Cuarta entrega
Textos y fotos / Leyre Ventas
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
“Si han llegado hasta acá han hecho lo más difícil”,
dice Eduardo Gutiérrez Pérez, diácono de Acayucan
y administrador del albergue para emigrantes de dicho municipio en el
sur de Veracruz.
Un cincuentón más que acostumbrado a las historias para
no dormir de indocumentados.
Más correcta sería, sin embargo, esta otra afirmación:
“si logran pasar Veracruz sin ser detenidos, ya han hecho lo más
difícil”. Y es que este estado sureño es el tercer
colador para los centroamericanos que se dirigen hacia EE.UU.; paso obligado
para aquellos que optan por el tren de carga como medio de transporte
hacia una supuesta vida mejor.
Veracruz ocupa el tercer puesto en la lista de estados mexicanos con más
aseguramientos. En el primer semestre del 2006 fueron diez mil 388 los
indocumentados detenidos en dicho territorio, el equivalente al 8.6% de
los registrados en todo el país (120,336).
Todos ellos habían salido airosos de Chiapas, donde 58,840 de sus
compañeros de viaje cayeron en manos de “la migra”
(el 48.9% de los asegurados en todo México), o de Tabasco, última
entidad federativa que vieron 15,262 centroamericanos (12.7%) antes de
ser devueltos a sus respectivos países.
Además, las cifras dicen que más al norte todo es más
fácil; el número de arrestados en los estados norteños
disminuye drásticamente hasta el 1% . Así, parece que quienes
consiguen cruzar Veracruz no solo están geográficamente
más cerca de su destino. Pero Veracruz es un estado que se extiende
475 kilómetros a lo largo de la costa atlántica mexicana,
y guarda a los migrantes cuatro escalas obligadas.
EJE DE TRANSMIGRACIÓN
 |
| Cansancio y hambre. En los pueblos de Veracruz
el dinero ya es escaso, por los que los emigrantes buscan la asistencia
del Grupo Beta, que depende del Instuto Nacional de Migración,
de México. |
Es martes primero de agosto y al Grupo Beta Acayucan se le acabó
el atún. En las vías de tren en el pueblo de Coatzalcoalcos
unos doscientos indocumentados hacen fila para que el equipo de asistencia
a migrantes del Instituto Nacional de Migración (INM) los registre,
les entregue la correspondiente lata de pescado en conserva y una botella
con agua, y les indique lo peligroso que es ir colgados de las escalerillas
de los vagones del tren.
Los centroamericanos llevaban entre una semana y 22 días viajando
de dicha forma, de la que le toca al que menos recursos tiene, y les sobran
las advertencias.
Salvo una madre que con su hijo de 19 años se dirige a Nueva York
y un anciano de Zacatecoluca, La Paz, el resto son hondureños.
Todos proceden de Tabasco, ninguno de Chiapas.
Ya fueron asaltados. “A mi me robaron la mochila y la ropa”,
dice un hondureño adolescente al que por descamisado se le pueden
apreciar picaduras de mosquito en el torso. También se enfrentaron
a la policía que los quiso apear del tren en Tabasco; “a
un muchacho le dieron con el garrote acá”, señala
la nuca. Y llevan días sin comer.
Para todos ellos Coatzalcoalcos será la primera estación
en Veracruz. Ahí pernoctarán, a no más de cinco metros
de la vía, a la espera del próximo tren con dirección
a Medias Aguas. Allí volverán a hacer escala, para volverla
a hacer en Tierra Blanca, camino a Córdoba, siempre hacia el Norte.
Y en esta última ciudad tendrán que elegir si seguir la
ruta atlántica para acceder a los EE.UU. por Matamoros (Tamaulipas),
o desviarse al Distrito Federal, de donde se dirigirán a la frontera
de algún otro estado norteño (Piedras Negras en Coahuila,
Ciudad Juárez en Chihuahua, Tijuana en Baja California; o Nogales,
Agua Prieta o El Sásabe en Sonora).
