| Rolando Monterrosa*
El Diario de Hoy
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Hace 45 años, cuando se construyó el Muro que dividió en dos a Berlín --la parte libre y la parte cautiva-- y que por extensión separó a Europa del Este del resto del mundo Occidental, comenzaba la Década de los Sesenta. A lo largo de ella y con mayor alcance en el tiempo, cobraría creciente fuerza una frase, que más que una consigna de comunistas, era casi una declaración de fe: “Occidente se encamina, de manera inexorable, hacia la sociedad socialista”.
Milla-res la repetían como dogma desde los campus de Berkeley, hasta La Sorbona, pasando por la UES. Intelectuales de la época, Erich Fromm, Jean Paul Sartre, Herbert Marcuse y muchos otros, reiteraban la profecía en discursos, libros y ensayos. Entre los nuestros, Toño Salazar, quien durante los sesenta vivió en París, también lo afirmaba aunque con menos vehemencia que la exaltada oratoria que se escuchaba por entonces en el campus universitario.
Mirar hacia los Años Sesenta es interesante porque es época en la que se gestan muchos de los acontecimientos que vivimos en las tres siguientes décadas del siglo pasado y algunos de los que actualmente se producen a nuestro alrededor.
Es la época de las protestas multitudinarias de “hippies” contra la guerra de Vietnam y del levantamiento estudiantil en La Sorbona, que en 1968, por poco incendia a Francia. Los agitadores, pese a su espíritu revolucionario, no resistían la seductora influencia de la música que la izquierda consideraba “decadente y pequeño burguesa”, la de Los Beattles. Vestían “jeans” y se embrutecían alegremente con la praxis revolucionaria, el amor libre, el alcohol, la marihuana y el ácido lisérgico.
En Latinoamérica se extendía la insurgencia y en El Salvador los universitarios bebían con avidez el comunismo instantáneo, de fácil digestión, que manaba de los libritos de la editorial mexicana Siglo XXI, que eventualmente lanzaría al mercado los de la Marta Harnecker, exégeta del marxismo-leninismo. Eran entonces niños de pecho que amamantados por las nodrizas cubanas y soviéticas del terror, se preparaban para desplegar sus talentos en los años 70 y 80.
En agosto de 1969 me encontraba en Alemania trabajando durante las vacaciones de verano, en una mina de carbón, en Essen, al norte de la República Federal. Un fin de semana, de visita en Berlín, paseando por el Sector Oeste, me llené las pupilas de calles atestadas de gente que andaba de compras y departía con amigos en los cafés al aire libre; obreros que construían febrilmente edificios, mientras miles de autos Mercedes y BMW, circulaban entre el agitado tráfico de las anchas avenidas; por la noche, el neón deslumbraba desde enormes rótulos y marquesinas de cines y teatros.
El domingo me planté frente al Muro, una sombría y sobrecogedora masa gris de concreto y hierro, coronada con alambre espigado y torretas desde las que vigilaban guardias armados. Si algo simbolizaba poder, fuerza y permanencia, era aquella portentosa muralla.
Como era prohibido para los salvadoreños viajar por los países de la Unión Soviética y así se leía claramente en los pasaportes, gestioné mi ingreso al sector oriental con mi carné de minero. Recuerdo bien la inquisitiva mirada del policía rojo que comparaba mi cara, una y otra vez, con la foto del documento. En la ventanilla donde cambié dinero me advirtieron que debería pedir factura por cada una de mis compras y que al momento de salir, tenía que presentarlas con el resto del dinero cambiado; advertencia inútil, pues no encontré nada que comprar, excepto puros habanos y yo no fumaba.
El paso del luminoso Berlín Occidental al Berlín del Este fue un cambio radical. Allí todo era gris, con escasa iluminación. Había muchos edificios derruidos con las inequívocas marcas de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. La gente transitaba ceñuda y esquiva. Pensé entonces que lo mejor habría sido levantar la infortunada prohibición y dejar que los salvadoreños conocieran de cerca la miseria en que se hallaban sumidos esos países.
Faltaban muchos años, muchos sufrimientos, muertes y destrucción en Europa Oriental, en el sudeste asiático, en Latino-américa, en El Salvador, para que aquel Muro infame se derrumbara y con él la bandera que numerosos sujetos, por perversidad, ambición de poder o simple estupidez, todavía ondean.
*Periodista.
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