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Meditanto
Jesucristo, ¿una piadosa y bella mentira?

El cristianismo, que nace en Israel, no es asimilado por este pueblo. A pesar de que su geografía fue el lugar de los milagros de Jesús. Su cultura va a prestar a Jesús el estilo de sus parábolas

Publicada 27 de julio de 2006, El Diario de Hoy

Roberto A. Torruella*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Algún pensador dijo, y con razón: “Nihil sub sole, movum”. Es porque, en lo que respecta a la vida, al ser, al hombre como tal, nada nuevo se ha dicho bajo el sol en la milenaria historia de la humanidad.

Hablando de religiones y, para concretar el tema, hablando de Jesucristo, innumerables actitudes ha tomado el hombre frente a Él. Ha habido incrédulos, librepensadores, apóstatas, herejes, masones, comunistas y, pasando por los indiferentes, dar el salto sobre los tibios y medio piadosos, para encontrarnos, llenos de admiración, con los miles de santos y de mártires o con los millones de seres humanos de todas las razas, edades, cultura y condición social que han creído en el amor de Dios, el Dios de la Biblia, que se hizo historia en la persona de Jesucristo.

Todos estos hombres y mujeres quisieron sencilla y libremente expresar “la opción fundamental de su vida”, afirmando su fe en Jesucristo y, consecuentemente, que: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una persona, que da un nuevo horizonte a la vida”. (Bene-dicto XVI, Carta Encíclica “Deus caritas est”).

Conste. Este acontecimiento que brota del “encuentro del cristiano con una persona, Jesucristo, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Benedicto XVI), provoca ese gigantesco fenómeno humano llamado cristianismo, que ha constituído una maravillosa experiencia universal y constante, durante más de veinte siglos.

Ahora bien. El hecho anterior, que va más allá, muchísimo más allá de lo extraordinario, no tiene comparación con ningún otro fenómeno religioso, llámese budismo, sintoísmo o islamismo. Todas estas religiones, que merecen respeto, tienen un condicionante geográfico y étnico, pues sólo son conocidos fuera de su tierra de origen, muchísimo tiempo después de la muerte de sus fundadores.

El cristianismo, que nace en Israel, no es asimilado por este pueblo. A pesar de que su geografía fue el lugar de los milagros de Jesús. Su cultura va a prestar a Jesús el estilo de sus parábolas. Sus sinagogas: un lugar más para dar sus enseñanzas. Sin embargo, a pesar de que ese pueblo fue domesticado por las autoridades religiosas, hasta condenar a muerte al Señor, son muchos los que van a seguir al Maestro, movidos por su palabra, movidos por sus milagros, movidos por el testimonio de su vida, a tal grado que muy pronto, a pesar de lo exigente de sus condiciones, como amar y perdonar sin límites, o cuando dice: “El que quiera venir en pos de mí, que tome su cruz y que me siga”, muy pronto aparecerán los primeros mártires, como testimonios de la seguridad de su fe en Jesucristo, a tal grado que un apologista de esa época, Tertuliano, dirá que “la sangre de los mártires es semilla de cristianos” y este hecho va a constituir el signo del cristianismo a lo largo de la historia.

Diríamos, hablando exclusivamente para cristianos, que hay razones para creer que realmente hay un claro proyecto de Dios en su plan de salvación, encomendado a su Hijo, Jesucristo, que afirmó: “He venido a cumplir la voluntad de mi Padre: que todos los hombres se salven” y “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

Muy probablemente podremos ayudarnos para valorar a Jesu-cristo y a la Iglesia, la reflexión de un fariseo inteligente, llamado Gamaliel, “que era doctor de la Ley y persona muy estimada por todo el pueblo” (Hechos 5, 34). Dijo, pues, Gamaliel, ante el sumo sacerdote, el consejo y el jefe de la policía del templo, cuando reclamaban a los apóstoles Pedro y Juan por seguir hablando de ese “hombre”, a pesar de habérsele prohibido: “Colegas, no actúen a la ligera. Recuerden que tiempo atrás se presentó un tal Teudas, que pretendía ser un gran personaje.

Más tarde pereció, sus seguidores se dispersaron y todo quedó en nada. Tiempo después, en la época del censo, surgió Judas el Galileo, que arrastró al pueblo en pos de sí. Pero también éste pereció y todos sus seguidores se dispersaron. Por eso les aconsejo ahora que se olviden de estos hombres. Si su proyecto es cosa de hombres, se vendrá abajo. Pero si viene de Dios, ustedes no podrían destruirlos y ojalá no estén luchando contra Dios” (Hechos 5, 35).

Surge la pregunta: ¿Se podrá medir la audacia y maldad del autor de la tristemente divulgada novela “El código da Vinci”? ¿Podrá alguien inteligente darle importancia? Que juzguen los que, buscando con sinceridad quién fue Jesús de Nazareth, han leído lo que, los testigos de su vida, escribieron sobre Él.

Estos fueron los primeros en dar el salto increíble de pasar del conocimiento del Jesús de la historia al Jesús de la fe: El Mesías prometido.

*Monseñor. Párroco de la Iglesia La Merced.


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