La línea que se dibuja en el mapa al unir estos cuatro municipios
(Coatzalcoalcos, Medias Aguas, Tierra Blanca y Córdoba) es el eje
de la transmigración veracruzana.
“Todos los días tengo asegurados de esa zona, cientos al
mes”, dice el cónsul de El Salvador en Veracruz, Óscar
Sariles. No en vano existen cinco delegaciones del Instituto Nacional
de Migración (INM) en el área, y ya construyen la que será
la segunda estación migratoria más grande del país.
Tampoco es casualidad que El Diario de Acayucan, medio local, abra con
frecuencia sus ediciones con la imagen de un migrante centroamericano
mutilado, al que llaman “pollo”.
Los negocios menudos
Como se acabó el atún de los Beta pero no el hambre de los
migrantes, Julio vende arroz con pollo a 15 pesos el plato (un dólar
30 centavos aproximadamente). Se vale de una carretilla para ofrecer la
comida entre las vías del tren de Coatzalcoalcos. Al día
saca unos cien pesos, asegura, e invierte 40, pero en los diez minutos
de plática vendió ya siete platos, y aún quedan muchas
horas de venta vespertina.
En Medias Aguas la escena se repite. Esta vez no es arroz con pollo, sino
con huevos duros. El precio es el mismo; también los clientes.
Son los negocios que la migración genera. Como también lo
son las siete casetas telefónicas del centro de Acayucan, núcleo
urbano compuesto por cuatro calles entrecruzadas, en las que las llamadas
a Centroamérica y a EE.UU. se cobran a 10 pesos el minuto; la tarifa
de Telmex, la compañía de telefonía mexicana, para
dichos países es de dos pesos el minuto.
Cecilia Romero desplazó su venta a la orilla de las vías
de Tierra Blanca el pasado año. “Ellos me ayudan, yo les
ayudo”, explica refiriéndose a sus clientes más frecuentes:
los indocumentados.
Les presta el baño y les vende comida y agua, “si tienen
con qué pagarme”, si no se arregla con algún trabajo.
“Eso sí, yo no acepto ni maras, ni borrachos, ni drogadictos”,
advierte. Y lo cuenta rodeada de cinco adolescentes hondureños
que observan una película en el televisor que ella mantiene permanentemente
encendido afuera de la choza.
Cecilia confiesa que acostumbra a avisar de la llegada de “la migra”,
pero que nunca ha tenido problemas con ella: “de todos modos, yo
no los ando coyoteando (a los indocumentados)”. Aunque alguna vez
le ha tocado hacerla de defensora de los sin papeles, iniciativa que le
ha valido la propuesta de la Comisión de Derechos Humanos local
para que colabore con ellos en materia de migrantes.
Recuerda, por ejemplo, la vez en la que se vio obligada a intervenir porque
un policía municipal golpeaba a un hondureño tras perseguirlo
largo rato. “Yo sí te conozco y te voy a denunciar”,
le gritó. “Es que lo que me da tristeza, sobre todo, es que
los traten como criminales, como si hubieran robado y matado”, explica.
Como ella, otros vecinos de Tierra Blanca colaboran con los migrantes.
“A mí una señora me retira los depósitos que
mi tía de Carolina del Norte me envía por DHL”, explica
Roberto, un veinteañero de Honduras.
“Nosotros lo que hacemos es trabajo humanitario”, dice Cecilia.
Y es que además de negocio, la migración genera una red
inconexa de asistencia, conformada por la comunidad solidaria, albergues
de la Iglesia, asociaciones civiles llamadas Casa del Migrante, y los
equipos dependientes del Instituto Nacional de Migración (los Grupos
Beta).
Se trata de esfuerzos que excepcionalmente se alimentan entre ellos; “no
trabajamos en conjunto con el albergue de Acayucan”, comenta Guadalupe
Rojas, el jefe del único Grupo Beta que opera en Veracruz.
