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Veracruz la tercera piedra en el zapato de la migración

Este estado sureño es la tercera barrera que todo emigrante centroamericano debe superar en su trayecto hacia los EE.UU. Las estadísticas le prometen que será un último esfuerzo, que al cruzar la frontera entre Veracruz y Tamaulipas todo será más fácil. Que “la migra” prácticamente desaparecerá. Pero antes queda transitar un territorio de 475 kilómetros con al menos tres paradas obligadas.


Publicada 23 de agosto de 2006 , El Diario de Hoy

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Los beta y sus contradicciones

 
Cuarta entrega
Textos y fotos / Leyre Ventas
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

“Si han llegado hasta acá han hecho lo más difícil”, dice Eduardo Gutiérrez Pérez, diácono de Acayucan y administrador del albergue para emigrantes de dicho municipio en el sur de Veracruz.

Un cincuentón más que acostumbrado a las historias para no dormir de indocumentados.

Más correcta sería, sin embargo, esta otra afirmación: “si logran pasar Veracruz sin ser detenidos, ya han hecho lo más difícil”. Y es que este estado sureño es el tercer colador para los centroamericanos que se dirigen hacia EE.UU.; paso obligado para aquellos que optan por el tren de carga como medio de transporte hacia una supuesta vida mejor.

Veracruz ocupa el tercer puesto en la lista de estados mexicanos con más aseguramientos. En el primer semestre del 2006 fueron diez mil 388 los indocumentados detenidos en dicho territorio, el equivalente al 8.6% de los registrados en todo el país (120,336).

Todos ellos habían salido airosos de Chiapas, donde 58,840 de sus compañeros de viaje cayeron en manos de “la migra” (el 48.9% de los asegurados en todo México), o de Tabasco, última entidad federativa que vieron 15,262 centroamericanos (12.7%) antes de ser devueltos a sus respectivos países.

Además, las cifras dicen que más al norte todo es más fácil; el número de arrestados en los estados norteños disminuye drásticamente hasta el 1% . Así, parece que quienes consiguen cruzar Veracruz no solo están geográficamente más cerca de su destino. Pero Veracruz es un estado que se extiende 475 kilómetros a lo largo de la costa atlántica mexicana, y guarda a los migrantes cuatro escalas obligadas.

EJE DE TRANSMIGRACIÓN

Cansancio y hambre. En los pueblos de Veracruz el dinero ya es escaso, por los que los emigrantes buscan la asistencia del Grupo Beta, que depende del Instuto Nacional de Migración, de México.

Es martes primero de agosto y al Grupo Beta Acayucan se le acabó el atún. En las vías de tren en el pueblo de Coatzalcoalcos unos doscientos indocumentados hacen fila para que el equipo de asistencia a migrantes del Instituto Nacional de Migración (INM) los registre, les entregue la correspondiente lata de pescado en conserva y una botella con agua, y les indique lo peligroso que es ir colgados de las escalerillas de los vagones del tren.

Los centroamericanos llevaban entre una semana y 22 días viajando de dicha forma, de la que le toca al que menos recursos tiene, y les sobran las advertencias.

Salvo una madre que con su hijo de 19 años se dirige a Nueva York y un anciano de Zacatecoluca, La Paz, el resto son hondureños. Todos proceden de Tabasco, ninguno de Chiapas.

Ya fueron asaltados. “A mi me robaron la mochila y la ropa”, dice un hondureño adolescente al que por descamisado se le pueden apreciar picaduras de mosquito en el torso. También se enfrentaron a la policía que los quiso apear del tren en Tabasco; “a un muchacho le dieron con el garrote acá”, señala la nuca. Y llevan días sin comer.

Para todos ellos Coatzalcoalcos será la primera estación en Veracruz. Ahí pernoctarán, a no más de cinco metros de la vía, a la espera del próximo tren con dirección a Medias Aguas. Allí volverán a hacer escala, para volverla a hacer en Tierra Blanca, camino a Córdoba, siempre hacia el Norte.

