| José
Miguel Cruz*
S El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Hace
un par de años, un estudio sobre la participación política
de las mujeres, realizado por la UCA, reveló una serie de datos
importantes sobre la manera en que las mujeres salvadoreñas participan
políticamente. Estos datos permiten explicar buena parte del comportamiento
político de las mujeres, en un país y en un sistema en el
que, a pesar de las transformaciones y los esfuerzos por combatir la discriminación,
aún se encuentran excluidas en buena parte.
La primera constatación del estudio es que las mujeres participan
de la política mucho menos que los hombres. Esto implica no sólo
que votan menos que los hombres, sino que también se organizan
y participan de las organizaciones políticas y sociales en menor
proporción que los hombres. Con excepción de algunos tipos
de organización como las asociaciones de padres de familia y las
directivas comunitarias, en donde las mujeres tienen una presencia, y
por lo general un liderazgo indiscutible, en la mayor parte de las organizaciones
políticas y sociales participan y deciden casi exclusivamente los
hombres.
Pero uno de los hallazgos fundamentales del estudio es que la diferencia
fundamental entre hombres y mujeres en la participación política,
está mediada por dos variables que parecen ser las más importantes.
La primera es el nivel de escolaridad de las personas y la segunda es
la condición de trabajadora del hogar.
En términos de participación electoral y de cultura política,
las mujeres que tienen elevados niveles de educación y que laboran
fuera del hogar se parecen mucho más a los hombres, que a las mujeres
que son amas de casa y que tienen muy poca escolaridad. En tal sentido,
aquéllas tienen más oportunidades y muestran más
involucramiento en la dinámica sociopolítica del país
que éstas.
En realidad, lo que hace que las mujeres en general aparezcan con menos
participación política y con actitudes políticas
más conservadoras y más alineadas al machismo predominante
en la cultura es el numeroso grupo de mujeres que son amas de casa, las
cuales se encuentran mayoritariamente en la zona rural del país
(aunque también hay un porcentaje elevado en las zonas urbanas).
Son éstas las que básicamente se diferencian del resto de
la población, llevan al resto de mujeres a promedios más
bajos de participación y se diferencian significativamente de los
hombres cuando se trata de vincularse a la realidad sociopolítica.
En términos de cultura política, estas diferencias significan
no sólo que las mujeres amas de casa participan menos políticamente,
también significa que, por ejemplo, muestran actitudes más
autoritarias, se alinean más fácilmente con la derecha política
más extrema y suelen tener una postura menos informada y menos
crítica con respecto a lo que sucede en la realidad. En tal sentido,
este es el grupo que suele apoyar más al gobierno de forma pasiva,
pero en sus propios hogares reproducen los mensajes que favorecen a ARENA
y al conservadurismo de derechas.
Sin embargo, aquellas que se deciden a participar votando en las elecciones
lo hacen a favor del partido gobernante porque, dado su bajo nivel de
formación escolar, son más susceptibles a la propaganda
electoral.
Claro, esto no quiere decir que todas las mujeres amas de casa son de
derecha y votan a favor del gobierno, pero el estudio da muestras de la
existencia clara de ese perfil predominante.
De todo esto se saca que la gran condición que puede transformar
esa situación y, por tanto, la condición de desventaja de
las mujeres en la participación política, es la educación.
Ésta es la variable singular más importante en la dinámica
de desigualdad política entre hombres y mujeres.
Apostar por la educación de las mujeres implica no sólo
mejorar sus circunstancias inmediatas de vida sino también poner
las condiciones para modificar los mecanismos de desigualdad y favorecer
el cambio social.
Mujeres más educadas implica, en primer lugar, más informadas
y con más criterios de comportamiento político, pero también
implica mayores índices de participación ciudadana sobre
la base de una cultura política menos autoritaria; por otro lado,
implica también relaciones de género menos desiguales y
oportunidades económicas más equitativas con respecto de
los hombres.
Todo esto convierte a la educación en la herramienta de transformación
más importante de nuestra sociedad, para combatir la desigualdad
de género.
*Director del IUDOP de la UCA y columnista de El Diario de Hoy.

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