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Punto de vista
El rey desnudo

Pienso que vale la pena intentar explicar por qué el cuento del rey desnudo sigue teniendo vigencia, a pesar de que pocos comprendan que la desnudez no es el estado natural del rey

Publicada 29 de julio de 2006, El Diario de Hoy

Carlos Mayora Re*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

“Había un rey que siempre iba desnudo. Los sastres de la corte le habían engañado. Creía llevar los vestidos más exquisitos, hechos con las telas más exóticas. Sin embargo, se presentaba a las galas y audiencias reales totalmente desnudo.

Nadie decía nada. Al contrario, sus súbditos disimulaban la chanza alabando su sutil vestimenta. Un día surgió de entre el público asistente a una ceremonia un niño que comenzó a reírse a carcajadas del monarca y a gritar de esta manera: “¡El rey va desnudo! ¡El rey va desnudo!”. Sus padres no consiguieron hacerle callar. Entonces, la guardia real lo arrestó y lo llevó a las mazmorras del castillo”.

Hasta aquí, es muy conocido el clásico cuento de Andersen. Sin embargo, Carlos Goñi, un autor que leo de vez en cuando, no deja ahí las cosas. Completa la narración y prolonga la historia del insensato que se atreve a denunciar la desnudez real.

El muchacho, “pasó muchos años en el subterráneo húmedo y frío sin poder hablar con nadie, por lo que olvidó la incipiente lengua materna e inventó un lenguaje propio. Cuando cumplió la condena y recuperó su libertad, continuaba viendo al rey desnudo. Pero ya no reía a carcajadas, sino que se ponía muy serio y gritaba: “¡Jobas tinse lodesve! ¡Jobas tinse lodesve!”. Pero nadie le entendía”. Y, por supuesto, nadie pensaba que valiera la pena encarcelarle.

Se lo veía como se ve a los locos que viven en su mundo irreal, enajenados.
Algo de eso nos está pasando con la ética y los valores. Parece que todo el mundo sabe que van desnudos, pero a nadie le importa. Parece que al principio era importante denunciar la vanidad del rey y la desfachatez de quienes le adulaban. Quien la denunciaba provocaba escándalo, ahora ya no. Se ha perdido la idea de realeza, de decencia y de desnudez.

Me parece que, hasta ahora, la discusión se ha presentado en torno a si los valores generales han perdido vigencia. Pero, en realidad es una discusión superficial, en el fondo se debate acerca del valor general de los valores.

Lo que era sabido “de toda la vida” en moral y costumbres, ya no es así. Una anécdota. Me la contó alguien que no sabía si reír o llorar mientras me la narraba. Resulta que la esposa de Rodríguez Zapa-tero recibió un regalo de parte de Benedicto XVI en su reciente visita a España.

La oficina de información del gobierno español, en un informe oficial de la visita, informaba que el Papa había regalado a la esposa del Presidente del Gobierno, “un collar de perlas con una cruz”. Obviamente el regalo era un rosario, que el periodista responsable del boletín no había visto nunca en su vida.

El rey está desnudo. Nadie se da cuenta. Y cuando alguien se atreve a denunciar la situación sólo es capaz de decir: “¡Jobas tinse lodesve! ¡Jobas tinse lodesve!” Y con razón, nadie le entiende.

El diálogo mismo queda destituido, porque no hay un idioma común en el cual comunicarse. Idioma, lenguaje, implica racionalidad. Y en estos tiempos parece que los valores razonables están dejando su lugar a los valores sentimentales. Actualmente, a la hora de escoger los criterios de acción, tiene mucha más fuerza el sentir que el comprender.

Ya no se trata de represión o alienación, autoritarismo o imposición. Ahora el problema es de destitución y atomización. Con un afán dislocado de libertad, el propio criterio prima sobre cualquier cosa. Me corrijo: no el propio criterio sino el gusto de cada uno se convierte en la única clave para interpretar sus acciones. Ley del gusto, mínimo esfuerzo, comodidad. Crueldad, tiranía, imposición.

Desde el campo de la filosofía, de la religión, desde tantas vidas esforzadas hay muchos gritando “¡Jobas tinse lodesve! ¡Jobas tinse lodesve!”, pero es inútil. ¿De qué sirve empeñarse en denunciar lo que pocos, muy pocos, de los intelectuales contemporáneos están dispuestos a reconocer?

Quizá exagero, espero que sí. Digamos que hago una caricatura, de acuerdo. Sin embargo, también las caricaturas dicen verdades, y las grandes caricaturas, grandes verdades. Por eso, pienso que vale la pena intentar explicar por qué el cuento del rey desnudo sigue teniendo vigencia, a pesar de que pocos comprendan que la desnudez no es el estado natural del rey.

*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario de Hoy.

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