| José María Sifontes*
El Diario de Hoy
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En la ciudad de México un joven y talentoso compositor tocó a la puerta de una compañía disquera, habló con varios empresarios y les ofreció su material. Dos semanas después lo llamaron. El material aparentemente era de buena calidad, especialmente dos canciones que, le dijeron, tenían el potencial de convertirse en éxitos. El compositor se sintió feliz. Todos aquellos años estudiando música (aun en contra del deseo de sus padres), y todas las noches de desvelos componiendo iban al fin a rendir sus frutos. El esfuerzo, pensó, había valido la pena.
Pero lo habían llamado para otra cosa. No era para contratarlo sino para devolverle sus canciones. No entendió, ¿había escuchado mal? ¿No le habían dicho que sus canciones eran buenas y que tenían buenas perspectivas?
-”Tu música no sólo es buena sino muy buena y en otras circunstancias al menos un par habrían sido éxitos seguros. El problema no es la música, es el negocio de la música que se va volviendo cada vez menos rentable”, le dijeron. Le explicaron que en la actualidad ya no vale la pena sacar nuevas producciones, porque inmediatamente la música es copiada y vendida en discos piratas. La inversión no se recupera y aunque una canción suene en todos lados los productores pierden.
-”Ya no apoyamos nuevos artistas”, fueron las palabras finales de los empresarios. El compositor salió con la decepción dibujada en su rostro. Tal vez sus padres habían tenido razón.
Lo anterior no es un caso aislado sino un fenómeno que se va dando cada vez con mayor frecuencia y es uno de los mayores peligros con los que se enfrenta la producción artística hoy en día.
La piratería es un mal que amenaza con destruir toda producción artística e intelectual, no sólo de nuevos talentos sino también de artistas consumados. Imagínese que usted escribe una novela, hace grandes esfuerzos para que se la publiquen, incluso invirtiendo de su propio capital. La novela gusta y vende cierta cantidad de ejemplares. Se entusiasma e invierte lo que ganó en una nueva edición, sólo para darse cuenta de que en la calle están circulando copias piratas de su novela a una cuarta parte del precio.
Al final son dos cosas con las que usted se queda: Una gran cantidad de ejemplares que no sabe dónde los va a poner y la segunda en una gran amargura que tardará años en curarse. Si usted, soñador incauto, pensaba abandonar su trabajo y dedicarse a la literatura, olvídelo, no le alcanzará ni para pagar la cuenta del teléfono. Si un amigo le felicita por su novela y le pregunta cuándo va a publicar otra, lo más probable es que se eche a reír.
Este es el daño que la piratería le hace al autor, sea este músico, poeta o escritor de cualquier género. El artista, como cualquier otra persona que tenga boca y estómago, necesita comer, y los réditos de sus obras son con los que compra la comida. Eso es lo que no entienden los que compran obras piratas, no saben que al hacerlo están desanimando la producción de obras, están matando al artista. Asimismo, detrás de una obra, digamos un disco, está toda una cadena de personas que viven de lo que se obtiene con su venta, desde el cantante hasta la señora que barre el piso del estudio de grabación.
Los humanos nos hemos acostumbrado a darle valor sólo a lo tangible, a lo que podemos tocar, ver o comer. Al artista le cuesta hacer sus obras, invierte esfuerzo e invierte tiempo (tiempo que bien pudo haber ocupado en vender tomates en la esquina), pero al ser su producción algo en cierta manera intangible no se valoriza.
Como justificación a la piratería se dan dos argumentos (los mismos que escuchamos aquí se escuchan en México y Argentina). El primero es que los artistas tienen dinero mientras que el comprador no. El segundo es que el vendedor de material pirata tiene derecho a ganarse la vida. Aparte de que los nuevos artistas generalmente comienzan con los bolsillos vacíos, hay que recordar que el artista es sólo el último eslabón de una cadena productiva. Si éste no gana no gana nadie. El segundo argumento es un tanto sentimental pero no válido. El copiar el producto del esfuerzo de alguien y no reconocerlo es robar. Entre comprar un disco pirata y sustraer la cartera de un parroquiano existe diferencia en la forma pero no en el fondo.
*Médico psiquiatra y columnista de El Diario de Hoy.
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