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Del sueño americano a la cárcel de la unión

El problema de las mafias que rodean al mundo de la migración acaba por golpear a la parte más indefensa: el emigrante. Óscar Arnulfo Hernández pagó con la cárcel la riqueza de otros


Publicada 21 de agosto de 2006 , El Diario de Hoy

 

Desesperado. Óscar Arnulfo Hernández, varado entre Estados Unidos y su país, El Salvador. Foto EDH
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Alberto Mendoza
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

Mucho ha cambiado la vida de Óscar Arnulfo Hernández desde los días en que servía ostras a Julio Iglesias en el restaurante Ostel House de Port Chester, a pocos kilómetros de Nueva York. Ya no vive en una rica ciudad de Estados Unidos, sino en un modesto hotel para emigrantes de Guatemala. Ya no vuelve a El Salvador de visita, sino que teme regresar por las amenazas de muerte que, asegura, penden sobre él.

El pasado 5 de agosto, Arnulfo, de 28 años, orondo y de mirada entre tímida y coqueta, se encontraba varado en la ciudad de Santa Elena, en el septentrional departamento guatemalteco de Petén, por donde había logrado cruzar a México tres semanas antes. Sin embargo, fue deportado y no se sentía con fuerzas de volver a intentar la travesía: “Es muy duro, se me han quitado la ganas de pasar por ese sufrimiento”. Desde entonces, sobrevive gracias al trabajo en una finca de ganado cercana por unos cinco dólares al día y duda entre seguir hacia el Norte o volver a su país y limpiar su nombre.

Petén frontera en la selva 

Su tragedia comenzó hace 14 años, cuando llegó a estudiar a Estados Unidos. Explica que “trabajaba en la iglesia católica, siembre alejado de cualquier problema”. Pero al cumplir los 16, una de sus tías, instalada en el estado de Connecticut, le registró como hijo suyo, lo sacó de la escuela y le empleó en un restaurante.

A cambio de su residencia, la nueva madre le cobró $15 mil. Pero las visas que vendía su tía eran falsas y cuando en 2002 regresó a El Salvador se vio envuelto en una trama que le llevó a pasar seis meses en la cárcel de La Unión. Arnulfo volvió a su lugar de nacimiento, Santa Rosa de Lima, tras la muerte de su padre. Allí fue detenido por la policía y vinculado a una red de distribución de visas estadounidenses falsas.

“Entré en la cárcel hacia el 24 de junio de 2003, y salí el 23 de diciembre de 2003”, recuerda. Uno de sus 10 hermanos, Ovidio, residente en Estados Unidos, pagó unos $30 mil para sacarle de la cárcel, donde denuncia que intentaron matarle. “No quieren que hable, por eso me amenazan”.
Para Arnulfo, la verdadera culpable de todo es su tía, cuyo nombre no se atreve a revelar. “Ahora ella está establecida en Nueva York, y yo estoy cargando con las culpas”. Afirma que el negocio de las visas falsas duró tres años, tiempo en que calcula que hasta 15 personas diarias podrían comprarlas por cinco mil dólares.

Sin embargo, sostiene que todavía “cree en su país” y espera volver pronto y denunciar su caso ante la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos.


Una hemorragia para las familias y el estado

Abandonan su casa, su familia y su país. Se exponen a morir en el camino. Saben que en el lugar adonde sueñan con llegar construyen muros en su contra y despliegan fuerzas militares para detenerles. Pero cada día se marchan más. Debe haber un porqué.

El Salvador sufre una hemorragia de ciudadanos que se convencen de que no vale la pena seguir intentando sobrevivir en su país. Pero esos ciudadanos envían grandes cantidades de dinero que sostienen la economía, reducen la pobreza y sacan adelante a las familias. Los emigrantes mejoran su país desde el extranjero, cuando deberían poder hacerlo en casa, sin jugarse la vida en una travesía incierta ni separarse de sus hijos.

Todos señalan a la falta de trabajo y oportunidades como su razón para marcharse. En el caso de los salvadoreños, también esperan encontrar un lugar más seguro para vivir. A su paso cambian el paisaje de los lugares que atraviesan: los negocios y la vida de un pueblo o región pueden acabar dedicándose únicamente a ellos. Y al llegar al Norte ocupan puestos esenciales en la cadena productiva. Son, por tanto, ciudadanos capaces de crear riqueza en tres o cuatro naciones a la vez, aún sin documentos, mientras que en su país, legales, se veían incapaces de salir adelante.

Los países emisores de trabajadores todavía no han calculado las pérdidas que ocasiona esta herida abierta, pero sí han comprobado que las remesas no han sacado a ningún país de la pobreza. Y si la burbuja migratoria explosiona, millones de deportados podrían verse como una amenaza o como una oportunidad de desarrollo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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