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Inseguridad
Más prostíbulos en San Salvador

Problemas. Los vecinos de estos negocios nocturnos denuncian que son víctimas de escándalos, robos, hurtos e inmoralidades. Muchos lugares están en la mira de la policía, ya que allí se cometen o se planifican diversos delitos.


Publicada 23 de julio de 2006 , El Diario de Hoy

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El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

El problema de las llamadas barras show, que aumentan cada vez más en la capital, no es únicamente que dentro de estos lugares las mujeres bailen desnudas y ejerzan la prostitución, sino que algunos de sus clientes usen estos antros para planificar crímenes o, ya borrachos, cometan actos inmorales y delitos fuera de los negocios.

Incluso, recientemente ha habido balaceras y asesinatos en barras show que están enfrente y en los alrededores de la Fiscalía General de la República.

Es tan latente la sospecha de que dentro de estos lugares se organizan crímenes, que ya hay una propuesta para que la Asamblea Legislativa apruebe una reforma legal para que la policía use agentes encubiertos en estos sitios para detectar y prevenir fechorías.

Para las autoridades, atender las denuncias de estos lupanares representa un desgaste de personal y de logística.

Para los vecinos, es un dolor de cabeza, ya que tienen que lidiar con autos parqueados en sus aceras o frente a sus cocheras o con los orines y las heces fecales que encuentran cuando sale el sol.

“Muchas veces hay disparos en la madrugada, cuando los clientes de estos lugares salen borrachos y hacen escándalos”, se quejó un residente de la colonia La Rábida, donde funcionan varias barras show.

Con la condición de guardar su identidad, el denunciante afirma que los días de pago es cuando se incrementan los escándalos en estos sitios y reclama que las autoridades hacen poco o nada por controlarlos.

Voceros de la Alcaldía de San Salvador dijeron que la encargada de autorizar estos antros es Morena Merino, jefa del Departamento de Licencias y Permisos.

No obstante, el aumento de estos lugares en la capital es un problema que se ha salido de control y poco se hace desde la alcaldía para controlarlo.

El Jefe de Operaciones del CAM, Carlos Ildefonso Castillo, informó que reciben cada fin de semana unas 20 denuncias de los vecinos.

“La mayoría son por el ruido y escándalos que generan estos sitios. Otros se quejan de que tras una noche de juerga se ven obligados a limpiar heces u orines”, manifestó Castillo.

Con respecto al volumen con el que se escucha la música, son varias las denuncias ya que la ley manda que los decibeles no pasen de 55 y a veces éstos llegan a 150.

Con estos casos, detalla, ven obligados a imponer multas.

Indicó que si las irregularidades persisten en los prostíbulos, se hace una acta y se envía un informe al departamento de Registros y Servicios de la Alcaldía de San Salvador para que éste evalúe la situación y obligue al propietario a regularse o mandar el cierre definitivo.

Las zonas de donde más se registran denuncias son el Bulevar Los Héroes, 29a. Calle Poniente, colonia La Rábida, Avenida Juan Pablo II y parte de la colonia Escalón

Castillo agregó que cuando acuden a verificar las denuncias y detienen a algún sujeto, lo entregan a la policía si ha cometido delito. Si sólo ha cometido faltas a la moral o buenas costumbres le imponen una multa. “Prácticamente es una multa de educación, cuyo monto económico depende de la falta cometida”, menciona.

El socorrista Eduardo Mayén, de Comandos de Salvamento, informó que por las noches atienden a heridos en el interior de prostíbulos. “Atendemos unos dos casos cada mes por heridas de cuchillo, arma de fuego o vapuleados”, dijo.

Piden apoyo

El sargento Marcos Pérez, de Investigaciones de la Delegación Centro de la PNC de San Salvador, explicó que cuando se cometen delitos en flagrancia en las barras show solicitan apoyo de la Fiscalía o de algún juez para poder entrar e iniciar las investigaciones.

“Estas barras show sirven para que delincuentes se reúnan para planificar delitos o para vigilar a posibles víctimas”, dice el oficial.

