| Minxin Pei*
El
Diario de Hoy
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La China comunista ha experimentado una monumental revolución capitalista en los dos últimos decenios, con una economía que ahora es seis veces mayor de lo que era hace 20 años. China, que en el decenio de 1980 era una participante de menor importancia en la economía mundial, es la tercera potencia comercial del mundo, pero, si esas imponentes estadísticas económicas hacen pensar al lector que tamaño desarrollo capitalista ha de haber ido acompañado de más democracia en China, debe analizarlo más a fondo.
La mayoría de los occidentales creen en una teoría de la evolución liberal, según la cual el crecimiento económico sostenido, al aumentar la riqueza y el tamaño de la clase media, va volviendo gradualmente más democrático un país. Aunque la ejecutoria a largo plazo de esa teoría es irrefutable, la autoritaria minoría gobernante de China no sólo está decidida a conservar el poder, sino que, además, ha tenido la suficiente astucia para adoptar medidas de adaptación encaminadas a contrarrestar los efectos liberalizadores del desarrollo económico.
Así, pese a sus impresionantes logros económicos, China ha avanzado muy poco en la liberalización política. De hecho, a juzgar por varios indicadores principales, el avance de China hacia la democracia se ha detenido, pese a una prosperidad y libertad personal sin precedentes.
Por ejemplo, a mediados del decenio de 1980, los dirigentes chinos examinaron muy en serio y después formularon un plan para la aplicación de modestas reformas democráticas. En la actualidad, el tema de la reforma política es tabú. Casi todas las reformas institucionales importantes, como, por ejemplo, el fortalecimiento del Legislativo, la celebración de elecciones en los pueblos y la creación de un sistema jurídico moderno, se remontan al decenio de 1980. Sin embargo, desde la matanza de la plaza Tiananmen de junio de 1989, no se ha aplicado ni una sola reforma democrática importante.
En lugar de una transición democrática, China ha presenciado una consolidación del gobierno autoritario: el fortalecimiento de un régimen de partido único mediante el aprendizaje y la adaptación organizativos. Desde 1989, el Partido Comunista chino ha aplicado una doble estrategia: represión selectiva de la oposición política organizada y cooptación de las nuevas minorías sociales selectas (intelligentsia, profesionales y empresarios privados).
Esa estrategia hace hincapié en el mantenimiento de un extenso aparato represivo, destinado a eliminar cualquier incipiente oposición organizada. Se han hecho inversiones muy importantes para el fortalecimiento de la Policía Armada Popular (PAP), importante fuerza paramilitar antidisturbios, cuya especialidad es la represión rápida de las protestas antigubernamentales por parte de trabajadores industriales descontentos, campesinos y residentes urbanos. El despliegue frecuente de la PAP es una razón poderosa por la que las decenas de miles de protestas colectivas que se producen al año (74.000 en 2004 y 86.000 en 2005), han tenido repercusiones insignificantes en la estabilidad general de China.
Para afrontar las nuevas amenazas políticas que están surgiendo, como, por ejemplo, la revolución de la información, el Gobierno de China ha hecho grandes gastos en mano de obra y tecnología. Una importante unidad de policía, compuesta de 30.000 miembros, vigila y criba el tráfico por la red de la Internet, se despliega tecnología avanzada para bloquear el acceso a sitios extranjeros de dicha red considerados “hostiles o perjudiciales” y los proveedores de servicios y contenidos en la Internet, nacionales y occidentales, deben cumplir restricciones onerosas encaminadas a reprimir la disidencia política y a localizar a los infractores. El régimen ha llevado a cabo incluso operaciones multiinstitucionales para ver si diferentes organismos estatales podrían cooperar estrechamente para mantener la “información perjudicial” fuera de la red durante una emergencia.
Tras haber aprendido del hundimiento de la Unión Soviética que un partido gobernante burocrático debe cooptar a las nuevas minorías sociales selectas, para privar de dirigentes a los posibles grupos de oposición, el Partido Co-munista ha llevado a cabo una eficaz campaña de ampliación de su base social. Se ha mimado con gratificaciones materiales y reconocimiento político a la intelligentsia y a los profesionales, al tiempo que se ha permitido a los nuevos empresarios privados ingresar en el Partido.
Aunque el método del palo y la zanahoria aplicada por el Partido ha funcionado desde 1989, es dudoso que conserve su eficacia durante otros 17 años. En la medida en que el régimen autoritario de China es por naturaleza excluyente (sólo puede admitir a un número limitado de minorías selectas), la estrategia de la cooptación no tardará en llegar hasta sus límites y el Partido dejará de contar con recursos para comprar a la intelligentsia o mantener contentos a los empresarios privados.
Así, pues, puede ser prematuro que el Partido celebre el éxito de su estrategia de adaptación. Los dirigentes de China pueden haber detenido las tendencias democráticas por ahora, pero la estrategia actual tal vez haya aplazado simplemente lo inevitable.
Copyright: Project Syndicate. *Colaborador principal del Carnegie Endowment for International Peace.

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