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Segunda entrega
Textos Alberto Mendoza
Fotos Wilfredo Díaz
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
MSin equipaje, sudados y con las miradas perdidas, cientos de personas
llegan diariamente a la terminal de autobuses de Santa Elena, en el selvático
departamento de Petén, en el norte de Guatemala.
Son emigrantes procedentes en su mayoría de Honduras y de El Salvador
en busca de un paso fronterizo con México más accesible
que los habituales de Tapachula y La Mesilla, en el oriente del país.
Unas mil personas atraviesan cada semana esta región, estimulando
la economía local, pero colocándose en el punto de mira
de coyotes, asaltantes y traficantes de droga.
La bulliciosa y gris ciudad de Santa Elena, de unos 30 mil habitantes,
es su primer punto de reunión. Por allí merodean los traficantes
en busca de clientes, como un salvadoreño que ofrece un viaje “cómodo”
hasta la frontera estadounidense por $2,500. Quienes llegan sin nada en
los bolsillos se quedan bajo el techo de la estación o se acercan
hasta la iglesia católica, donde el padre Roberto Guevara ofrece
un vale de comida al día y llamadas telefónicas.
Es el caso de una familia hondureña encabezada por Edilberto Rodríguez,
a quien sigue su esposa Vanessa Guzmán, su hermana Nicole y un
primo, Alberto Reyes, de 16 años. Provienen de Santa Rosa, un pueblo
cercano a la frontera con Guatemala, y llegar a Santa Elena les costó
un mes y mucho sufrimiento.
Tres agentes de la Policía Nacional Civil (PNC) les extorsionaron
en Ciudad de Guatemala y les robaron los 500 quetzales ($67) que portaban
bajo amenaza de expulsarlos de nuevo a Honduras. Nicole denunció
que le ofrecieron “pasar un rato” con ellos si no tenía
dinero para pagarles.
“Casi el ciento por ciento de los emigrantes que llegan a la iglesia
han sido asaltados por la policía”, confirmó el padre
Guevara, a pesar de que los centroamericanos disfrutan de un status legal
con su cédula o documento de identidad.
Sin embargo, Rolando Quiroa, Jefe de Operaciones de la PNC en Santa Elena,
aseguró que no se habían presentado denuncias formales y
que los agentes habían sido instruidos sobre los derechos de los
“hermanos centroamericanos”.
El paso a méxico
El Naranjo, a 120 kilómetros de Santa Elena, es el pueblo más
utilizado como base antes de intentar cruzar la frontera
Se encuentra a la orilla el río San Pedro y a unos 20 kilómetros
de México, en un área controlada por bandas de narcotraficantes
asentadas en el norte de Guatemala, donde apenas llega la autoridad estatal
y abundan las pistas de aterrizaje clandestinas. La presencia policial
no es visible en sus calles, aunque cuenta con 35 agentes y con un cuartel
de las fuerzas armadas. El pasado julio, tres miembros de la PNC fueron
asesinados a tiros en una emboscada.
Tras un viaje de alrededor de un ahora por las solitarias aguas del río
San Pedro se arriba al punto fronterizo de El Ceibo. Antes, al poco de
zarpar, las embarcaciones se detienen en el último puesto migratorio
guatemalteco. Allí los emigrantes se registran, pero nadie les
impide salir, pese a no tener los documentos necesarios para entrar en
México.
Varios hondureños se suben en una de las lanchas. Están
callados, se saben cerca de uno de los momentos más complicados
del viaje. Para José Mercado, de 29 años, es su primer intento:
“He tenido que dejar llorando a mi mujer y a mi hijo de un año,
porque no hay trabajo”. Entonces, suenan varios disparos. Todos
se agachan imaginando que es un asalto. En febrero, cinco indocumentados,
cuatro de ellos salvadoreños, murieron tiroteados tras ser interceptados
por otra lancha, cuando cruzaban el río Usumacinta. Sin embargo,
esta vez tan sólo se trata de un pasajero temerario, que pone a
prueba su puntería con una bandada de patos.
