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Opinando
Apostemos por la geotermia

Ante el fin ineluctable de las reservas del petróleo, y de otros combustibles afines, nosotros tenemos en nuestros volcanes, ausoles, fuentes termales, infiernillos, lodazales hirvientes y fumarolas.

Publicada 28 de julio de 2006, El Diario de Hoy

Armando Rivera Bolaños*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Las manifestaciones geotérmicas americanas, inspiraron la imaginación de las antiguas civilizaciones que poblaron el continente, así como motivan el interés de las presentes generaciones.

Los ausoles, los manantiales termales, lodazales hirvientes, erupciones volcánicas y los famosos infiernillos, estuvieron y siguen presentes en las creencias populares, los fundamentos religiosos de los indígenas y por supuesto, maravillaron de manera extraordinaria a los conquistadores españoles, quienes al ver agotadas sus municiones, aprovecharon los yacimientos de azufre y salitre, abundantes en los conos volcánicos, para fabricar pólvora, elemento esencial que determinó el triunfo de su epopeya.

En Europa, los antiguos romanos utilizaban el aspecto calórico de las aguas sulfurosas para sus amplios y lujosos baños termales, que hicieron famosa a la ciudad de Pompeya.

Pero en cuanto a la utilización del calor de la tierra como elemento energético, la honra le corresponde al príncipe e inventor Piero Ginori-Conti, quien basado en los experimentos del francés Larderel, los perfecciona de tal manera que crea en 1904 la primera planta geoérmica, de pequeñas proporciones, para encender cinco lámparas en una propiedad rural.

En nuestro país, la visión de aprovechar el caudal geotérmico tampoco es nuevo. En los archivos existe un oficio del entonces Ministro de Rela-ciones Exteriores e Interior, don Ignacio Gómez, durante la administración del general José María San Martín, quien lo giró en septiembre de 1854 a los ocho gobernadores departamentales de aquel entonces, que le permitió tener informes de que en la sierra de Apaneca habían muchos “hervederos de agua sulfurosa, en cuyas orillas se recogen sales como vitriolo azul y azufre”.

Ya en el Siglo XX, desde los años cuarenta y cincuenta, los entendidos nacionales y científicos como los doctores Adolf y Helmut Meyer-Abich, provenientes de Alemania, plantearon la posibilidad de utilizar ese caudal inagotable, benigno con el ambiente y con escasa o nula contaminación, hasta que fructificó con la planta geotérmica ubicada en los ausoles de Ahuachapán, ya conocidos desde hace centenares de años por los mayas, hasta el punto que esa palabra proviene de idioma que hablara esa raza. Esa planta, con algunas innovaciones, sigue activa a pesar de que fue inaugurada a finales de los años sesenta.

Aunque ya funcionaba esa planta de Ahuachapán, hombres de gran visión como lo fue don Víctor De Sola, presidente de CEL desde 1950 hasta 1978, ordenó la investigación geotérmica en otros lugares del país, aunque ya existían antecedentes desde el año de 1889, fue gracias a este dinámico salvadoreño, que años después otra planta es puesta a funcionar en las inmediaciones de la ciudad de Berlín, departamento de Usulután, y, según informes publicadas en la extraordinaria e importante obra titulada “Historia de la energía geotérmica de El Salvador”, editada por una prestigiosa empresa privada, otros sitios son objeto de estudios de factibilidad para nuevas plantas geotérmicas, que por ahora cubren más del veinticuatro por ciento de la energía eléctrica que utilizamos en el país.

Ante el fin ineluctable de las reservas del petróleo, y de otros combustibles afines, nosotros tenemos en nuestros volcanes, ausoles, fuentes termales, infiernillos, lodazales hirvientes y fumarolas, un potencial inimaginable de energía geotérmica, con la cual no sólo abasteceríamos de eletricidad el mercado local, sino que podríamos venderla a otros países de la región y más allá... ¡Apostemos, señores empresarios, a la energía geotérmica!

*Abogado y Notario.

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