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La
Nota del Día
El primer alpinista, el primero en ver paisajes
Cada generación tiene que recorrer
los mismos caminos y, como Petrarca, ascender las mismas cumbres, aprender
a mirar, a descubrir paisajes, a apreciar la belleza. Superar lo puramente
utilitario y dejar de ver los árboles sólo como madera,
frutas y hojas.
Publicada 30 de agosto de 2006, El Diario de Hoy
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| El
Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
“Mi único motivo para escalar la montaña fue para
ver lo que tan grande altura podía ofrecerme”, escribió
en 1336 el poeta italiano Francesco Petrarca. El deseo del poeta, “visitar
un lugar nuevo únicamente para obtener una nueva perspectiva del
mundo” era insólito en su época. “Nadie escalaba
montañas por el puro placer de hacerlo”, anotó el
crítico Jacobo Burckhardt en 1860, en su monumental y deleitosa
obra “La Cultura del Renacimiento en Italia”, uno de los grandes
libros que todo hombre civilizado debe leer.
El pequeño pero trascendental paseo de Petrarca marca el inicio
de un cambio en los artistas e intelectuales italianos, y puede decirse
que europeos, respecto a la naturaleza, los paisajes y el descanso. Petrarca
tiene el honor de ser el primer alpinista de la historia, el que sube
sólo por el desafío que eso representa y por el premio de
ver desde arriba el gran paisaje.
Hasta ese entonces, sucede con las personas poco educadas, la naturaleza,
los árboles, las montañas, los ríos “estaban
allí” pero sin ser otra cosa; el árbol tenía
y tiene importancia en función de la fruta o la sombra que brinda
sin considerar el resto; las montañas no dejan de ser alturas molestas,
en ocasiones infranqueables y además peligrosas.
Es un paso importante cuando miramos la naturaleza por el placer de verla,
lo que a menudo sucede cuando se toma conciencia sobre la belleza de las
flores y los arbustos, como al apreciar la lindura de una muchacha. La
siguiente escalada es precisamente la que realizó Petrarca: valorar
el paisaje como algo más que la suma de bosques, tierra y montañas.
Es significativo que los castillos del Medioevo (y en apariencia con pocas
excepciones fue el caso de los palacios en la antigüedad) no tenían
ningún jardín adosado a ellos. Los primeros son el del Bóboli,
en Florencia, en la parte de atrás del Palacio Pitti, y los de
la Alhambra, en Granada. Fueron famosos los Jardines Colgantes de Babilonia,
de los que no quedan trazas, y se han encontrado restos de jardines, explanadas,
fuentes y piscinas en los conjuntos monumentales egipcios. La sensibilidad
a la belleza y muy por encima de ello, hacia el arte, es una condición
superior del intelecto.
Enseñemos a nuestros hijos a mirar
Con el Renacimiento nace la representación del paisaje no sólo
en pinturas, sino también en bajorrelieves; los jardines y lejanías
tienden a ser muy formales hasta llegar al paisaje idealizado como el
fondo de la Gioconda de Leonardo. Y a partir de allí, sobre todo
los pintores holandeses, se logran las más excelsas representaciones
del paisaje terrestre y marino, como a su vez también lo logran
los pintores chinos y japoneses.
Cada generación tiene que recorrer los mismos caminos y, como Petrarca,
ascender las mismas cumbres, aprender a mirar, a descubrir paisajes, a
apreciar la belleza. Superar lo puramente utilitario y dejar de ver los
árboles sólo como madera, frutas y hojas, es la tarea de
los padres y los maestros respecto a sus hijos, a sus hermanos y a sus
compañeros y compañeras. Es un proceso difícil abierto
por lo general a los espíritus más sensitivos, pero que
premia a quienes se dan el trabajo de conseguirlo. Es la tarea por realizar
de nuestras escuelas y academias. Dios mediante, pronto.

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