| Carlos Mayora Re*
El Diario de Hoy
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El tema de Galileo es un tópico demasiado manoseado. Casi todas las personas están convencidas de que murió quemado en una hoguera durante la Edad Media, condenado por la Iglesia, temerosa de perder su poder temporal. No es así. No fue así, y aunque ese no es el tema de hoy, vaya por delante la aclaración.
Uno de los “falsos históricos” --término que aprendí de un amigo historiador--, que se manejan alrededor de Galileo es que fue el inventor del telescopio. Tam-poco es verdad. Sin embargo, fue él quien popularizó su uso en la Italia de principios del Siglo XVII.
El trabajo con lentes comienza en Europa desde el Siglo XIII. Pero no es sino hasta la década de 1590 en que aparece el primer telescopio. La primera noticia histórica del invento proviene de la feria de Frankfurt, en 1608. Entonces se inició la utilización del telescopio para fines militares y de navegación.
El genio de Galileo lo aplicó a la astronomía. De hecho, construyó su propio telescopio, pues su talante autónomo no le permitía que otros le ahorraran un trabajo que sería de gran fruto para él y sus contemporáneos.
Empezó el sabio sorprendiendo a los habitantes de Venecia desde uno de los altos campanarios de la catedral de San Marcos, acercándoles barcos e islas, dejándoles estupefactos. Sin embargo, todo esto no habría pasado de anécdota si Galileo no hubiera dirigido el telescopio a la bóveda celeste.
Sus descubrimientos fueron revolucionarios. Mostró que la luna no era ni de éter ni de queso. Descubrió la rotación de los planetas sobre su propio eje, y la presencia de satélites alrededor de ellos. Así como la existencia de innumerables estrellas fijas en el firmamento.
Precisamente, uno de sus descubrimientos más exitosos fue haber encontrado las lunas de Saturno.
Sus teorías no contradecían la Biblia. Contradecían a Aristóteles, que era considerado la máxima autoridad en lo que a física se refiere. Luego, algunos físicos aristotélicos le hicieron la guerra en el campo científico, y otros en el exegético, pero llevaban las de perder pues frecuentemente la lucha era entre el “magíster dixit” y lo que Galileo mostraba para ser visto con los propios ojos.
Precisamente, aquí, estaba el problema. A pesar de mirar todos por el mismo telescopio no todos veían lo mismo. Aunque todos miraban el mismo planeta no todos veían sus satélites. Durante casi veinticinco años la disputa sobre las lunas de Saturno, que giran en órbitas desiguales y a diferente velocidad, estuvo viva.
La polémica no era, en realidad, acerca de la composición de la luna o la existencia de satélites. El centro de la cuestión era la no correspondencia entre la teoría (aristotélica) y la experiencia (personal de cada científico).
A favor de los adversarios de Galileo está la consideración de que los telescopios que utilizaban no eran instrumentos confiables. La dificultad principal era que durante muchos años no era posible regular la distancia entre el ocular y el objetivo, por lo que el aparato no se acomodaba a las peculiaridades de la vista de cada uno. Y ese “sencillo” detalle técnico provocaba que cada uno viera lo que “podía”, con su más o menos buena visión.
El mismo Galileo no se dio cuenta de esa anomalía sino hasta 1634. Después de veinticuatro años de uso del aparato. Si Galileo hubiera sido miope, la historia se habría escrito muy diversamente.
¿Cuántas veces nos pasa lo mismo? Es obvio que no todos tenemos ni la misma capacidad de entender, ni la misma educación, ni los mismos intereses, ni los mismos amores... Y a veces pretendemos que en política, economía, fútbol, religión o cualquier tema opinable, todos vean lo que nosotros vemos.
Pero, el hecho de que no se vean “las lunas de Saturno”, no quiere decir que no existan. Por eso, ante cualquier asunto difícil, polémico, discutible, siempre es mejor preguntarse si la discrepancia está en “Saturno”, en el “telescopio”, en la propia vista, o en la capacidad de interpretar lo que se ve. Sólo con esa humildad es posible dialogar. De lo contrario, las cosas corren el riesgo de terminar mal, y no sólo las cosas, sino también las personas. Nosotros mismos.
*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario de Hoy.
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