En algunos casos, la Fiscalía investiga crímenes y ametrallamientos , como los ocurridos en la barra show César Club, en la 49a. Avenida Sur, casi frente a la sede del Ministerio Público, en un pleito entre presuntos pandilleros.

Pérez explicó que usualmente coordinan operativos con el Instituto Salvadoreño para la Atención de la Niñez y la Adolescencia para irrumpir en los prostíbulos, en busca de menores que se prostituyan o que consuman alcohol o drogas.

Añade que es recurrente que en los alrededores de estos lugares se cometan robos a vehículos estacionados, o a los mismos clientes.

La tentación nocturna, detrás de las luces de neón
 
Todas las chicas llevan colgando una llave. Para algunos, es la llave que abre la puerta del pecado; para otros, la del placer.

Pero para que la llave funcione hay que pagar $25 por adelantado. Así se paga también la cerveza, que cuesta $2 y $5 si se invita a una joven.

Antes de penetrar en el local, coronado por inequívocas luces de neón, dos hombres encargados de la seguridad registran en busca de armas y abren la puerta, que permanece siempre cerrada.

“Estás muy serio, ¿te puedo acompañar?”, pregunta más desnuda que vestida. En la mesa de al lado, una mujer se contonea sobre un cliente que sonríe: llevan tiempo hablando y tal vez no es la primera vez que se encuentran.

Lo mismo sucede en otra mesa, debajo de un televisor que emite películas pornográficas. Allí, dos amigos pasan el rato, el más tímido apurando su cerveza y el más atrevido palpando a una de las chicas mientras se deja acariciar.

Todavía es pronto y muchas trabajadoras están sentadas, a la espera. De vez en cuando, el DJ las llama para que bailen y se liberen de su escasa ropa ante la mirada vacía de camareros y clientes.

A pocos metros, otro club, pero la misma oscuridad y sordidez. Se pagan $3 de entrada con derecho a una bebida. Hay poca gente y las chicas están en familia: conversan, juegan, ríen y hasta se persiguen y abofetean el trasero. Pero el deber las llama. Un jovencito ebrio se hace rodear y pronto desaparece acompañado.

Sin embargo, en escena ha entrado otro hombre de actitud descarada. Con rapidez toma asiento frente a la barra en que dos bailarinas se mueven a ritmo de reaggeton, aunque no dura mucho allí. Pronto lo conducen fuera de la vista de todos. Sobre un sofá, una chica se ha quedado dormida.

En otro antro, más luminoso, las bailarinas necesitan un descanso. Se acerca la medianoche y hay que reponer fuerzas para aguantar hasta las seis de la mañana. Se sirven pupusas y café negro, pero no quitan ojo a los posibles clientes; se humedecen los labios al preguntar: “¿Te apetece?”.

Ya sin hambre, una bailarina ensaya frente a un espejo con el vestido rojo a punto de estallar. Con pocos clientes, hay más competencia, pero limpia. Se turnan para mostrar sus armas: frases pícaras, proposiciones eróticas y, sobre todo, caricias. A quien le resulta difícil escoger le ofrecen: “Si quieres puedes entrar con las dos, son $50”.

San Salvador cambia de cara por la noche. Mujeres en minifalda esperan en la acera a que alguno de los vehículos que atraviesan la oscuridad se detenga. Varios ya lo han hecho junto a un local al que se accede por una escalera. Tres bailarinas desnudas congregan a un público que habla a gritos y bromea. Los camareros reparten cerveza y Ana busca compañía.

Ella lleva un año trabajando aquí y agradece la seguridad de ese negocio, pues otros “salen hasta en el Diario porque son peligrosos”.
De nuevo, el espectáculo de “strip tease” es una excusa para el negocio de la prostitución. Un joven se recuesta alegre en un sofá. A su alrededor, cuatro chicas le atienden. Tendrá que elegir, porque aquí cada una cobra $35 por media hora.

Este es el precio de la llave del pecado, en un lugar donde todo parece tranquilo, aunque la noche guarda sus secretos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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