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Una fiebre llamada fútbol
Calles desiertas, multitudes hipnotizadas, desconocidos platicando, obligaciones pospuestas, todo se transforma en este paréntesis a la vida cotidiana que es un campeonato mundial de fútbol
Publicada 8 de julio de 2006, El Diario de Hoy
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| José María Sifontes*
El
Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
El estadio está a reventar. Uno a uno el marcador. Faltan sólo unos minutos para que termine el segundo tiempo. Es la final y todo depende del resultado. Me llama el entrenador y me da instrucciones precisas. Había estado en el banquillo reponiéndome de una lesión pero las circunstancias ameritan el riesgo. Por mi parte estoy dispuesto al sacrificio. Entro al terreno de juego con el número 10 en la espalda y el corazón latiendo con fuerza.
Corro sin sentir el cansancio, la adrenalina circula a borbotones. Marco a un contrario, a dos, al tercero logro quitarle el balón. Tiro a la meta contraria pero un defensa intercepta el disparo y saca el esférico por la línea final. Me ubico para esperar el “corner” entre una multitud de adversarios con la hostilidad y la determinación reflejada en sus rostros. Observo un claro entre los defensas y corro hacia él, algo me dice que ese es el lugar indicado.
El balón es impulsado con fuerza desde la esquina y surca los aires. Hace contacto con la cabeza de un defensa. En una fracción de segundo me percato que viene hacia mí. Me impulso con todas las fuerzas de que soy capaz, doy un paso y salto. Golpeo el balón con la frente hacia la meta, que está a unos metros de distancia y veo que se dirige hacia ella.
Todos los jugadores voltean sus cabezas y observan, unos temerosos, otros esperanzados, la trayectoria. El tiempo se detiene. Como en cámara lenta veo que el guardameta salta intentando contactar el balón que pasa a escasos 10 centímetros de sus dedos y atraviesa la meta exactamente en su ángulo superior derecho. El árbitro da el silbato final, hemos ganado el partido... gracias a mi.
Por supuesto que todo es producto de mi imaginación. Como jugador de fútbol, debo aceptarlo, era bastante malo pero la fantasía nos hace ir a lugares o hacer cosas que la vida real no nos permite. Y con el mundial en pleno auge ¿qué hombre, joven o viejo, no ha tenido últimamente fantasías parecidas a las mías? Quedarse un rato quieto, relajado, con la mirada en el vacío, soñando despierto, también es una forma de placer.
También, a veces, imagino que soy “pitcher” de los Yankees y estoy en la serie mundial, pero no se compara con la más frecuente fantasía futbolística. Y es que el fútbol tiene una magia especial, algo que es difícil de explicar pero que ningún otro deporte de equipo tiene. Todo, desde los grandes goles hasta los errores de los árbitros que nos hacen desear, al menos por un momento, que les caiga un rayo, es parte de la emoción que genera el juego.
Este deporte hace que nos levantemos del asiento, que nos frotemos las manos, que demos vueltas en círculo, que cerremos los ojos para no ver un tiro libre. Hasta nos hace más religiosos como cuando juntamos las manos y suplicamos al cielo que se falle un penal. Si alguien captara con una cámara únicamente las reacciones de una persona viendo un partido, concluiría irremediablemente que le faltan un par de tornillos.
Con el fútbol todo es susceptible a alborotar la adrenalina. Todos juegan un papel esencial en este concierto de sentimientos realzados. Los jugadores, los árbitros, los entrenadores, los bancas (¿quién no echó de menos a Messi en el partido de Argentina contra Alemania?) y los cronistas deportivos. Estos últimos son determinantes, pues son los que le agregan emoción a lo que sucede en la cancha.
Recuerdo a varios locutores que le inyectaban pasión a los partidos. Uno de ellos, en los ochenta, narró con ardor en los tiempos en los que el fútbol de El Salvador figuraba a nivel mundial. Ahora ya no narra fútbol, cambió de profesión y ha llegado a tener, digámoslo así, un puesto bastante importante. Eugenio Calderón ha sido también un locutor bastante apasionado. Nos hacía seguir las jugadas y la emoción junto a ellas.
Su ira con el equipo contrario o los árbitros era personal y contagiosa. Algunos creen que a veces se “disparaba” pero de eso se trata el fútbol. En lo particular me hubiera gustado ver los partidos del mundial de Alemania con Eugenio Calderón y Quique Iraheta en los micrófonos. La emoción hubiera subido tres atmósferas, pero esto es lo que queremos al ver un partido.
Calles desiertas, multitudes hipnotizadas, desconocidos platicando, obligaciones pospuestas, todo se transforma en este paréntesis a la vida cotidiana que es un campeonato mundial.
El fútbol es así, dice la gente.
*Médico Psiquiatra y columnista de El Diario de Hoy.jsifontes@elsalvador.com

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