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Recuerdo. José Álvaro Servellón fue enterrado ayer en el cementerio de Santo Domingo. Foto:
EDH
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Mirella C áceres/Sonia Bernal
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
Las calles de Santo Domingo, San Sebastián y San Rafael Cedros lucían ayer un tanto desoladas.
El silencio era roto sólo por el llanto de las familias de cinco de las ocho personas que murieron el sábado al caer un camión en un precipicio en el cantón Santa Rosa Nacaspilo, de San Miguel.
Y es que cinco hombres, la mayoría pilares de sus hogares, se fueron para siempre.
Madres, esposas e hijos todavía no lo pueden creer.
Las víctimas se dirigían en el camión de la discoteca móvil Calipso, a amenizar una fiesta en San Gerardo.
Flores, velas y rezos llenaban las casas de los difuntos a manera de despedida antes de inhumarlos.
No era fácil para estas familias asimilar esta realidad, haberlos visto partir de sus hogares y recibirlos luego, adentro de ataúdes. “Lo trajimos a la una de la madrugada, luego que lo reconociera Medicina Legal. Esto ha sido terrible”, explicó María Etelvina Gómez, hermana de Luis Alonso Gómez, una de las víctimas.
José Álvaro Servellón, José Alonso Gómez, Ronney Flores y Luis Enrique Castañeda fueron enterrados ayer por la tarde, mientras que el sepelio de José Vidal, originario de San Sebastián, será hoy a las 2:00 p.m.
Los otras víctimas del accidente, MiguelÁngel García y un joven conocido como Mauricio Ernesto, también fueron enterradas en sus lugares de origen, Zacatecoluca y San Juan del Mosco respectivamente. Dolientes como Zulma de Flores y Juana Santos López esperan una indemnización.
Por otro lado, el único sobreviviente de la tragedia, Carmen Navas, saldrá hoy del hospital. “Dios me ha dado una nueva oportunidad”, dice aliviado.
“Ganaba $15 por cada fiesta que amenizaban”
El sepelio de José Álvaro Servellón, de 34 años, ocurrió temprano, a pocas horas de que su cuerpo fuera llevado dentro de un ataúd a su casa situada en el barrio LaCruz de Santo Domingo, San Vicente.
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Funeral. Una caja sellada guarda el cuerpo de José .Foto: EDH |
Aunque era agricultor, trabajaba de manera ocasional como cargador para la empresa Calipso desde hace unos cinco años. Nunca se casó ni tuvo hijos, y siempre vivió con su madre.
“Él era bien enfermo, le daban convulsiones y me costó que me lo curaran. Se le quitó esa enfermedad cuando cumplió los 12 años.
Nunca pensé que se me fuera a morir de esa forma”, dice Juana Santos López, la madre.
Según algunos parientes, José fue de los pocos que quisieron hacer el viaje a San Gerardo para amenizar las dos fiestas por las que le pagaban $15, según la madre.
José Álvaro era el último de nueve varones que procreó doña Juana, y el primero de los seis que le sobrevivieron. Así como lo vio nacer, ayer lo enterró.
“No quería ir a ese viaje, pero al final aceptó”
“No tengo ganas de ir a ese viaje con la Disco porque hay que aporrear los frijoles”, le comentó José Vidal Flores a Zulma, su compañera de vida, cuando le propusieron trabajar con la discomóvil. Ella lo desanimó pero al final emprendió el viaje.
Y es que casi 20 años laborando como técnico de la empresa lo obligaban a ausentarse de vez en cuando de su casa en el caserío Los Lara de San Sebastián. “Era el que más podía instalar las luces y todo eso”, dice Zulma.
Según Zulma, le insistió tanto Ronney, el dueño de la empresa, que aceptó. Partió de su casa el jueves por la tarde, fue la última vez que lo vieron con vida ella y sus cinco hijos.