Lo confirma Eduardo Rodríguez Pérez, el administrador del
albergue Monseñor Guillermo Ranzahuer, ubicado junto a la parroquia
de Guadalupe en Acayucan. El diácono describe su labor independiente:
“nosotros no violamos ninguna ley, nosotros lo que brindamos a estas
personas es un refugio temporal, no nos lucramos, ni mucho menos traficamos
con ellos”.
Además, está formando un equipo de defensa del migrante
que operará en Veracruz, una especie de Comisión de Derechos
Humanos. Con ese fin y desde marzo ya está en marcha el Diplomado
en Derecho de Migrantes, impartido en Acayucan y otras ciudades por catedráticos
iberoamericanos y de la Universidad de Loyola (Chicago). Señal
de que la afirmación “si han llegado hasta Veracruz ya han
hecho lo más difícil” no es del todo cierta.
| Optimismo en el feudo de la desesperación |
 |
| Incertidumbre. El joven, quien vivía
en la zona de Mariona, estaba en Veracruz, recuperándose
de la lesión que sufrió en una pierna. |
Siete días y cuatro noches me
tiré, pero jalados. En el camino veía los grandes
puentes”
Desperté y tenía la cabeza caliente. No me
pude levantar porque tenía quebrada la pierna |
Vladimir - así quiere que le llamen - parece
demasiado contento para ser un indocumentado salvadoreño varado
por dos meses en un pueblo del sur de Veracruz. “Todo tiene
su lado bueno”, comenta para más sorpresa. ¿Las
muletas que lo sostiene?, ¿la placa de hierro ajustado al fémur
izquierdo con siete tornillos?, ¿el agujero en el bolsillo?,
¿un mar de kilómetros entre él y su familia?.
Partió de la colonia El Retiro, a cuatro cuadras de Mariona,
la tarde del 16 de abril. Pernoctó en casa de un hermano. Lo
prefirió así para no llevarse de recuerdo los llantos
de sus dos hijas y las súplicas de que no se fuera para el
norte.
A las siete de la mañana del 17 de abril se dirigió
a la Terminal de Occidente, donde abordó un autobús
con destino a Tecún Umán, en la frontera de Guatemala
con México. Pagó por ello 20 dólares. “Iba
contento, ilusionado por la aventura y solo eso tenía ya en
la cabeza”, recuerda.
Arribó a la ciudad fronteriza a las 8 de la noche. Cruzó
el río Suchiate en lancha. Y en el lugar donde muchos de sus
colegas de sueños se topan con asaltantes o agentes extorsionistas,
Vladimir encontró una pareja de ancianos a quienes pedir posada.
No más amaneció, comenzó su ruta hacia Tapachula
(Chiapas). El cansancio no le permitió avanzar más de
diez kilómetros. “Ya iba reventado, pero no sabía
lo que me esperaba”. Decidió pagar un taxi hasta el albergue
Belén de Tapachula.
Allí se encontró con compañeros de viaje y decidieron
moverse en un grupo de seis.
Les tocó caminar hasta Tonalá, porque el huracán
Stan destruyó la infraestructura ferroviaria en el 2004, y
desde entonces no circula tren de carga en ese tramo.
Peregrinos
Vladimir lideró al grupo sobre la vía que un día
estuvo en uso. “Ya me la podía”. En el 2003 hizo
el primer intento de migrar a los EE.UU., y consiguió llegar
hasta Piedras Negras, en la frontera norte de Coahuila, donde lo
agarró la migra junto con 14 paisanos.
A 70 kilómetros, en Tonalá, se encontraron con “muchísimos”
centroamericanos que esperaban a un tren de cuatro vagones que saldría
aquella noche, a las 8, hacia Arriaga (municipio cercano a la frontera
entre Chiapas y Oaxaca). “Paja, estos no saben”, dice
que pensó Vladimir.