Al llegar a El Ceibo, sus instalaciones fronterizas se muestran muy tranquilas:
resulta difícil ver vehículos y sólo cruzan ciudadanos
mexicanos o guatemaltecos con permiso, pero cuya identificación
no suele ser ni siquiera requerida. No obstante, Antonio Sánchez,
agente de migración mexicano, reconoció que “por las
montañas pasan muchos emigrantes”.
Los indocumentados tienen dos opciones: esperar bajo el ardiente sol a
un coyote que les ayude a cruzar por el cerro que rodea la aduana o hacerlo
por su cuenta con el riesgo de perderse y de ser asaltados. Si consiguen
pasar, deberán llegar a Tenosique, en Tabasco, para tomar el tren
rumbo al norte.
El río usumacinta
Esta frontera natural entre Guatemala y México sirve de paso para
emigrantes y traficantes
La localidad de Bethel, a orillas del río, se han beneficiado
del paso de emigrantes, hasta el punto de convertirse en el motor de su
economía. César Estrada es uno de los vecinos que se ha
enriquecido como lanchero. En cada viaje lleva hasta 40 viajeros por un
valor total de seis mil quetzales ($800 ). “Se sigue el río
hacia el norte durante unas cinco horas, para evitar los retenes mexicanos”,
relata.
Pero el camino no es seguro. En Bethel hay un puesto de migración,
pero uno de sus agentes, Carlos García, manifestó que si
les avisan de noche de algún movimiento sospechoso se niegan a
ir porque “es peligroso y hay miedo a una emboscada”. De nuevo,
el fantasma del narcotráfico subyuga a las autoridades en la región.
A unos 20 kilómetros, la aldea La Técnica, también
a orillas del Usumacinta, se ha convertido en otro punto de reunión
de coyotes y emigrantes. La frontera de Corozal se sitúa justo
enfrente. “Por aquí pasan más emigrantes que turistas”,
señala un taxista mexicano a la espera clientes.
En La Técnica, un coyote hondureño esperaba la llamada de
su contacto para cruzar. En el destartalado hotel Los Cocos, los emigrantes
se esconden hasta la hora de partir. La discreción se impone cuando
el mejor negocio no es el más legal.
“En El Salvador no se puede hacer nada” “Como
si me quitaran el alma”. Así se sintió Yanira Salvadora
García cuando su hijo Germán, con sólo 14 años,
partió desde su casa en Sensuntepeque, Cabañas, rumbo a
los Estados Unidos.
El 29 de julio fue el día elegido. Germán, acompañado
de su primo Rolando, de 17 años, dejaba por primera vez su casa
y su familia con la mirada puesta en Los Ángeles.
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Esperando al coyote. Germán, izquierda,
y Rolando, a un lado del camino que lleva a la frontera mexicana de
El Ceibo, en Guatemala.Foto EDH
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El pasado jueves 3, El Diario de Hoy encontró a Germán
y Rolando en la localidad guatemalteca de El Ceibo, junto a la frontera
mexicana. Sentados a la sombra de un árbol, sin camiseta y luciendo
sendos crucifijos blancos regalados por sus madres, esperaban la llegada
del coyote que debía guiarlos a través del monte para evadir
los controles mexicanos. No es difícil identificarlos como emigrantes
indocumentados: están solos, no parecen lugareños y matan
el tiempo a la orilla del camino de polvo y lodo que une el muelle -donde
desembarcan los viajeros- con la aduana.
El río San Pedro es el paso obligado para aquellos que llegan a
la frontera de El Ceibo desde El Naranjo, uno de los pueblos de mayor
reunión de emigrantes de toda Guatemala. Germán y Rolando
habían llegado hasta allí sin problemas, en tan sólo
cinco días y, a diferencia de la mayoría, sin sufrir robos
ni extorsiones de la Policía Nacional Civil.
