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La Nota del Día
Estamos endeudados por la guerra de los 80

Cuando el ingreso se reduce y no es posible contratar préstamos para cumplir con compromisos, lo propio e inevitable es bajar gastos e incrementar la eficiencia.

Publicada 23 de agosto de 2006, El Diario de Hoy

El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com

El endeudamiento del país es en gran parte una de las nefastas consecuencias de la agresión comunista de los Años Ochenta, que en adición a las decenas de miles de muertos y lesionados, destruyó mucho de la infraestructura productiva.

A los terribles daños ocasionados al sistema eléctrico, los rojos volaron los dos majestuosos puentes sobre el Lempa, dieron fuego a alcaldías y escuelas, arrasaron ingenios y sembrados y, lo más pernicioso, envilecieron moralmente a la población. La criminalidad que nos azota son la cosecha del odio sembrado entonces.

Fue en verdad grave que la destrucción y la descomposición institucional y económica causadas por la guerra, impidió dar mantenimiento a la infraestructura productiva, modernizar la administración pública, invertir en grandes obras y consolidar el desarrollo que íbamos alcanzando.

En el caso concreto de la generación eléctrica, la nula inversión de esos años (ocasionada en parte por falta de recursos, en parte por el saqueo que sufrió el sistema) se traduce hoy en los altos precios de la electricidad y la creciente dependencia que padecemos del petróleo.

Pero ahora son precisamente ellos, los rojos, autores del descalabro nacional, los que levantan la bandera de la mesura en el gasto y la inconveniencia de los endeudamientos.

Inclusive se han inventado que el país sobrepasó los límites sensatos de endeudamiento, que fijan al capricho en un cuarenta por ciento del PIB. Y como esa es la postura, se sientan sobre el voto calificado en su papel de piedra en el camino, brillante función anunciada por el difunto señor Handal al reconocer su derrota electoral en marzo de 2004.

Hay mucha grasa que eliminar

Como lo hemos expuesto mucho tiempo, no somos grandes enamorados de los endeudamientos para consumo, sea para construir escuelas o sostener programas asistenciales. Pero en comparación con la Nicaragua sandinista o Cuba, El Salvador es un parangón de prudencia en esto de endeudarse.

Es más, el gobierno maneja los créditos foráneos con transparencia, lo que no se compara con el relajo y las sinvergüenzadas que las alcaldías manoseadas por “el Frente” hacen de los dineros que toman prestado.

Las alcaldías llegan al extremo de adquirir créditos para el pago de salarios, lo que las tiene comprometidas hasta más allá del 2020. Y de esas deudas los ciudadanos no reciben casi nada, ni obras de progreso ni limpieza ni modestos servicios municipales.

Todo se va en desproporcionados emolumentos para los ediles y en salarios para sostener los miles de agitadores políticos y los comandos urbanos que son los CAM, además de los dineros de los que nadie da cuenta.

Cuando el ingreso se reduce y no es posible contratar préstamos para cumplir con compromisos, lo propio e inevitable es bajar gastos e incrementar la eficiencia. El gobierno debe revisar programas, partidas y proyectos para cortar lo superfluo, además de ordenar reducciones en toda la administración pública.

Hay entidades en su mayor parte inútiles, como la Defensoría del Consumidor o la Procuraduría de los Derechos Humanos cuyos presupuestos se pueden recortar sin causar daño al país. A ello hay que agregar los millones que se pagan a la Universidad Nacional de los que no dan cuenta, como el gasto que despilfarra un número de municipios. Sobra la grasa que se debe eliminar de la res pública.

 

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