Y en esta última ciudad tendrán que elegir si seguir la ruta atlántica para acceder a los EE.UU. por Matamoros (Tamaulipas), o desviarse al Distrito Federal, de donde se dirigirán a la frontera de algún otro estado norteño (Piedras Negras en Coahuila, Ciudad Juárez en Chihuahua, Tijuana en Baja California; o Nogales, Agua Prieta o El Sásabe en Sonora).

La línea que se dibuja en el mapa al unir estos cuatro municipios (Coatzalcoalcos, Medias Aguas, Tierra Blanca y Córdoba) es el eje de la transmigración veracruzana.

“Todos los días tengo asegurados de esa zona, cientos al mes”, dice el cónsul de El Salvador en Veracruz, Óscar Sariles. No en vano existen cinco delegaciones del Instituto Nacional de Migración (INM) en el área, y ya construyen la que será la segunda estación migratoria más grande del país. Tampoco es casualidad que El Diario de Acayucan, medio local, abra con frecuencia sus ediciones con la imagen de un migrante centroamericano mutilado, al que llaman “pollo”.

Los negocios menudos

Como se acabó el atún de los Beta pero no el hambre de los migrantes, Julio vende arroz con pollo a 15 pesos el plato (un dólar 30 centavos aproximadamente). Se vale de una carretilla para ofrecer la comida entre las vías del tren de Coatzalcoalcos. Al día saca unos cien pesos, asegura, e invierte 40, pero en los diez minutos de plática vendió ya siete platos, y aún quedan muchas horas de venta vespertina.

En Medias Aguas la escena se repite. Esta vez no es arroz con pollo, sino con huevos duros. El precio es el mismo; también los clientes.

Son los negocios que la migración genera. Como también lo son las siete casetas telefónicas del centro de Acayucan, núcleo urbano compuesto por cuatro calles entrecruzadas, en las que las llamadas a Centroamérica y a EE.UU. se cobran a 10 pesos el minuto; la tarifa de Telmex, la compañía de telefonía mexicana, para dichos países es de dos pesos el minuto.

Cecilia Romero desplazó su venta a la orilla de las vías de Tierra Blanca el pasado año. “Ellos me ayudan, yo les ayudo”, explica refiriéndose a sus clientes más frecuentes: los indocumentados.

Les presta el baño y les vende comida y agua, “si tienen con qué pagarme”, si no se arregla con algún trabajo. “Eso sí, yo no acepto ni maras, ni borrachos, ni drogadictos”, advierte. Y lo cuenta rodeada de cinco adolescentes hondureños que observan una película en el televisor que ella mantiene permanentemente encendido afuera de la choza.

Cecilia confiesa que acostumbra a avisar de la llegada de “la migra”, pero que nunca ha tenido problemas con ella: “de todos modos, yo no los ando coyoteando (a los indocumentados)”. Aunque alguna vez le ha tocado hacerla de defensora de los sin papeles, iniciativa que le ha valido la propuesta de la Comisión de Derechos Humanos local para que colabore con ellos en materia de migrantes.

Recuerda, por ejemplo, la vez en la que se vio obligada a intervenir porque un policía municipal golpeaba a un hondureño tras perseguirlo largo rato. “Yo sí te conozco y te voy a denunciar”, le gritó. “Es que lo que me da tristeza, sobre todo, es que los traten como criminales, como si hubieran robado y matado”, explica.

Como ella, otros vecinos de Tierra Blanca colaboran con los migrantes. “A mí una señora me retira los depósitos que mi tía de Carolina del Norte me envía por DHL”, explica Roberto, un veinteañero de Honduras.

“Nosotros lo que hacemos es trabajo humanitario”, dice Cecilia. Y es que además de negocio, la migración genera una red inconexa de asistencia, conformada por la comunidad solidaria, albergues de la Iglesia, asociaciones civiles llamadas Casa del Migrante, y los equipos dependientes del Instituto Nacional de Migración (los Grupos Beta).

