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Meditando
No interrumpir: niños trabajando
Cuando veamos un niño trabajando
reparemos que el proceso capitalización humana y material que ello
reportará ulteriormente es insustituible por cualquier política
pública.
Publicada 12 de julio de 2006, El Diario de Hoy
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| Paul
Laurent*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
¿Es exagerado decir que la eliminación del trabajo infantil
sería un acto inhumano y criminal? Por lo pronto anularle a cualquier
persona la posibilidad de poder satisfacer sus más elementales
urgencias vitales es un evidente acto de crueldad.
Entonces, por qué pensar que impidiendo que los niños trabajen
se les estará haciendo un gran favor. ¿O es que se cree
que los niños inmersos en esta situación lo hacen por una
insondable vocación autodestructura o por la pura perversión
de sus padres?
Una manera muy extraña de mirar las cosas. Si tal hecho acontece
es porque no les queda otro camino, siendo que impedirles alcanzar por
su propio empeño todo aquello que hoy en día carecen es
un directo convite a la inanición. Peligroso, el romántico
afán de protegerlos bien puede convertirse en un elemento represor
contra los más pobres. Claro, salvo que se piense que el Estado
puede resolver cada uno de los motivos que hicieron que esos niños
se dediquen a trabajar.
¿Alguien cree realmente en eso? Bueno si ello fuera así
entonces tendríamos que procurarnos de un sistema estatal altamente
sofisticado. Todo un armatoste de beneficencia y asistencialismo que ni
los países más ricos del mundo han logrado tener jamás.
¿Inocentes elucubraciones? Si se juzga que ello es dable entonces
debemos entender que el mundo mágico (¿de Disney?) de los
bien intencionados ha destrozado todo viso de cordura y sensatez. Y si
ello es así en lo blanco y limpio, cómo será en el
igualmente irreal y ensoñador pero no tan níveo ni acicalado
delirio de la sociedad sin clases y del paraíso de la perfecta
igualdad. En todo caso, ¿por qué la sociedad tiene que financiar
compulsivamente los anhelos altruistas y caricativos de unos cuantos justicieros?
Luchar para que dos millones de niños y adolescentes dejen de trabajar
y se pongan a hacer cosas de su edad (como estudiar) huele a una total
quimera en un país donde el 50% de la población vive en
la pobreza (más de 13 millones de personas). Una quimera que fácilmente
puede terminar produciendo el peor de los efectos: acentuar más
la miseria tanto de los menores de edad como de los demás que dependen
de su valioso aporte (hermanos menores, ancianos y enfermos). Es decir,
la obsesión por frenar la fuerza laboral infantil a través
de una legislación especialmente diseñada muy bien puede
contribuir a condenarlos a la sempitencia carencia o, “en el mejor
de los casos”, a tornarlos completamente dependientes del Estado.
Si esto último se diese tendríamos que soportar una generación
de parásitos finamente adiestrados para esperarlo todo de lo demás
y sin ninguna contribución de su parte. Abierta-mente, un ejército
de impúberes y púberes que nunca sabrán generar ese
aleccionador apoyo que generaciones de infantes siempre han brindado a
los que venían por delante.
Así, pues, el grueso de las personas que en el presente ostentan
formalmente un “envidiable” nivel educativo, provienen de
familias originalmente nacidas del duro trabajo de unos abuelos que no
dudaron en sacrificar su propia infancia con tal de vencer la adversidad
y su casi analfabetismo en aras de labrarle a los suyos un futuro más
prometedor que el que ellos tuvieron.
Innegable, fueron estos hombres y mujeres los que supieron darles a sus
descendientes un nivel superior de vida a partir de un esfuerzo que las
más de las veces comenzó en la infancia. Lo que no partió
de ningún novelesco afán de superación personal,
sino por unos muy primarios apremios por llevarse algo a la boca y no
sucumbir.
De esta suerte, cuando veamos un niño trabajando reparemos que
el proceso capitalización humana y material que ello reportará
ulteriormente es insustituible por cualquier política pública.
Nada lo imita ni lo reemplaza. No hay sucedáneos de por medio.
Ello debe de tenerse en cuenta antes de proponer mutilar cada hebra de
quien entiende que puede remediar los imponderables de su existencia por
propia mano y desde muy temprana edad. No perdamos la perspectiva.
El trabajar por diversión es un lujo que se pueden dar unos pocos.
La gran mayoría lo hace por necesidad, una necesidad que nos debe
invitar a sospechar que lo que se requiere es tan simple como importante:
combatir la esclavitud y la trata de seres humanos.
Un flagelo que va más allá de las edades, y que involucra
a todas las personas por igual. Ciertamente la mejor forma de ver por
los niños, comprobando si sus derechos son tan respetados como
los de cualquier adulto.
*Escritor y economista.

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