| Carlos Mayora Re*
El
Diario de Hoy
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“Dios ha muerto”, declaró Nietzsche a finales del Siglo XIX, y desde entonces hemos tenido una pléyade de anunciadores del ocaso de la religión y del “triunfo” de la ciencia. Freud, uno de sus más importantes profetas dejó escrito que el futuro de la religión sería “el porvenir de una ilusión”.
Pero la religión no ha muerto, Dios sigue contando... ¿Cómo lo sabemos? Podríamos fijarnos en indicadores sociológicos, encuestas y estudios. Sin embargo, mejor enfoquémonos en un indicador universal: el mercado, pues la religión vende, y últimamente se ha convertido en un producto de consumo más.
Nada se vende si no hay demanda, es un principio universal; por lo que parece razonable preguntarse cuáles son las claves de la demanda, pues las de la oferta a la vista están: misterio, conspiración, manipulación, medias verdades, medias mentiras, suspenso, irreverencia...
Una clave podría ser cierta nostalgia de la creencia. La oferta se dirige a aquellos que no han dejado del todo de creer, o que mantienen sus creencias a medio gas. Viven con cierto complejo de inferioridad respecto a los que creen con firmeza, pero no se atreven a cuestionarlos directamente. Por eso, cuando se les da la oportunidad de atacarlos, consumen encantados los productos que les dan cierta seguridad, vocabulario y conceptos compartidos con la religión verdadera.
Así, en cierto modo creen, tienen fe, aunque esa fe se fundamente en lo que ellos mismos se fabrican. Son autónomos, y por tanto con capacidad para hacerse una religión a la medida. Creen lo que crean.
Otra de las claves podría ser el vértigo de lo prohibido. Según algunos, la humanidad ha estado equivocada durante veinte siglos; sojuzgada por un sistema que falsifica la realidad. La solución es desvelar la conspiración para que todos los hombres podamos conocer cómo un grupo de malvados y secretos déspotas nos han explotado según su interés.
Es una tentación que va de la mano de la condición humana, mezcla de autonomía y sujeción libre. Pretender que se conoce la verdadera realidad y por lo tanto se es más espiritual, más puro, más divino, es siempre una fuerte tentación, recogida ya en el “seréis como dioses” con que la serpiente engañó al hombre,que recién estrenaba su endeble libertad.
Así la clave mercadológica es esta: ya no hace falta creer lo que no se ve, pues de ahora en adelante uno podrá ver lo que desee creer.
Otro punto que da para mucho es la antiquísima antítesis entre carne y espíritu. El principio es sencillo: el mal está en la materia, el bien en el espíritu. Hay dos formas de liberar el espíritu: mediante la lucha interior de renuncia a uno mismo, que es el camino arduo, o escoger una salvación exclusivamente espiritual, que hace compatible la pureza del alma con dedicar el cuerpo a los más variados goces, entonces se puede “creer mucho y pecar mucho”.
Por eso, en un ambiente más corporal que espiritual; quien predique una religión sin mandamientos --si además apoya sus teorías con pseudo ciencia o pseudo historia--, tiene mercado asegurado. Su oferta de tranquilidad de conciencia encontrará multitud de clientes que necesitan apaciguar la suya.
La utilización de los temas religiosos en la literatura de ficción es, además de una buena muestra del poder del mercadeo, un indicador de la empobrecida cultura religiosa en que nos movemos. Por no decir nada de la depauperada condición literaria o cultural de la mayoría de los consumidores. Son personas capaces de creerse cualquier cosa, con tal de haberla visto publicada.
La popularidad de algo no ha sido nunca criterio de verdad. Cualquiera que haya dedicado su vida a saber en profundidad cualquier tema, tiene conciencia de que nunca sabrá bastante. También conoce que lo que sobre aquello se piensa comúnmente suele ser, como mucho, una burda aproximación.
Nos encontramos con una serie cada vez más nutrida de autores, tópicos, libros y películas que tratan superficialmente sobre lo humano y lo divino, fabricando con fines comerciales una burda copia del cristianismo, o de cualquier religión que preste sus verdades para tejer con ellas caricaturas consumibles: con bajo contenido de verdad y altas concentraciones de auto satisfacción.
*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario de Hoy.

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