| Federico
Hernández Aguilar*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Hoy podemos estar seguros. La intensa lluvia que azotó Chalchuapa,
la noche del 17 al 18 de octubre de 2004, fue providencial para la ciencia
arqueológica salvadoreña y para la investigación
histórica mesoamericana.
En aquel momento, sin embargo, buena parte del periodismo nacional y un
“selecto” grupo de académicos no estuvieron de acuerdo.
Y se armó el escándalo.
La gruesa capa de cemento que llevaba medio siglo cubriendo una de las
estructuras prehispánicas, en el emblemático Tazumal, había
colapsado. La tercermundista necesidad de acusar a alguien del “desastre”
motivó críticas desinformadas por doquier.
Se acusó a Concultura de negligencia y a nuestros arqueólogos
de incompetentes. La virulencia fue tan copiosa y tan destructiva, que
de haber tomado forma de aluvión habría desbaratado Tazumal
por entero y desde sus cimientos.
La ambigua información que recibió el público tampoco
contribuyó a serenar las cosas. Soy de los que piensa que si algunos
periodistas se dedicaran a buscar la verdad, al menos la mitad del tiempo
que invierten en interpretarla, muchos sobresaltos innecesarios se le
ahorrarían al país. Lamentable-mente, también en
el “caso Tazu-mal” fue la presunción, y no la responsabilidad,
la que armó los titulares de algunas secciones culturales.
Por supuesto, los eternos enemigos de nuestra actividad institucional
aprovecharon la coyuntura. Valiéndose de los espacios de opinión
ciudadana y escudándose en cobardes anónimos --aunque todos
sepamos quiénes son--, se sumaron a la polémica solicitando
la renuncia inmediata de este servidor. Y se rasgaron las vestiduras,
cual sindicato huérfano de privilegios, invocando para el patrimonio
cultural salvadoreño un respeto que ellos no suelen darle.
Ante semejante huracán de juicios y reprobaciones, otros funcionarios
seguramente habrían corrido a restaurar la fachada de concreto
desmoronada. Nosotros no lo hicimos. Seguros de que estábamos frente
a una oportunidad inédita, y confiando en la intuición de
nuestro recién creado Departamento de Arqueología, dimos
a conocer que no solamente renunciábamos a reponer el cemento caído,
sino que íbamos a “descascarar” por completo la estructura
original para investigarla.
¡Nuevo escándalo! Los profetas de la catástrofe dieron
unánime veredicto condenatorio. ¿Remover la cobertura de
argamasa que durante cincuenta años había ayudado a consolidar
la imagen precolombina de El Salvador? ¡Aquello era poco menos que
pasarnos al bando de los “terroristas de la investigación”
que no encuentran pruebas de la existencia histórica del cacique
Atlacatl!
Hoy, a casi dos años de aquellos acontecimientos, comprobamos satisfechos
que la decisión tomada fue, en efecto, audaz... pero fue la correcta.
De habernos dejado persuadir por la presión mediática y
seudo académica del momento, ¡cuánta información
sobre Chalchuapa y sobre la historia mesoamericana seguiría sepultada
todavía bajo el concreto!
Tazumal quería decirnos cosas importantes y no le habíamos
dado la oportunidad de hacerlo. Sólo eso explica que la estructura
B1-2 se haya convertido en un generoso surtidor de datos desde el primer
día de excavación. Comandado por Fabricio Valdi-vieso, un
esforzado grupo de arqueólogos y restauradores se encuentra consolidando
lo que hemos llamado “el verdadero rostro de Tazumal”, es
decir, su faz tal como la encontró el doctor Stanley H. Boggs hace
medio siglo: sin revestimientos ni interpretaciones.
Los resultados obtenidos hasta la fecha son tan interesantes, que la revista
“Archaelogy” --la publicación más prestigiosa
del mundo en esta especialidad--, en su número correspondiente
a septiembre, dedica varias páginas a un amplio reportaje sobre
nuestros hallazgos en Chalchuapa.
Lo destacable es que tanto el reportaje, firmado por el investigador Roger
Atwood, como la página editorial de la revista, a cargo de Peter
Young, retoman el “caso Tazumal” para plantear nuevos desafíos
a la ciencia arqueológica mesoamericana: ¿Qué nos
están indicando los colapsos de fachadas de concreto en nuestros
más emblemáticos sitios históricos? ¿Qué
estamos viendo, en realidad, cuando visitamos una estructura prehispánica
restaurada, desde el centro de México hasta el norte de Costa Rica?
Creo sinceramente que Stanley Boggs, allí donde se encuentre, debe
estar muy contento. Él amaba la arqueología tanto como amó
a su patria de adopción, El Salvador, y estoy seguro que no le
habría importado ver caer una cobertura de argamasa de cincuenta
años --por muy responsable que fuera él mismo de su construcción--
si con ello recuperamos secretos que rondan los 1,300 años de antigüedad.
Boggs no padecía de inseguridad crónica. Los que la padecen
son aquellos que desean frenar el avance de la ciencia salvadoreña
porque sus mentes están revestidas por una gruesa capa de envidia,
mucho más dura que aquella de cemento que cubría las entrañas
de Tazumal.
*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.

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