“Hasta aquí ha sido fácil, pero ahora viene lo más
difícil”, afirmó Rolando, aunque matizó que
no tenían miedo, pero sí aburrimiento. “Uno se desespera
de esperar”, se lamentaba Germán, quien confesaba que “a
veces uno desea volverse a casa”. Pero el coyote sólo les
dijo que esperaran, lo que puede significar varios días. “De
todas formas, en El Salvador no se puede hacer nada”, lamentó
Rolando. Así explican por qué lo abandonaron todo para emigrar,
siendo menores de edad y sin papeles. Esperaban llegar en diez días
más hasta Los Ángeles, donde un amigo de la familia les
ayudará.
La tensa espera
El viaje de Germán y Rolando se alargó más de lo
esperado ante la desesperación de sus madres.
En una humilde casa propiedad de un familiar, Germán convivía
con su madre, su hermana Elizabeth, su padrastro Felipe y su tía
Santos Iraheta, a su vez madre de Rolando y cuatro hijos más. Estudiaba
octavo grado y se pasaba el día jugando al fútbol.
Sin embargo, un vecino que llegó deportado de su intento de cruzar
a EE.UU. contagió a los jóvenes la ilusión por el
sueño americano y les puso en contacto con un coyote de la ciudad.
Éste pidió $6 mil por cada uno, $3 mil por adelantado. Una
cifra imposible para una familia sin más ingresos que el trabajo
ocasional de Felipe como albañil y el del hijo mayor de Santos,
Edgar, como ordenanza.
“Conseguí que un vecino me prestara $4 mil”, explica
Santos. Yanira le pidió la escritura de su casa a su hermano para
lograr un préstamo de otros $4 mil. Ahora dependen de que sus hijos
logren trabajar para enjugar sus deudas.
A pesar del dolor por la separación, Yanira apoya la decisión
de su hijo “aunque sólo tenga 14 años, para realizar
sus sueños allá”. “En Sensuntepeque lo difícil
es el trabajo, los muchachos sacan el bachillerato y andan en la calle”.
Pero Yanira ya sabía lo que es sufrir a distancia por un familiar
en Estados Unidos. Su hermana Marlene se marchó hace dos años.
Tras soportar las calamidades del viaje, llegó a Los Ángeles.
Entonces, fue secuestrada por las mismas personas que la guiaron, quienes
exigieron un rescate de cinco mil dólares. Un amigo de la familia
en Los Ángeles pagó para soltarla, pero nunca se atrevieron
a denunciar.
El miedo a la violencia en El Salvador fue más fuerte que el peligro
del viaje. “Hay tantas matanzas y delincuencia que tenía
miedo. Cerca de la casa ha habido varias masacres”, confesó
Yanira.
El martes 15 de agosto se cumplieron 17 días de travesía
y las madres no habían recibido la ansiada llamada de sus hijos
desde Houston. La última vez que llamaron fue desde Tabasco, México.
Era el lunes 7 y aseguraron estar bien, aunque sin los $100 con los que
habían salido de casa. “Estamos desesperadas, son muchos
días”, lamentó Santos. “El coyote de aquí
dice que tal vez no llaman porque están en un lugar que es arriesgado”.
El miércoles 16, Yanira pudo hablar con su hijo, quien aguardaba
en Guadalajara, México. “Gracias a Dios no les ha faltado
ni de comer ni de dormir”, expresó Yanira. Germán
afirmó que del grupo de emigrantes que guiaba su coyote, sólo
él y Rolando restaban por cruzar.
“Parece que su sueño ya está más cerca de realizarse”,
se consoló su madre, quien no deja de rezar frente a un altar casero
que contiene una imagen de la Virgen rodeada de flores. Mientras, la ausencia
de los jóvenes se nota en los hábitos cotidianos, como poner
la mesa con dos platos menos. “Parece que te arrancaran parte del
corazón. Sólo a él tengo en la mente”, cuenta
Santos.

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