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Hallazgo arqueológico
Gruesas capas de cemento

Boggs no padecía de inseguridad crónica. Los que la padecen son aquellos que desean frenar el avance de la ciencia salvadoreña porque sus mentes están revestidas por una gruesa capa de envidia.

Publicada 23 de agosto de 2006, El Diario de Hoy

Federico Hernández Aguilar*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Hoy podemos estar seguros. La intensa lluvia que azotó Chalchuapa, la noche del 17 al 18 de octubre de 2004, fue providencial para la ciencia arqueológica salvadoreña y para la investigación histórica mesoamericana.

En aquel momento, sin embargo, buena parte del periodismo nacional y un “selecto” grupo de académicos no estuvieron de acuerdo. Y se armó el escándalo.

La gruesa capa de cemento que llevaba medio siglo cubriendo una de las estructuras prehispánicas, en el emblemático Tazumal, había colapsado. La tercermundista necesidad de acusar a alguien del “desastre” motivó críticas desinformadas por doquier.

Se acusó a Concultura de negligencia y a nuestros arqueólogos de incompetentes. La virulencia fue tan copiosa y tan destructiva, que de haber tomado forma de aluvión habría desbaratado Tazumal por entero y desde sus cimientos.

La ambigua información que recibió el público tampoco contribuyó a serenar las cosas. Soy de los que piensa que si algunos periodistas se dedicaran a buscar la verdad, al menos la mitad del tiempo que invierten en interpretarla, muchos sobresaltos innecesarios se le ahorrarían al país. Lamentable-mente, también en el “caso Tazu-mal” fue la presunción, y no la responsabilidad, la que armó los titulares de algunas secciones culturales.

Por supuesto, los eternos enemigos de nuestra actividad institucional aprovecharon la coyuntura. Valiéndose de los espacios de opinión ciudadana y escudándose en cobardes anónimos --aunque todos sepamos quiénes son--, se sumaron a la polémica solicitando la renuncia inmediata de este servidor. Y se rasgaron las vestiduras, cual sindicato huérfano de privilegios, invocando para el patrimonio cultural salvadoreño un respeto que ellos no suelen darle.

Ante semejante huracán de juicios y reprobaciones, otros funcionarios seguramente habrían corrido a restaurar la fachada de concreto desmoronada. Nosotros no lo hicimos. Seguros de que estábamos frente a una oportunidad inédita, y confiando en la intuición de nuestro recién creado Departamento de Arqueología, dimos a conocer que no solamente renunciábamos a reponer el cemento caído, sino que íbamos a “descascarar” por completo la estructura original para investigarla.

¡Nuevo escándalo! Los profetas de la catástrofe dieron unánime veredicto condenatorio. ¿Remover la cobertura de argamasa que durante cincuenta años había ayudado a consolidar la imagen precolombina de El Salvador? ¡Aquello era poco menos que pasarnos al bando de los “terroristas de la investigación” que no encuentran pruebas de la existencia histórica del cacique Atlacatl!

Hoy, a casi dos años de aquellos acontecimientos, comprobamos satisfechos que la decisión tomada fue, en efecto, audaz... pero fue la correcta. De habernos dejado persuadir por la presión mediática y seudo académica del momento, ¡cuánta información sobre Chalchuapa y sobre la historia mesoamericana seguiría sepultada todavía bajo el concreto!

Tazumal quería decirnos cosas importantes y no le habíamos dado la oportunidad de hacerlo. Sólo eso explica que la estructura B1-2 se haya convertido en un generoso surtidor de datos desde el primer día de excavación. Comandado por Fabricio Valdi-vieso, un esforzado grupo de arqueólogos y restauradores se encuentra consolidando lo que hemos llamado “el verdadero rostro de Tazumal”, es decir, su faz tal como la encontró el doctor Stanley H. Boggs hace medio siglo: sin revestimientos ni interpretaciones.

Los resultados obtenidos hasta la fecha son tan interesantes, que la revista “Archaelogy” --la publicación más prestigiosa del mundo en esta especialidad--, en su número correspondiente a septiembre, dedica varias páginas a un amplio reportaje sobre nuestros hallazgos en Chalchuapa.

Lo destacable es que tanto el reportaje, firmado por el investigador Roger Atwood, como la página editorial de la revista, a cargo de Peter Young, retoman el “caso Tazumal” para plantear nuevos desafíos a la ciencia arqueológica mesoamericana: ¿Qué nos están indicando los colapsos de fachadas de concreto en nuestros más emblemáticos sitios históricos? ¿Qué estamos viendo, en realidad, cuando visitamos una estructura prehispánica restaurada, desde el centro de México hasta el norte de Costa Rica?

Creo sinceramente que Stanley Boggs, allí donde se encuentre, debe estar muy contento. Él amaba la arqueología tanto como amó a su patria de adopción, El Salvador, y estoy seguro que no le habría importado ver caer una cobertura de argamasa de cincuenta años --por muy responsable que fuera él mismo de su construcción-- si con ello recuperamos secretos que rondan los 1,300 años de antigüedad.

Boggs no padecía de inseguridad crónica. Los que la padecen son aquellos que desean frenar el avance de la ciencia salvadoreña porque sus mentes están revestidas por una gruesa capa de envidia, mucho más dura que aquella de cemento que cubría las entrañas de Tazumal.

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.

 

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