Por dos años, José Vidal evadió peligros de muerte durante la guerra mientras sirvió en la V Brigada de Infantería de San Vicente. “Sólo tuvo rasponcitos, nada grave”, recuerda su madre, Martina.
Esta vez no pudo librar la muerte y con él se fueron sus sueños de sacar adelante a su familia. “Planeaba ir a trabajar a los Estados Unidos para comprar un terreno y levantar una casa, porque aquí, aunque él trabajaba mucho, el dinero no alcanzaba”, relata Zulma, mientras abraza a Luis, uno de sus cinco hijos, a los que ahora criará sola.
“Él hizo el viaje porque su hermano no quiso” Numerosos arreglos florales adornaban el sencillo ataúd de José Alonso Gómez Cruz. Estaba sellado. Su compañera de vida, María del Rosario, quería que lo recordaran como fue en vida y no con su rostro destrozado.
Sus vecinos lo recordaban por su caracter reservado y respetuoso, que asistía a misa los domingos con su María y sus cuatro hijos.
Así también por el espíritu de colaboración mostrado con la comunidad, ya que había ayudado a construir las viviendas financiadas por la Unión Europea.
Ayer era velado en la pequeña casita de concreto que él construía para su familia y que no terminará.
Su padre, Jerónimo Cruz, cuenta que su hijo, de 32 años, aceptó trabajar esta vez para Calipso porque su hermano Juanno quiso ir.
“Padre e hijo murieron en una forma similar”
Ana de Huezo no podía contener las lágrimas ayer al ver el féretro de su hijo mayor, Ronney Leonardo Huezo Flores.
“Su padre murió hace cuatro años cuando venía de amenizar una fiesta con la orquesta La Boa, y ahora él se va igual”, decía entre sollozos.
Ronney, un joven de 23 años y muy dinámico, era el conductor del camión en el que murieron otras siete personas, entre ellos su primo hermano, Luis Enrique Castañeda, de
20 años.
Luis fue otro de los que no quería ir pero al final acompañó a su primo por solidaridad en ese viaje del cual no retornaron, según relató su madre, Rosa Castañeda.
Ana Miriam Ayala, esposa de Ronney, también lamentaba que con él se hubieran ido tantos planes, como el procrear hijos.
Una arteria demasiado peligrosa
La curva de Santa Rosa Nacaspilo sigue siendo un peligro sin atender
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Punto trágico. El tramo de donde cayó el camión. Foto: EDH |
El sitio del accidente ocurrido ayer en el municipio de Carolina, en San Miguel, representa un riesgo demasiado grande para automovilistas.
Aparte de que se trata de una curva muy cerrada sobre una pendiente muy inclinada, no cuenta con la señalización obligatoria.
Cinco accidentes de tránsito se han registrado en ese mismo sitio en los últimos dos años.
Los peores son el del sábado, en el que murieron ocho personas, y el otro ocurrido el 14 de agosto de 2004, en el que 40 personas provenientes de Guatajiagua perdieron la vida al caer en el barranco el autobús en el que se conducían.
La policía atribuyó el percance a que el conductor manejaba el vehículo a excesiva velocidad, y a su inexperiencia.
Sin embargo, la madre de Ronney Leonel Flores Castañeda, quien murió junto a otros siete ocupantes, adjudicó al tipo de pendiente el hecho que no le hayan respondido los frenos.
“Lo que pasó es que por lo empinado de la cuesta se cristalizaron los frenos. Además el vehículo estaba en buenas condiciones porque mi hijo tenía cuidado de eso” , apunta Ana deHuezo, madre de Ronney.
Pese a que es un lugar donde se han repetido varias tragedias, la señalización vial sigue siendo un tema pendiente de resolver.
Una barda gris es la única protección que tiene una parte de la curva.
Ayer se intentó obtener la reacción del ministro de Obras Públicas, David Gutiérrez, respecto a este tema, pero dijo desconocer sobre la tragedia por haber estado fuera del país.
También se buscó la opinión del viceministro de esa misma cartera, pero no estaba disponible.

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