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Los hombres desaparecidos: sin empleo, ni esperanza

Tendencia. Alrededor del 13% de los hombres en edad de trabajar no lo hacen. Muchos optan por vivir con los programas de asistencia

Publicada 7 de agosto 2006, El Diario de Hoy

The New York Times

Presión. Muchos de los desempleados fueron empleados de las compañías “punto com”. Foto: EDH

LOUIS UCHITELLE y DAVID LEONHARDT
ROCK FALLS, Illinois.-
El Diario de Hoy
negocios@elsalvador.com

Alan Beggerow ha dejado de buscar trabajo. Despedido como trabajador del acero a los 48 años de edad, enseñó matemáticas por un tiempo en un colegio comunitario. Pero, cuando eso terminó, no pudo encontrar un empleo que, en su opinión, no fuera ni denigrante ni mal pagado.

Por ello, en vez de trabajar, Beggerow, de 53 años, ocupa sus días con diversiones: tocando el piano, leyendo historias y biografías, escribiendo historias de vaqueros que nadie publica al estilo de Louis L’Amour, todas ellas actividades antes relegadas a su tiempo libre. Con frecuencia se duerme tarde y se despierta hasta las 11:00 a.m.

“He llegado a comprender que mi tiempo libre vale mucho para mí”, afirmó. Para ganarse la vida, usó el valor de su casa mediante una segunda hipoteca por 30,000 dólares, y toma de los ahorros de la familia, a un ritmo de 7,500 dólares anuales. Aún le quedan aproximadamente 60,000. Los ingresos de su esposa ayuda a sostener el hogar. “Si las cosas se ponen verdaderamente difíciles”, comentó “podría tener que ocupar un empleo que pague poco, pero no quiero hacer eso”.

Millones de hombres como Beggerow (entre los 30 y los 55 años) han abandonado su empleo regular. Rechazan empleos que creen que están por debajo de ellos o no pueden encontrar el trabajo para el que están calificados.

Aproximadamente 13 por ciento de los hombres estadounidenses dentro de este grupo de edad no trabajan, frente a cinco por ciento a fines de la década de los 60. La diferencia representa cuatro millones de hombres que trabajarían hoy si el índice de desempleo se hubiera mantenido como en los 50 y 60.

Tendencia

La mayoría de estos hombres desaparecidos son, como Beggerow, ex trabajadores de cuello azul sin más estudios que el bachillerato. Pero sus filas aumentan a todos los niveles de estudios e ingresos. Los refugiados de malogradas empresas de Internet han pasado años sin trabajar en sus 30, mientras que ex gerentes de menos de 50 años intentan estirar sus paquetes de despido y sus ahorros hasta el retiro.

Los ahorros acumulados pueden hacer que dejar de trabajar sea más costeable en los niveles más altos que para Beggerow, pero la dinámica suele ser la misma: la pérdida de una carrera y la creencia de nuestro trabajo es valioso.

“Estos son hombres obligados a competir para reintegrarse a la fuerza laboral, e incluso entonces no pueden reconstruir fácilmente lo que muchos perdieron en un antiguo empleo”, señaló Thomas A. Kochan, especialista en trabajo y administración de la Escuela Sloan de Administración del Instituo de Tecnología de Massachusetts. “Así que dejan de intentarlo”.

Muchos de estos hombres podrían encontrar trabajo si tuvieran que hacerlo, pero con un sueldo más bajo y menores beneficios de los que alguna vez percibieron, y decidieron que prefieren la alternativa. Se trata de un importante cambio cultural respecto a hace tres décadas, cuando casi invariablemente los hombres volvían a la fuerza laboral tras perder un trabajo, y con frecuencia tenían más oportunidades de encontrar un nuevo puesto que pidera satisfacer sus necesidades.

“Para ser honesto, quiero llegar a home”, dijo Christopher Priga, de 54 años y quien no ha trabajado desde que perdió un empleo con ingresos de seis dígitos como ingeniero eléctrico en Xerox, en 2002. “No tiene sentido detenerse en las bases”, explicó. “He seguido el camino en el que hice todas las cosas que se suponía que hiciera, y el resultado de eso es cero”.

En vez de trabajar, Priga se sostiene pidiendo prestado sobre el creciente valor de su casa en Los Ángeles. Otros hombres dependen de sus esposas o de parientes.

Asistencia

Sin embargo, la fuente de ayuda de mayor crecimiento es un parchado sistema de asistencia gubernamental, principalmente el seguro federal por incapacidad, que es financiado por impuestos de Seguridad Social a la nómina. Los estipendios por incapacidad ascienden hasta 1,000 dólares mensuales y, después de los primeros dos años, la persona es elegible para Medicare, lo que da acceso a seguros médicos que, para muchos hombres “desaparecidos” no son ofrecidos por los trabajos de bajo sueldo disponibles para ellos.

Ningún programa federal de asistencia crece con tanta rapidez, mientras que más de 6.5 millones de hombres y mujeres reciben actualmente cada mes pagos por incapacidad, frente a tres millones en 1990. Aproximadamente 25 por ciento de los hombres desaparecidos cobran este seguro.

Lo males que los califican suelen ser reales, como dolores de espalda, problemas del corazón o enfermedad mental. Pero, en algunos casos, las enfermedades no son tan graves que impidan a las personas trabajar si tuvieran la opción de un empleo bien remunerado y con prestaciones.
A su vez, el programa de discapacidad es un obstáculo para volver a trabajar. Aceptar un trabajo es correr el riesgo de demostrar que se puede ganar la vida y, por lo tanto, uno no tiene derecho a los pagos mensuales. Sin embargo, no trabajar tiene consecuencias.

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

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