| Mónica Michels de Molina*
El
Diario de Hoy
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Vi una vez unas fotos poco usuales de Florencia. Las tomó una estudiante de arte, pero no eran de una obra, sino de espectadores, de turistas. En cada una de ellas salía una persona con la boca literalmente abierta, asombrada, como admirando algo. Tuve que preguntar de qué se trataba y la respuesta fue: “Es el David, están viendo el David de Miguel Ángel”.
Los grandes del Renacimiento, y siendo justos, atemporales del arte, no fueron sólo escultores o pintores. Varios fueron escritores y muchos de ellos también maestros. Esta última labor, quizás la más trascendental de todas, debieron haberla ejercido como parte de su trabajo diario, en sus talleres, sin terminar de visualizar la magnitud de los innumerables conocimientos que originarían; tal vez no se hubiesen sentido cómodos con el título de profesores y lo hubiesen hasta negado, pero intuyo que hasta el mismo Ghirlandaio, de quien ellos aprendieron durante la adolescencia, tendría impresionantes anécdotas que contarnos de cómo otros fueron acogiendo y haciendo suyas tan importantes enseñanzas.
Lo traigo a colación porque pienso que sin darse cuenta, una persona puede terminar haciendo mucho más bien del que se propone, si intenta llevar a cabo su actividad de la mejor manera posible, en una honesta y generosa entrega.
La educación, que entonces en Europa fue eminentemente técnica, conllevaba el tradicional “acompañamiento” del discípulo y el maestro, y sin duda crecía y se tornaba cada vez más eficaz, en la medida en que el alumno se llenaba de asombro. Todos los que intentamos enseñar algo hemos de tener en mente que no es posible conseguir que otros “abran la boca” y se detengan en admiración, sólo porque eso es lo que tienen asignado, como a quien lo sientan y le indican que escuche.
El que transmite un mensaje a otros que se encuentran en su compañía, porque así “les ha tocado” podrá decirles algo, incluso valiosísimo, pero que los oyentes lo hagan propio es otra historia.
Lo que sucedió en el gran Renacimiento fueron muchas pequeñas cosas; más bien, una actitud, un dar importancia a las cosas aparentemente insignificantes. En la Capilla Sixtina, por ejemplo, hay frescos que prácticamente no se alcanzan a ver, por su altura, pero están hechos con una perfección tal, que siglos después, turistas del mundo entero siguen deteniéndose constantemente para admirarlos.
El mismo David, aunque ahora expuesto en el Museo della Accademia, fue diseñado para la Piazza della Signoria, adonde se colocó originalmente. Sus proporciones son grandes, de tal modo que el que lo ve desde el suelo difícilmente reconoce la maestría con la que está terminada la cabeza. Y sin embargo, cualquier estudiante de medicina puede atestiguar que cada tendón del cuello está nítida y proporcionalmente representado.
En las obras de arte es fácil ilustrar cómo lo que se elabora con esmero es totalmente diferente de lo regular, y esto se debe no pocas veces al empeño que se ha puesto en hacer bien hasta lo que aparenta ser insignificante. Nadie se detiene ante lo mediocre y cualquiera es capaz de admirarse ante lo que está muy bien hecho. ¿ Qué artista no quisiera aprender las técnicas de Rafaello ? ¿Quién puede entrar a la Galleria Uffizi y salir como si nada hubiese pasado?
Aprender y enseñar no es leer, no es hablar, no es escribir: es más bien hacer, de tal modo que los involucrados en el proceso hagan de lo aprendido una experiencia vivida. Porque si algo aburre, es oir lo que alguien explica o relata porque así se le ha asignado, y, si algo choca, son las palabras de quien quiere convencer sin asombrar con una razón valedera.
El oyente, con frecuencia analiza y filtra las vivencias de los otros con el sentimiento y con la razón ,y usualmente le impresiona y le queda también lo accesorio y no sólo el mensaje en sí. Cómo convence ver en el resultado del trabajo de aquel que se esfuerza, que el producto de su tenacidad proviene de su humanidad --y lo que todo ello conlleva-- y no de una máquina; que atrás de la obra hubo una mano laboriosa, una cabeza pensante y un corazón sensible, y que éstos se unieron para luchar armoniosamente por lograr hacer bien ese algo, usualmente, pequeño.
*Médico Psiquiatra y columnista de El Diario de Hoy.

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