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Alejandro Alle*
El
Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
La economía tiene fama de ser una ciencia difícil, y por lo tanto a nadie se le ocurriría intentar enseñársela a un niño, ¿cierto? ¡Error!…, porque le voy a relatar dos casos que muestran que ello no sólo es posible, sino también altamente recomendable.
En realidad, el verdadero ¡error! consiste en no enseñarles economía a los niños, pues cuando crecen y dejan de ser niños…, suelen transformarse en fáciles presas de las innumerables falacias que en nombre de esta ciencia se propagan.
Porque una de las características más notables que tenemos los seres humanos es que con el transcurrir de los años no sólo dejamos atrás la niñez, sino muchas veces también el sentido común (¿no cree?...), tan importante para entender la economía.
Pero, ¿cómo hará un niño para lidiar con las ecuaciones, las fórmulas y el lenguaje solemne? Bueno, la verdad es que ninguna de esas cosas forma parte de los conceptos básicos de la ciencia económica (¡oops!), sino que suelen ser el maquillaje que algunos le agregan para hacerse los difíciles. O peor aún…, para darnos gato por liebre (¿tampoco cree?...mmh, empiece a creerlo).
En línea con la referida inquietud por utilizar analogías fácilmente entendibles por un niño, es que Martín Krause, reconocido académico y columnista de La Nación de Buenos Aires, escribió un libro llamado “La economía explicada a mis hijos”, en el cual aborda con gran sencillez muchos conceptos económicos medulares, relacionándolos con pasajes clásicos de la literatura universal… infantil.
Por ejemplo, al comercio internacional lo presenta con Simbad el Marino, al derecho de propiedad lo expone con el impecable análisis del valor de las estrellas y las flores que hace El Principito, de Saint-Exupéry (¿será hijo del uruguayo Frances-coli, alias “el príncipe”?), y a la división del trabajo la explica con Robinson Crusoe.
Luego de leer el libro, cualquier padre puede comprender que lo verdaderamente infantil son… los argumentos invariablemente esgrimidos en contra del comercio internacional, del derecho de propiedad, o de una sana política fiscal.
¡Ah!, el paso siguiente sería leerle algunos relatos a su hijo, quien seguramente le contestará “¡claro, ya lo sabía!” (¡oops!, papelón…).
Por su parte, Arthur Foulkes, de Indiana, Estados Unidos, publicó recientemente en el website www.mises.org el interesante experimento que desarrolló enseñándole economía a niños de 11 años de edad, alumnos de quinto grado.
El tema me interesó en forma muy especial porque mi hijo tiene justamente esa edad, y tengo presentes las conversaciones con sus amigos, así como las transacciones “comerciales” que ellos hacen (¿sabe a cuánto cotiza hoy un sticker del devaluado Ronal-dinho?, ja, ja).
El objetivo de Foulkes fue mostrarles a los niños que el funcionamiento de la economía está basado en el comportamiento natural de los seres humanos, así como en las innumerables decisiones que tomamos diariamente para enfrentar al mundo real (tranquilo, ¿no le dije que hasta un niño lo entiende?…).
La duración del programa fue de cinco semanas, cada una de las cuales tenía una palabra clave, que en orden cronológico fueron: comercio, dinero, ahorro, competencia, y precios (¡casi nada!, ¿eh?).
Para experimentar con el comercio, Foulkes le entregó a cada niño un regalo pequeño y barato, que había comprado al por mayor, tomando la precaución de que fueran todos diferentes entre sí.
Luego les dijo que podían intercambiarlo con cualquier compañero que estuviese sentado al lado, siempre que la transacción fuera voluntaria. Algunos intercambiaron su regalo.
A continuación los autorizó a intercambiar con cualquier compañero, independientemente de donde estuviese sentado: el resultado fue un comercio mucho mayor. Al preguntarles si habían intercambiado su regalo porque creían que ello les favorecía, todos contestaron que sí (obvio…, y los niños no mienten, ¿eh?).
Evidentemente los niños del experimento de Foulkes habían entendido claramente (más que muchos adultos…) que el intercambio implica entregar algo que uno subjetivamente valoriza menos, a cambio de recibir otra cosa que uno subjetivamente valoriza más. Porque el comercio no es una operación “suma-cero”: ambas partes ganan cuando es voluntario.
Quizás era cierto entonces eso que “USA for Africa” cantó en los 80s “We are the world, we are the children”. Al menos, si todavía no son el mundo, parecen entender mejor la economía…
Hasta la próxima.
*Ingeniero. Máster en Economía (ESEADE, Buenos Aires). Columnista de El Diario de Hoy. alejandro_alle@yahoo.com

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