| Manuel
Hinds*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Hace dos días el FMLN afirmó que establecerá filtros
para evitar la inclusión en sus filas de criminales, como los que
asesinaron a los policías. Esta acción pareciera ser una
admisión de errores y mucha gente puede tomarlo como un paso positivo.
En realidad, deja un mal sabor porque a través de esas declaraciones
el FMLN está desviando la atención del pueblo de la responsabilidad
que, como mínimo, tiene en los hechos del 5 de julio.
El problema no es que dos personas que pertenecen al FMLN hayan cometido
un crimen. Como mínimo, el problema es que este crimen se dio en
el contexto del odio que el FMLN instila en sus partidarios, de la violencia
que caracteriza a las manifestaciones que el partido organiza y como una
concreción del lenguaje de violencia que el FMLN utiliza rutinariamente.
Es por crear este clima de violencia que, también como mínimo,
el FMLN debe pedir disculpas al pueblo y respaldarlas con un claro cambio
en su comportamiento. Un partido que se caracteriza por sembrar el odio,
por organizar manifestaciones violentas, bloqueos de carreteras, quemas
de llantas, y por orquestar ataques contra la propiedad y las personas
necesita de gente violenta. Ahora no puede aparecer diciendo que “se
les han filtrado”.
Como el caso de los dos implicados en el asesinato de los policías
muestra sin lugar a dudas, el FMLN no sólo ha reclutado activamente
a este tipo de personas sino que las han entrenado, promovido y utilizado
para llevar a cabo actos de violencia que los ciudadanos comunes no están
dispuestos a protagonizar.
Es decir, el FMLN no debe pedir perdón a la sociedad por haber
dejado que se le filtraran tipos de esta calaña en su organización.
Debe pedir perdón por basar su estrategia política en acciones
que requieren de gente violenta como ellos para llevarse a cabo. Si renuncia
a estas cosas no necesitará criminales en su organización.
Pero hay otros hechos que sugieren que la culpa de los dirigentes del
FMLN fue mayor que el mantenimiento de este ambiente de violencia. Uno
es que la fría premeditación y la pericia criminal del asesinato
necesitaban el apoyo de una organización fuerte, capaz de darles
a los asesinos un fusil militar, de entrenarlos como francotiradores y
de ayudarlos a escapar, es decir, de una organización que funcione
como el FMLN funcionó durante la guerra.
De hecho, el ataque se llevó a cabo de una manera muy similar a
la utilizada por los comandos urbanos del FMLN y desde un reducto de organizaciones
de base del Frente que incluyen entre sus miembros a los asesinos. Es
decir, las circunstancias y su propio pasado lo incriminan.
Otro hecho muy significativo es que Herrador, el acusado que está
bajo custodia, dice que se siente abandonado por el FMLN, como si éste
lo hubiera inducido a lo que hizo y ahora no lo defiende. Es muy difícil
no ligar estos hechos con la resistencia de los líderes del FMLN
a condenar los asesinatos.
Pero quizás la peor de las culpas del FMLN es esa indiferencia
por la vida ajena que ha instilado en sus correligionarios. Influenciada
por el discurso del Frente, mucha gente manifestó indiferencia
frente a secuestros y asesinatos en los años que antecedieron a
la guerra, pensando que la violencia iba a desatarse sólo contra
“los ricos”. Esa indiferencia, que cada quien puede ajustar
a su conveniencia (de tal manera que sea legítimo asesinar a los
adversarios pero no a los partidarios), es lo que permitió la matanza
de 80,000 hermanos que fue la guerra.
Un poeta inglés escribió hace casi cuatrocientos años
unos versos, que deben grabarse en todos nosotros como recuerdo de esa
guerra fratricida. En 1596 la corona inglesa mandó al conde de
Essex a atacar Cádiz. Una flota española salió del
puerto a detenerlo.
Luego de hundir a esta flota, los cañones ingleses se tornaron
hacia Cádiz. Las campanas de la ciudad comenzaron a doblar para
alertar a sus pobladores de la tormenta de fuego que se cernía
sobre ellos. John Donne, un joven poeta, contempló esta escena
desde uno de los barcos británicos y nunca olvidó el tañer
de esas campanas. En 1624, muy cerca de su muerte, publicó un pequeño
libro llamado Devociones, que contenía unos versos que pueden traducirse
libremente así:
...y la muerte de un hombre me disminuye a mí,
porque yo estoy envuelto en la humanidad;
y por lo tanto, nunca mandes a preguntar
por quién doblan las campanas; doblan por ti.
Con el asesinato de los policías las campanas están doblando
por todos nosotros. Su muerte nos ha disminuido a todos. Los asesinos
deben quedar solos, sin excusas políticas. El pueblo debe exigir
al FMLN que opte por la paz, no sólo de palabra sino en sus acciones.
Es la hora de su verdad.
*Ingeniero y columnista de El Diario de Hoy.

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