| Óscar Rodríguez Blanco s.d.b.*
El
Diario de Hoy
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El pasado 1 de julio, se inauguró en Valencia, España, el Encuentro Mundial de las Familias, para fortalecer los valores de esta institución vital de la sociedad y renovar la fe de las futuras generaciones. Ese mismo día, miles de homosexuales desfilaron en Madrid con el aval de las autoridades civiles, para manifestarse en el primer aniversario de la ley que permite los matrimonios entre homosexuales. El pueblo salvadoreño ha estado sintiendo la presión, de quienes aduciendo derechos inexistentes, quisieran tener en el país leyes semejantes.
La posición del Presidente Saca, de querer favorecer una reforma que eleve a rango constitucional la prohibición del matrimonio entre parejas del mismo sexo, es una actitud coherente que apoya la mayoría del pueblo. El Código Civil salvadoreño es claro en afirmar que el matrimonio se realiza entre un hombre y una mujer.
El hecho de que en muchos países ya es una realidad este tipo de matrimonios, y que en otros exista actualmente un debate sobre ese tema, no justifica que los salvadoreños tengan que ir siguiendo esos amargos pasos, para dejar atrás los sanos y firmes principios que siempre se han tenido en materia de matrimonio. El “Pulgarcito de Améri-ca” no debe compararse, en este aspecto, a otros países que por ser técnica o industrialmente más desarrollados, caminan como el cangrejo en materia de moral matrimonial.
La mayoría del pueblo, es creyente y respetuoso de las leyes de Dios, no se dejará llevar por las ideas trasnochadas de algunas personas, que pretenden aprobar leyes contra natura. El cristiano equilibrado sabe que la Iglesia Católica no rechaza al que es homosexual por tener esa condición, enseña que toda persona tiene una dignidad y merece respeto, todo hombre o mujer ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. El ser homosexual no es ni una falta, ni un pecado, ni un vicio, es un hecho que Dios no condena y que ninguna otra persona debe condenar, lo que sí es condenable es todo acto homosexual, la homosexualidad desordenada, como es también condenable todo acto heterosexual desordenado.
En una de sus homilías Juan Pablo II dijo: “En nuestro tiempo, un sentido de derechos mal entendido ha perturbado, algunas veces, la naturaleza de la institución de la familia y el lazo conyugal mismo. Es necesario que en todos los niveles, se unan los esfuerzos de aquellos que creen en la importancia de la familia como base en el matrimonio”.
Por la Biblia sabemos que Dios, al crear al hombre y a la mujer, les dio el mandato de “crecer y multiplicarse”, confiándole a la pareja el don de transmitir y de cuidar la vida desde su concepción. La unión íntima entre el hombre y la mujer es la única garantía de perpetuidad de los seres humanos, un matrimonio de un hombre con un hombre, o de una mujer con una mujer, es un atentado a la familia, a la sociedad y a la misma niñez que debe crecer y desarrollarse con un padre y una madre y no con dos padres o dos madres.
La iglesia siempre ha pedido a los políticos católicos que se opongan “con todos los medios” al matrimonio entre homosexuales, porque es nocivo para la sociedad. El legislador, consciente de su fe católica, debe actuar con criterios evangélicos, sin dejarse llevar por intereses personales o partidistas.
El Papa Benedicto en su discurso de bienvenida al nuevo embajador de España ante la Santa Sede el 20 de mayo, indicaba: “La iglesia proclama sin reservas el derecho primordial a la vida, desde su concepción hasta su ocaso natural, el derecho a nacer, a formar y vivir en familia, sin que ésta se vea suplantada u ofuscada por otras formas o instituciones diversas”.
Estas palabras del Papa son válidas para todos nosotros que anhelamos tener siempre familias unidas. Ojalá, que como dice el Papa Benedicto, se vuelva a escuchar “el memorable llamamiento que hizo Juan Pablo II en la exhortación apostólica “Fami-liaris consortio”. “Familia, ¡sé lo que eres!”.
*Sacerdote salesiano. basilicadb@cwpanama.net

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