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El último vuelo del marinero

Sepelio. Ayer arribaron al país los restos del sargento José Miguel Perdomo, muerto en Iraq. Lo sepultarán mañana a las 9.30 a.m. en su pueblo natal, San Rafael Oriente, San Miguel


Publicada 25 de julio de 2006 , El Diario de Hoy

Volviendo a casa. Martín Sánchez, padre de Perdomo, despidiéndose del aeropuerto de Ilopango. Ayer volvió a San Rafael Oriente, con el cuerpo de su hijo. Foto: EDH

Jorge Beltrán
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

Alas 4:25 p.m. de ayer, en un helicóptero militar, tan viejo como la guerra de Vietnam, hizo su último vuelo el sargento de la Fuerza Naval José Miguel Perdomo, quien murió por el estallido de una mina en una carretera en Iraq.

A diferencia de los vuelos que hizo en esas aeronaves durante la guerra de los 80, cuando era acompañado por sus compañeros de milicia, ayer lo acompañaron sus padres, su esposa, su pequeño Bryan (de cuatro años), sus hermanos y los pilotos del aparato.

Fue su último vuelo rodeado de militares y parientes hacia el lugar donde nació: San Rafael Oriente, en el departamento de San Miguel.

El vuelo anterior lo hizo en un avión verdusco C-130 de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, de esos ruidosos cuatrimotores.

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Se fue para Iraq con 379 compañeros más, pero la bomba que destrozó el Humvee que manejaba lo obligó a volver sin ellos, sólo acompañado por varios soldados desconocidos.

Pero ayer, a las 4:00 p.m. una formación de soldados salvadoreños lo esperaba con el corazón apesadumbrado.

Una marcha militar infundía más consternación en los que presenciaron la llegada de Perdomo a la Base Aérea Militar de Ilopango, de la Fuerza Aérea Salvadoreña.

Escoltado por dos marinos y cuatro militares más, el féretro avanzó paso a paso desde que bajó del vientre del C-130 hasta quedar frente al comandante general de la Fuerza Armada, el Presidente Elías Antonio Saca; el ministro de Defensa, general Otto Romero, y el embajador de los Estados Unidos, Douglas Barclay.

Consuelo. El Presidente Antonio Saca consuela a Dinora de Perdomo, esposa del sargento que murió el martes en Iraq. Foto: EDH

Tres metros más allá estaba su hijo Bryan, sentado en el regazo de la madre, quien con lágrimas vio llegar a su marido, aquel mismo que a principios de febrero anterior despidió en el cuartel de Artillería antes de que 12 mil kilómetros lo alejaran de ella y sus dos hijos.

Haydée, hermana del sargento, parecía tan inconsolable como Dinora, la esposa. El avance lento del féretro les prolongaba el pesar.

El paso del féretro con los restos del sargento Perdomo por la pista militar fue inmediato.
Después que monseñor Fabio Colindres, el obispo de la Fuerza Armada y la Policía, dijera un responso, los dos marineros vestidos de blanco y otros cuatro soldados de camuflado condujeron despacio el ataúd gris hacia el helicóptero.

El Presidente Saca entonces se abocó a los parientes Perdomo y confortó a la viuda con un abrazo.

Ella, entre llantos, le dijo varias cosas que la distancia y el ruido de las aspas del helicóptero se encargaron de hacer ininteligibles a los periodistas. Luego estrechó las manos del resto de parientes incluyendo la de Bryan, el hijo mayor del sargento Perdomo.

Honores. Dos miembros de la Fuerza Naval (de blanco) y cuatro militares más escoltan el ataúd de José Miguel Perdomo. Foto: EDH

El niño parecía tranquilo, como si no entendiera que era su padre sin vida el que desfilaba ante él y que nunca más vería llegar a casa.

Luego de despedirse, el ataúd fue acomodado en el UH1H; luego, uno a uno, los dolientes se acomodaron en el estrecho helicóptero.

Luego de volar por algunos minutos a baja altura, el helicóptero se elevó dirigiéndose al oriente.

El Presidente Saca y su ministro de Defensa no hablaron con los periodistas, que en buen número habían llegado a ser testigos de la llegada del legionario.

Sólo el embajador Barclay se detuvo un momento para decir que la presencia de tropas salvadoreñas en Iraq aún es necesaria y que el pueblo de Estados Unidos se unía al luto de la familia Perdomo, al Gobierno y a los salvadoreños en general.
Después de eso, la pista militar quedó desierta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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