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¿Salud y educación o educación y salud?

La madre, pues, es pieza clave para que las escuelas tengan alumnos sanos y, por consiguiente, con capacidad de aprendizaje. Al estar nutridos, los niños serán menos propensos a contraer otras enfermedades

Publicada 26 de agosto de 2006, El Diario de Hoy

María A. de López Andreu*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Mi buen amigo Rodrigo Simán señalaba, en entrevista con este periódico, la prioridad que debe darse (en presupuesto y programas) a la salud, sobreponiéndola, incluso, a la educación, ya que una persona carente de salud, también carece de capacidad física y mental para realizar los esfuerzos que la educación implica.

Ciertísimo, sin embargo considero que casi todas las enfermedades que padecemos, se las debemos a la falta de educación, principalmente de las madres de familia.

Porque una madre apenas alfabetizada, muy difícilmente podrá administrar bien sus escasos recursos que, precisamente por escasos, debería cuidarlos más. De allí que elaborar un presupuesto familiar tendría que ser imperativo en la educación de adultos, junto a la preparación de comidas nutritivas, con alimentos sencillos que se tienen a mano (la mora, por ejemplo).

La madre, pues, es pieza clave para que las escuelas tengan alumnos sanos y, por consiguiente, con capacidad de aprendizaje. Al estar nutridos, los niños serán menos propensos a contraer otras enfermedades, disminuirá el abandono y repitancia escolar, tendremos una población mejor preparada y, como resultado, con mejores oportunidades económicas. Lograre-mos esto si, además de combatir la desnutrición, contrarrestamos las demás epidemias, que también tienen su origen en nuestra falta de educación.

Le invito a que, mientras usted transita por nuestras ciudades y carreteras, ponga atención a las personas con quienes se cruza: El 90% de ellos, va comiendo cualquier porquería mosqueada, sucia y ahumada (por buses centenarios que nuestros diputados veneran), comprada en alguna cuneta maloliente y atiborrada de basura. Y ese “manjar” lo comparten alegremente con sus hijos para luego tirar el envoltorio --primero-- y las sobras --después-- en cualquier lado (usted apártese, por favor). Si le sigue la pista, verá que esa misma persona, con sus niños, en cuanto se “topa” con otra venta (de lo que sea), volverá a comprar y a comer y a tirar y a ensuciar y a comer y a tirar y… Así, hasta que usted se empache con tan sólo verles.

Por supuesto que esa imperativa y nunca interrumpida necesidad de comer, trae como consecuencia otras necesidades fisiológicas que, también, sin inhibiciones de ningún tipo, se realizan en plena calle. Y ¿cuál es la lógica consecuencia? Epidemias de cólera, dengue, inundaciones, colapso de bóvedas y muros de retención y cuantas plagas --ancestrales y modernas-- ha padecido la humanidad. Y ¿luego? El círculo vicioso reinicia: desnutrición, más pobreza, más recursos destinados al combate de esas epidemias, etc. Y ¿el origen? Lo dicho: falta de educación; peor aún, falta de amor a nuestro país, falta de identidad cultural.

Nuestra Constitución Po-lítica, en la sección tercera, Art.55, impone al Estado los fines educativos: “La educación tiene los siguientes fines: lograr el desarrollo integral de la personalidad en su dimensión espiritual, moral y social; contribuir a la construcción de una sociedad democrática más próspera, justa y humana; inculcar el respeto a los derechos humanos y la observancia de los correspondientes deberes; combatir todo espíritu de intolerancia y de odio; conocer la realidad nacional e identificarse con los valores de la nacionalidad salvadoreña, y propiciar la unidad del pueblo centroamericano. (¡Justamente, todo lo que nos hace falta!) Los padres tendrán derecho preferente a escoger la educación de sus hijos”.

Si el Estado, si los maestros, alumnos y padres de familia, si todos cumpliéramos los postulados anteriores, ¡qué diferente sería nuestro país!

Para lograrlo, es imperativo rescatar el concepto de responsabilidad individual: deberes, antes que derechos; esfuerzo propio, antes que exigencias; ser, antes que hacer y tener. En resumen: no más paños tibios, ni promociones automáticas, ni “paesitas” facilonas. La vida exige y cada uno debemos responder.

Ya Víctor E. Frankl lo dijo: “El hombre, en última instancia, es su propio determinante. Lo que llegue a ser --dentro de sus facultades y de su entorno-- lo tiene que hacer por sí mismo”.
Mientras no asumamos nuestra responsabilidad, seguiremos carentes de salud y educación, sumidos en el subdesarrollo.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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