| Teresa
Guevara de López*
El Diario de Hoy
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elsalvador.com
Se está llevando a cabo la campaña de conseguir un millón
de firmas para apoyar la moción del Dr. Rodolfo Parker del PDC
de reformar la Constitución para proteger a la familia, especificando
que se considere el matrimonio como la unión del hombre y la mujer,
así nacidos.
Y aunque lo de “así nacidos” parece una perogrullada,
ya que es de sentido común que las dos personas que constituyen
un matrimonio, la pareja y no el par, deben ser del mismo sexo por razones
biológicas de procreación, psicológicas de complementariedad
y hasta estéticas, urge remacharlo pues este tiempo parece haber
acabado con el orden establecido, llevándonos al reinado de lo
absurdo, cuyas consecuencias estamos todos padeciendo.
Si todos los salvadoreños soñamos con un país mejor
y en la medida de nuestras fuerzas estamos empeñados en ayudar
a sanear nuestra sociedad de los problemas de maras, de alcohol, de violaciones,
robos y drogas, los que propugnan por la legalización del matrimonio
entre personas del mismo sexo, deberían explicar las ventajas que
esto traería a nuestra sociedad y cómo mejoraría
su calidad de vida.
Con una soberbia desmedida, el hombre está intentando convertirse
en el centro del universo y hacer las cosas a su medida, olvidando que
hay un Creador, que hizo el mundo de la nada, hizo al hombre a su imagen
y semejanza y los creó hombre y mujer y puso el Decálogo,
para todos los hombres de todos los tiempos, porque encierra los principios
básicos para vivir en paz.
Como una prueba de su amor y confianza hacia el hombre, quiso hacerle
partícipe de su poder creador, para que uno con una y para siempre,
trajeran nuevas vidas al mundo, que crecieran y se desarrollaran en un
ambiente de amor, seguridad y alegría, hasta convertirse en hombres
y mujeres capaces de volar con alas propias, de lograr su autonomía
mediante el uso adecuado de su libertad.
Pero a medida que el mundo se ha hecho menos cristiano, se ha hecho menos
humano. Prueba de ello es la violencia y crueldad en que vivimos; la falta
de respeto a la mujer, a la familia y a la niñez. El permisivismo
sexual, la pornografía incontrolada en los medios de comunicación,
justificada con una libertad que realmente no existe. Hasta pretender
legalizar esos arrejuntes y llamarlos matrimonio, una institución
de ley natural, y que Jesu-cristo elevó a la dignidad de sacramento.
Sin embargo, no deja de ser curioso el anuncio aparecido en un periódico
de un concierto en que al publicarse el precio por pareja, se especificaba
que se referían a las formadas por un hombre y una mujer. Nada
de poder entrar los que como los aritos y los guantes, son únicamente
par y jamás llegarán a ser pareja.
Las excusas de que no es necesaria la reforma porque la Constitución
dice “unión de hombre y mujer” es ridícula ya
que a futuro pueden alegar que aunque nacieron hombres, en el momento
de casarse ya son mujeres, aunque en la realidad distan mucho de tener
aspecto femenino, y más bien lucen grotescamente disfrazados, porque
la feminidad es un regalo de Dios que nadie, ni operaciones ni maquillajes
pueden improvisar.
Es obligación grave de todos los salvadoreños sin distinción
de credos, ni de partidos políticos el estampar con santo orgullo
su firma hasta llegar al millón y lograr que se reforme la Constitución
en algo que verdaderamente vale la pena, pues pone un freno a futuros
abusos. Este es el momento en que los diputados tienen obligación
de tomar partido para defender a la familia y fortalecer las bases de
la sociedad.
Los indecisos, los que no se quieren comprometer deben recordar que a
los tibios los vomitará Dios, así como a todos los que por
pereza, indolencia o apatía no quieren firmar para completar el
millón.
*Columnista de El Diario de Hoy

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