The New York Times
 |
| Presión. Muchos de los
desempleados fueron empleados de las compañías “punto
com”. Foto: EDH
|
LOUIS
UCHITELLE y DAVID LEONHARDT
ROCK FALLS, Illinois.-
El Diario de Hoy
negocios@elsalvador.com
Alan Beggerow ha dejado de buscar trabajo. Despedido como trabajador
del acero a los 48 años de edad, enseñó matemáticas
por un tiempo en un colegio comunitario. Pero, cuando eso terminó,
no pudo encontrar un empleo que, en su opinión, no fuera ni denigrante
ni mal pagado.
Por ello, en vez de trabajar, Beggerow, de 53 años, ocupa sus días
con diversiones: tocando el piano, leyendo historias y biografías,
escribiendo historias de vaqueros que nadie publica al estilo de Louis
L’Amour, todas ellas actividades antes relegadas a su tiempo libre.
Con frecuencia se duerme tarde y se despierta hasta las 11:00 a.m.
“He llegado a comprender que mi tiempo libre vale mucho para mí”,
afirmó. Para ganarse la vida, usó el valor de su casa mediante
una segunda hipoteca por 30,000 dólares, y toma de los ahorros
de la familia, a un ritmo de 7,500 dólares anuales. Aún
le quedan aproximadamente 60,000. Los ingresos de su esposa ayuda a sostener
el hogar. “Si las cosas se ponen verdaderamente difíciles”,
comentó “podría tener que ocupar un empleo que pague
poco, pero no quiero hacer eso”.
Millones de hombres como Beggerow (entre los 30 y los 55 años)
han abandonado su empleo regular. Rechazan empleos que creen que están
por debajo de ellos o no pueden encontrar el trabajo para el que están
calificados.
Aproximadamente 13 por ciento de los hombres estadounidenses dentro de
este grupo de edad no trabajan, frente a cinco por ciento a fines de la
década de los 60. La diferencia representa cuatro millones de hombres
que trabajarían hoy si el índice de desempleo se hubiera
mantenido como en los 50 y 60.
Tendencia
La mayoría de estos hombres desaparecidos son, como Beggerow, ex
trabajadores de cuello azul sin más estudios que el bachillerato.
Pero sus filas aumentan a todos los niveles de estudios e ingresos. Los
refugiados de malogradas empresas de Internet han pasado años sin
trabajar en sus 30, mientras que ex gerentes de menos de 50 años
intentan estirar sus paquetes de despido y sus ahorros hasta el retiro.
Los ahorros acumulados pueden hacer que dejar de trabajar sea más
costeable en los niveles más altos que para Beggerow, pero la dinámica
suele ser la misma: la pérdida de una carrera y la creencia de
nuestro trabajo es valioso.
“Estos son hombres obligados a competir para reintegrarse a la fuerza
laboral, e incluso entonces no pueden reconstruir fácilmente lo
que muchos perdieron en un antiguo empleo”, señaló
Thomas A. Kochan, especialista en trabajo y administración de la
Escuela Sloan de Administración del Instituo de Tecnología
de Massachusetts. “Así que dejan de intentarlo”.
Muchos de estos hombres podrían encontrar trabajo si tuvieran que
hacerlo, pero con un sueldo más bajo y menores beneficios de los
que alguna vez percibieron, y decidieron que prefieren la alternativa.
Se trata de un importante cambio cultural respecto a hace tres décadas,
cuando casi invariablemente los hombres volvían a la fuerza laboral
tras perder un trabajo, y con frecuencia tenían más oportunidades
de encontrar un nuevo puesto que pidera satisfacer sus necesidades.
“Para ser honesto, quiero llegar a home”, dijo Christopher
Priga, de 54 años y quien no ha trabajado desde que perdió
un empleo con ingresos de seis dígitos como ingeniero eléctrico
en Xerox, en 2002. “No tiene sentido detenerse en las bases”,
explicó. “He seguido el camino en el que hice todas las cosas
que se suponía que hiciera, y el resultado de eso es cero”.
En vez de trabajar, Priga se sostiene pidiendo prestado sobre el creciente
valor de su casa en Los Ángeles. Otros hombres dependen de sus
esposas o de parientes.
Asistencia
Sin embargo, la fuente de ayuda de mayor crecimiento es un parchado sistema
de asistencia gubernamental, principalmente el seguro federal por incapacidad,
que es financiado por impuestos de Seguridad Social a la nómina.
Los estipendios por incapacidad ascienden hasta 1,000 dólares mensuales
y, después de los primeros dos años, la persona es elegible
para Medicare, lo que da acceso a seguros médicos que, para muchos
hombres “desaparecidos” no son ofrecidos por los trabajos
de bajo sueldo disponibles para ellos.
Ningún programa federal de asistencia crece con tanta rapidez,
mientras que más de 6.5 millones de hombres y mujeres reciben actualmente
cada mes pagos por incapacidad, frente a tres millones en 1990. Aproximadamente
25 por ciento de los hombres desaparecidos cobran este seguro.
Lo males que los califican suelen ser reales, como dolores de espalda,
problemas del corazón o enfermedad mental. Pero, en algunos casos,
las enfermedades no son tan graves que impidan a las personas trabajar
si tuvieran la opción de un empleo bien remunerado y con prestaciones.
A su vez, el programa de discapacidad es un obstáculo para volver
a trabajar. Aceptar un trabajo es correr el riesgo de demostrar que se
puede ganar la vida y, por lo tanto, uno no tiene derecho a los pagos
mensuales. Sin embargo, no trabajar tiene consecuencias.
|