Alberto Mendoza
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
Mucho ha cambiado la vida de Óscar Arnulfo Hernández desde
los días en que servía ostras a Julio Iglesias en el restaurante
Ostel House de Port Chester, a pocos kilómetros de Nueva York.
Ya no vive en una rica ciudad de Estados Unidos, sino en un modesto hotel
para emigrantes de Guatemala. Ya no vuelve a El Salvador de visita, sino
que teme regresar por las amenazas de muerte que, asegura, penden sobre
él.
El pasado 5 de agosto, Arnulfo, de 28 años, orondo y de mirada
entre tímida y coqueta, se encontraba varado en la ciudad de Santa
Elena, en el septentrional departamento guatemalteco de Petén,
por donde había logrado cruzar a México tres semanas antes.
Sin embargo, fue deportado y no se sentía con fuerzas de volver
a intentar la travesía: “Es muy duro, se me han quitado la
ganas de pasar por ese sufrimiento”. Desde entonces, sobrevive gracias
al trabajo en una finca de ganado cercana por unos cinco dólares
al día y duda entre seguir hacia el Norte o volver a su país
y limpiar su nombre.
Su tragedia comenzó hace 14 años, cuando llegó a
estudiar a Estados Unidos. Explica que “trabajaba en la iglesia
católica, siembre alejado de cualquier problema”. Pero al
cumplir los 16, una de sus tías, instalada en el estado de Connecticut,
le registró como hijo suyo, lo sacó de la escuela y le empleó
en un restaurante.
A cambio de su residencia, la nueva madre le cobró $15 mil. Pero
las visas que vendía su tía eran falsas y cuando en 2002
regresó a El Salvador se vio envuelto en una trama que le llevó
a pasar seis meses en la cárcel de La Unión. Arnulfo volvió
a su lugar de nacimiento, Santa Rosa de Lima, tras la muerte de su padre.
Allí fue detenido por la policía y vinculado a una red de
distribución de visas estadounidenses falsas.
“Entré en la cárcel hacia el 24 de junio de 2003,
y salí el 23 de diciembre de 2003”, recuerda. Uno de sus
10 hermanos, Ovidio, residente en Estados Unidos, pagó unos $30
mil para sacarle de la cárcel, donde denuncia que intentaron matarle.
“No quieren que hable, por eso me amenazan”.
Para Arnulfo, la verdadera culpable de todo es su tía, cuyo nombre
no se atreve a revelar. “Ahora ella está establecida en Nueva
York, y yo estoy cargando con las culpas”. Afirma que el negocio
de las visas falsas duró tres años, tiempo en que calcula
que hasta 15 personas diarias podrían comprarlas por cinco mil
dólares.
Sin embargo, sostiene que todavía “cree en su país”
y espera volver pronto y denunciar su caso ante la Procuraduría
para la Defensa de los Derechos Humanos.
Una hemorragia para las familias y el estado
Abandonan su casa, su familia y su país. Se exponen a morir en
el camino. Saben que en el lugar adonde sueñan con llegar construyen
muros en su contra y despliegan fuerzas militares para detenerles. Pero
cada día se marchan más. Debe haber un porqué.
El Salvador sufre una hemorragia de ciudadanos que se convencen de que
no vale la pena seguir intentando sobrevivir en su país. Pero esos
ciudadanos envían grandes cantidades de dinero que sostienen la
economía, reducen la pobreza y sacan adelante a las familias. Los
emigrantes mejoran su país desde el extranjero, cuando deberían
poder hacerlo en casa, sin jugarse la vida en una travesía incierta
ni separarse de sus hijos.
Todos señalan a la falta de trabajo y oportunidades como su razón
para marcharse. En el caso de los salvadoreños, también
esperan encontrar un lugar más seguro para vivir. A su paso cambian
el paisaje de los lugares que atraviesan: los negocios y la vida de un
pueblo o región pueden acabar dedicándose únicamente
a ellos. Y al llegar al Norte ocupan puestos esenciales en la cadena productiva.
Son, por tanto, ciudadanos capaces de crear riqueza en tres o cuatro naciones
a la vez, aún sin documentos, mientras que en su país, legales,
se veían incapaces de salir adelante.
Los países emisores de trabajadores todavía no han calculado
las pérdidas que ocasiona esta herida abierta, pero sí han
comprobado que las remesas no han sacado a ningún país de
la pobreza. Y si la burbuja migratoria explosiona, millones de deportados
podrían verse como una amenaza o como una oportunidad de desarrollo.

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