Se trata de esfuerzos que excepcionalmente se alimentan entre ellos; “no trabajamos en conjunto con el albergue de Acayucan”, comenta Guadalupe Rojas, el jefe del único Grupo Beta que opera en Veracruz.

Lo confirma Eduardo Rodríguez Pérez, el administrador del albergue Monseñor Guillermo Ranzahuer, ubicado junto a la parroquia de Guadalupe en Acayucan. El diácono describe su labor independiente: “nosotros no violamos ninguna ley, nosotros lo que brindamos a estas personas es un refugio temporal, no nos lucramos, ni mucho menos traficamos con ellos”.

Además, está formando un equipo de defensa del migrante que operará en Veracruz, una especie de Comisión de Derechos Humanos. Con ese fin y desde marzo ya está en marcha el Diplomado en Derecho de Migrantes, impartido en Acayucan y otras ciudades por catedráticos iberoamericanos y de la Universidad de Loyola (Chicago). Señal de que la afirmación “si han llegado hasta Veracruz ya han hecho lo más difícil” no es del todo cierta.

Optimismo en el feudo de la desesperación
Incertidumbre. El joven, quien vivía en la zona de Mariona, estaba en Veracruz, recuperándose de la lesión que sufrió en una pierna.

Siete días y cuatro noches me tiré, pero jalados. En el camino veía los grandes puentes”

Desperté y tenía la cabeza caliente. No me pude levantar porque tenía quebrada la pierna

Vladimir - así quiere que le llamen - parece demasiado contento para ser un indocumentado salvadoreño varado por dos meses en un pueblo del sur de Veracruz. “Todo tiene su lado bueno”, comenta para más sorpresa. ¿Las muletas que lo sostiene?, ¿la placa de hierro ajustado al fémur izquierdo con siete tornillos?, ¿el agujero en el bolsillo?, ¿un mar de kilómetros entre él y su familia?.

Partió de la colonia El Retiro, a cuatro cuadras de Mariona, la tarde del 16 de abril. Pernoctó en casa de un hermano. Lo prefirió así para no llevarse de recuerdo los llantos de sus dos hijas y las súplicas de que no se fuera para el norte.

A las siete de la mañana del 17 de abril se dirigió a la Terminal de Occidente, donde abordó un autobús con destino a Tecún Umán, en la frontera de Guatemala con México. Pagó por ello 20 dólares. “Iba contento, ilusionado por la aventura y solo eso tenía ya en la cabeza”, recuerda.

Arribó a la ciudad fronteriza a las 8 de la noche. Cruzó el río Suchiate en lancha. Y en el lugar donde muchos de sus colegas de sueños se topan con asaltantes o agentes extorsionistas, Vladimir encontró una pareja de ancianos a quienes pedir posada.

No más amaneció, comenzó su ruta hacia Tapachula (Chiapas). El cansancio no le permitió avanzar más de diez kilómetros. “Ya iba reventado, pero no sabía lo que me esperaba”. Decidió pagar un taxi hasta el albergue Belén de Tapachula.

Allí se encontró con compañeros de viaje y decidieron moverse en un grupo de seis.

Les tocó caminar hasta Tonalá, porque el huracán Stan destruyó la infraestructura ferroviaria en el 2004, y desde entonces no circula tren de carga en ese tramo.

Peregrinos

Vladimir lideró al grupo sobre la vía que un día estuvo en uso. “Ya me la podía”. En el 2003 hizo el primer intento de migrar a los EE.UU., y consiguió llegar hasta Piedras Negras, en la frontera norte de Coahuila, donde lo agarró la migra junto con 14 paisanos.

A 70 kilómetros, en Tonalá, se encontraron con “muchísimos” centroamericanos que esperaban a un tren de cuatro vagones que saldría aquella noche, a las 8, hacia Arriaga (municipio cercano a la frontera entre Chiapas y Oaxaca). “Paja, estos no saben”, dice que pensó Vladimir.

