| Mónica de Molina*
El Diario de Hoy
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El documental “La Marcha de los Pingüinos”, filmado por National Geographic en el Polo Sur, enseña con maestría cómo el pingüino emperador hace una serie de sacrificios para encontrar una pareja, reproducirse y cuidar a su cría. Los futuros padres recorren inicialmente una distancia de setenta millas sobre el hielo para llegar al lugar específico de apareamiento.
La primera caminata es solamente parte de una serie de procedimientos que cada uno sigue con precisión. El trabajo que realizan ambos es siempre complementario, tanto así que antes de entregarse el huevo entre ellos, practican los pasos a seguir, ya que la hembra tiene que dárselo al macho, quien lo custodiará, y si la forma en la que se lo pasa adolece de tacto, la cría fallece de inmediato.
Después de la entrega, la madre marcha hacia el mar para obtener alimento, mientras el padre, confiando en su regreso, espera con paciencia sosteniendo el huevo sobre sus propios pies y bajo un pliegue de su pecho, durante varios meses. Todo esto en temperaturas cada vez más frías, que llegan hasta sesenta grados bajo cero, con vientos de ciento sesenta kilómetros por hora, y en días cada vez más cortos.
Tal es el clima que los papás forman grupos en los que se turnan posiciones, de tal manera que cada uno vaya quedando al centro de un círculo, para protegerse con la ayuda de los demás, y las mamás caminan a su regreso durante varias jornadas sin ver el sol. Ambos, madre y padre, pierden un tercio y la mitad de su peso corporal, respectivamente.
En fin, realizan lo que desde cualquier punto de vista podría considerarse una serie de actos heroicos. Están dispuestos a sacrificarse hasta el grado de arriesgarse a morir de hambre.
En el fondo, lo que nos enseña la naturaleza con esta batalla monumental, es que la vida de otro, que no puede valerse por sí mismo, merece el sacrificio de muchos, siempre. Que vale la pena dejar la piel y más, con tal sentido de generosidad que se llega a ignorar la diferencia entre el día y la noche, y se aprende a vivir con el cansancio o el hambre.
Lo que no pueden enseñarnos los emperadores, es tal vez lo más importante, ya que a nosotros, además de naturaleza instintiva, se nos ha otorgado libertad. Los hombres podemos escoger ser o no generosos, confiar o desconfiar. Decidi-mos dejarnos o resistir. En fin tenemos el “derecho” de actuar por miedo, de ser calculadores hasta el extremo, a tal grado que se nos ha dicho que vivimos la “cultura de la muerte”.
Cualquier papá prefiere la sonrisa o el llanto, y hasta un grito caprichoso de un hijo a la comodidad de un sillón frente a un televisor. No hay mamá que no sepa que darse implica crecer, que enseñar con paciencia lleva más bien a aprender. Y es que tenemos la capacidad intelectual y emocional para sacar adelante a una familia con todas las dificultades que conlleva. Lo nuestro no es caminar millas sobre el hielo, es más bien escoger, es amarrarnos libremente por amor, es saber darnos, es confiar.
No se graban muchos documentales de la vida ordinaria de las familias “comunes y corrientes”. Pero sí que hay muchas que en el día a día escogen servir. Su alegría y su sencillez son tales que podrían transformarnos nuevamente en una “cultura de la vida”.
*Médico psiquiatra y columnista de El Diario de Hoy.

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