. Es apenas un ejemplo.

Vin Crosbie, asesor de medios electrónicos, afirma que el único camino que les queda a los periódicos es la “personalización en masa de sus ediciones diarias”. Se refiere no sólo a la personalización del suministro de noticias a través de la Internet y de dispositivos portátiles sino también al empleo de imprentas digitales para imprimir miles de ediciones a gusto del cliente.

Los ciudadanos han descubierto que pueden hacer por sí solos la selección informativa que el periódico tradicional hizo por ellos desde el Siglo XVII. Los lectores se han percatado de que pueden participar en el proceso de selección mediante la creación de su propia edición informativa. Por ahora, eso implica saltar de un medio electrónico a otro según los diversos temas que el lector busca.

En los viejos tiempos, esto se llamaba libertad de elección. Hoy lo llamamos homicidio. No, al periódico nadie lo mató. Ocurre que la información, que acostumbraba a fluir de arriba hacia abajo, comienza a fluir de abajo hacia arriba.

*Director del Centro para la Prosperidad Global en el Independent Institute. AVLlosa@independent.org.

 

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