Efectivamente, a las 8 p.m. de aquel día ningún tren circuló por Tonalá. Para esa hora Vladimir estaba ya camino a Arriaga, pero a pie.

Llegó a esa ciudad a las siete de la mañana del siguiente día. “En la noche es mejor caminar, como que abunda más el paso”. Y en Arriaga, se encaramó por primera vez desde que pisó México, a un tren de carga.

“La bestia”


A las ocho horas de viajar colgado de las escalerillas de un vagón -de 10 a.m. a 6 p.m.- y a punto de que las fuerzas le fallaran, el tren aminoró la marcha.Estaba en Matías Romero, estado de Oaxaca.

“Pensé que no aguantaba, gracias a Dios que había algo de sombra”. Vladimir se libró del acoso del sol de mediodía del que no pudieron escapar los migrantes que viajaban sobre los techos de los vagones.

Tres horas en tierra firme fueron el único descanso en cuatro días. A las 9 p.m. volvió a treparse a “la bestia”, como le llaman.

Esta vez se dirigía al norte, cruzando Oaxaca, hasta Medias Aguas, estado de Veracruz. Por aquél entonces no se imaginaba que aquél pueblón de unos 80 mil habitantes y 35 grados a la sombra lo retendría más de dos meses.

Vladimir había cruzado ya tres estados . No se había encontrado con “la migra”. No había sido asaltado, ni extorsionado. No se había lesionado. Era un migrante suertudo. Lo era hasta Medias Aguas.

“Llegué bien rendido, bien reventado”. Así que decidió descansar, a no más de cinco metros de la vía. A las horas despertó. “Oí una bulla, como que temblaba. Venía el tren y algo espantado además”.

Un compañero hondureño fue el primero en lanzarse. Se aventó en lo oscuro, pero la máquina circulaba a tal velocidad que no le permitió asirse a su último vagón. Cayó de espaldas y el contacto con “la bestia” le quebró la rodilla.

La escena no detuvo a Vladimir e imitó el intento. Recibió la misma recompensa: cayó y quedó inconsciente.

Cuando despertó aún temblaban las vías. “Sentía caliente la cabeza”; de los raspones le brotaba la sangre tibia. Y cuando quiso incorporarse, un dolor en la pierna izquierda se lo impidió. “Me quebré, pensé”.

Se partió el fémur a varias alturas, lo que aún hoy, a más de dos meses del accidente, le obliga a usar muletas.

A las tres horas de estar tirado en la línea del tren, llegó el Grupo Beta Acayucan; el comando conformado por cuatro miembros, encargado de Medias Aguas, Coatzalcoalcos, y Tierra Blanca a diario, y que carece de la cualidad de multiplicarse.

“No aguantaba, sentía que me moría, y estaba va de tomar medicinas (analgésicos que suelen llevar en el botiquín de primeros auxilios los Beta). “Vas a perder la pierna”, me decían, pero yo podía mover los dedos”. Lo trasladaron al hospital de Oluta, municipio cercano, donde permaneció 26 días en la cama 61, a dos habitaciones del hondureño accidentado.

“Lo mejor era que me pasaba el día dormido, soñaba que estaba con las niñas, que la bebé comenzaba a caminar…”. Y despertaba: “mierda, si todavía estoy aquí”.

Vladimir no perdió el pie, y ganó una placa de acero sujeta al fémur izquierdo con ocho tornillos. El premio mayor lo llevó su compañero, a quien le amputaron la pierna y, en consecuencia, lo deportaron.

PeroVladimir se resiste a regresar a El Salvador, a una vida de trabajador de la construcción poco remunerada, a una colonia dominada por las maras.

Mientras trata de disimular que aún cojea, insiste en que todo tiene su lado bueno: “me desanimé para ir a los EE.UU., pero México me gusta”. Probará suerte en el D.F., donde un tío suyo vive.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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