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Breve Análisis
Inseguridad, la gran amenaza continental

Para mejorar la seguridad es necesario fortalecer académicamente a los encargados militares y civiles, crear nuevas especialidades y conocer más la experiencia europea.

Publicada 23 de agosto de 2006, El Diario de Hoy

Joaquín Villalobos*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

(Segunda parte)
Oxford, Inglaterra. Los jóvenes por su energía, y los militares y policías por su entrenamiento, son los preferidos por las mafias para engrosar sus ejércitos.

La corrupción, un mal que durante años fue de segunda categoría, se está transformando en un Sida social que destruye las defensas de la democracia corrompiendo jueces, policías, militares y políticos. La inseguridad podría derivar en violencia política que ya no confrontaría a militantes ideológicos, como en los 80, sino a sicarios.

La debilidad de los estados no es sólo frente a la delincuencia; en los últimos quince años cayeron cuatro gobiernos por la incapacidad para controlar protestas callejeras. En Venezuela el gobierno de Carlos Andrés Pérez cayó, porque la fuerza pública no tenía ni técnica, ni conocimientos para enfrentar protestas y provocó más de 200 muertos; el gobierno Argentino cayó por las mismas razones después de 20 muertos; el de Bolivia después de 60 y, el más reciente, el de Ecuador, cayó por el temor a hacer muertos.

El autoritarismo tenía un cheque en blanco para controlar matando, las democracias no lo tienen y los encargados de la seguridad saben, poco o nada, acerca de cómo reprimir sin matar.

Estados Unidos, afectado por el terrorismo, tiene dificultades para ser un apoyo y al mismo tiempo es parte del problema. La demanda que tiene de trabajadores inmigrantes junto al endurecimiento de las políticas antiinmigrantes; la tolerancia al consumo de drogas combinada con la intolerancia al comercio de éstas; la deportación de pandilleros a Centroamérica, para luego enviar al FBI a perseguirlos; la exportación de armas cortas hacia sociedades violentas e inseguras y finalmente la influencia de su modelo de seguridad predominantemente represivo. Todo esto agravado por el riesgo de polarización política entre EE.UU. y los gobiernos de izquierda de la región.

Los reflejos autoritarios de gobernantes y gobernados y las deficiencias de las instituciones encargadas de la seguridad estimulan el retorno de prácticas represivas. “Mano dura” o “populismo penal”, como lo llaman algunos, ofrece la ilusión de soluciones rápidas y fáciles a electores desesperados. El resultado, al igual que el populismo económico, es una hiperinflación de las tasas de delito, como ya ocurrió en El Salvador.

El autoritarismo fue relativamente exitoso en sociedades rurales, con clases medias escasas, sin el desarrollo actual de las comunicaciones y sin las dependencias políticas, jurídicas y económicas creadas por la globalización. Muchos alemanes se enteraron de los campos de concentración hasta que terminó la guerra, ahora nos enteramos de matanzas, exterminios y torturas en minutos. En democracia es difícil ocultar víctimas y victimarios, todo se termina sabiendo.

Para mejorar la seguridad es necesario fortalecer académicamente a los encargados militares y civiles, crear nuevas especialidades y conocer más la experiencia europea (británica, francesa, alemana, etc.) que, en contraposición a la norteamericana, está basada en la tolerancia, la prevención, el control social, la participación ciudadana, la cultura de legalidad, la inteligencia estratégica analítica y la inteligencia policial comunitaria.

La creencia de que la seguridad es fundamentalmente reprimir y que la inteligencia es espiar para reprimir, ha hecho pensar que éstas son tareas para los militares. Existen pocos directores de policía, ministros de Defensa y jefes de inteligencia que sean profesionales civiles, los militares no se han formado en otras ramas del conocimiento y las universidades y sus académicos apenas comienzan a estudiar temas de seguridad, defensa e inteligencia.

La complejidad del problema demanda estudio y conocimiento incluso para la planificación represiva. Los progresos más notorios del continente en materia de inteligencia, policía y defensa vienen de profesionales civiles en México, Colombia y Chile, pero aún prevalece la tradición reactiva y represiva.

Latinoamérica necesita una doctrina de seguridad democrática, como la han llamado los colombianos. Domina la idea de que los derechos humanos y la democracia son estrictamente un asunto ético, del cual debería poder prescindirse en situaciones extremas, ya que estorban la eficacia. La seguridad es una tarea menos complicada en sociedades socialmente cohesionadas, donde los ciudadanos producen inteligencia, cooperan con la policía y contrarrestan de forma temprana las conductas delictivas.

Los abusos de poder y el irrespeto a los derechos humanos, por el contrario, dividen las comunidades, bloquean el ciclo de información e impiden la cooperación de los ciudadanos con las instituciones.

El autoritarismo era un modelo paternal punitivo que en algunos casos utilizaba fuerzas paramilitares. Cuando hacía esto último renunciaba al monopolio de la fuerza y volvía culturalmente violentos a los habitantes. La seguridad moderna requiere un modelo de responsabilidades compartidas que le deje al Estado el monopolio legítimo de la fuerza, y a los ciudadanos la construcción diaria de la paz social.

Sin embargo, para aprender de cultura de legalidad es necesario aliviar la pobreza y reducir la desigualdad. Si los ricos quieren vivir seguros deben aprender a compartir, porque la convivencia de miseria con opulencia, más que una injusticia, es una provocación que no pueden resolver los policías. (Segunda y última parte de artículo elaborado para la Fundación Ideas para la Paz de Colombia).

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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