Efectivamente, a las 8 p.m. de aquel día ningún tren
circuló por Tonalá. Para esa hora Vladimir estaba
ya camino a Arriaga, pero a pie.
Llegó a esa ciudad a las siete de la mañana del siguiente
día. “En la noche es mejor caminar, como que abunda
más el paso”. Y en Arriaga, se encaramó por
primera vez desde que pisó México, a un tren de carga.
“La bestia”
A las ocho horas de viajar colgado de las escalerillas de un vagón
-de 10 a.m. a 6 p.m.- y a punto de que las fuerzas le fallaran,
el tren aminoró la marcha.Estaba en Matías Romero,
estado de Oaxaca.
“Pensé que no aguantaba, gracias a Dios que había
algo de sombra”. Vladimir se libró del acoso del sol
de mediodía del que no pudieron escapar los migrantes que
viajaban sobre los techos de los vagones.
Tres horas en tierra firme fueron el único descanso en cuatro
días. A las 9 p.m. volvió a treparse a “la bestia”,
como le llaman.
Esta vez se dirigía al norte, cruzando Oaxaca, hasta Medias
Aguas, estado de Veracruz. Por aquél entonces no se imaginaba
que aquél pueblón de unos 80 mil habitantes y 35 grados
a la sombra lo retendría más de dos meses.
Vladimir había cruzado ya tres estados . No se había
encontrado con “la migra”. No había sido asaltado,
ni extorsionado. No se había lesionado. Era un migrante suertudo.
Lo era hasta Medias Aguas.
“Llegué bien rendido, bien reventado”. Así
que decidió descansar, a no más de cinco metros de
la vía. A las horas despertó. “Oí una
bulla, como que temblaba. Venía el tren y algo espantado
además”.
Un compañero hondureño fue el primero en lanzarse.
Se aventó en lo oscuro, pero la máquina circulaba
a tal velocidad que no le permitió asirse a su último
vagón. Cayó de espaldas y el contacto con “la
bestia” le quebró la rodilla.
La escena no detuvo a Vladimir e imitó el intento. Recibió
la misma recompensa: cayó y quedó inconsciente.
Cuando despertó aún temblaban las vías. “Sentía
caliente la cabeza”; de los raspones le brotaba la sangre
tibia. Y cuando quiso incorporarse, un dolor en la pierna izquierda
se lo impidió. “Me quebré, pensé”.
Se partió el fémur a varias alturas, lo que aún
hoy, a más de dos meses del accidente, le obliga a usar muletas.
A las tres horas de estar tirado en la línea del tren, llegó
el Grupo Beta Acayucan; el comando conformado por cuatro miembros,
encargado de Medias Aguas, Coatzalcoalcos, y Tierra Blanca a diario,
y que carece de la cualidad de multiplicarse.
“No aguantaba, sentía que me moría, y estaba
va de tomar medicinas (analgésicos que suelen llevar en el
botiquín de primeros auxilios los Beta). “Vas a perder
la pierna”, me decían, pero yo podía mover los
dedos”. Lo trasladaron al hospital de Oluta, municipio cercano,
donde permaneció 26 días en la cama 61, a dos habitaciones
del hondureño accidentado.
“Lo mejor era que me pasaba el día dormido, soñaba
que estaba con las niñas, que la bebé comenzaba a
caminar…”. Y despertaba: “mierda, si todavía
estoy aquí”.
Vladimir no perdió el pie, y ganó una placa de acero
sujeta al fémur izquierdo con ocho tornillos. El premio mayor
lo llevó su compañero, a quien le amputaron la pierna
y, en consecuencia, lo deportaron.
PeroVladimir se resiste a regresar a El Salvador, a una vida de
trabajador de la construcción poco remunerada, a una colonia
dominada por las maras.
Mientras trata de disimular que aún cojea, insiste en que
todo tiene su lado bueno: “me desanimé para ir a los
EE.UU., pero México me gusta”. Probará suerte
en el D.F., donde un tío suyo vive.
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