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Diario de Hoy
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Hace medio siglo los húngaros se levantaron contra la ocupación
soviética, rebelión que duró varios meses y estremeció
al mundo, por la posibilidad de que ese estallido popular desatara la
Tercera Guerra Mundial.
La rebelión húngara siguió a la de Alemania comunista
y antecedió las dos revueltas polacas y la “primavera de
Praga” una década más tarde. En cada alzamiento, los
soviéticos usaron divisiones blindadas para sofocarlo, aunque ninguno
llegó a los extremos de resistencia y duración, como el
húngaro. Cuatro meses después del estallido, partisanos
húngaros seguían combatiendo contra unidades rusas.
En aquel entonces la bandera húngara tenía adosada al centro
el emblema comunista de la hoz y el martillo. Los alzados arrancaban de
sus banderas el signo de la servidumbre y con ese estandarte combatían;
al día de hoy la bandera con el hueco al centro es el homenaje
nacional a los héroes de las gloriosas jornadas.
El mayor asombro de entonces fue que la rebelión estaba liderada
por obreros, campesinos, estudiantes e intelectuales, con el apoyo de
la nación entera. El mito de que el Estado socialista se sostenía
sobre las clases trabajadoras y la “intelligentsia”, se derrumbó
de golpe, revelando su cruda y espantosa realidad: el bloque soviético,
como toda “república popular”, era y sigue siendo una
dictadura de fanáticos y sicópatas, cuya principal víctima
es la gente que labora y en cuyo nombre usurpan el poder.
Las más cruentas batallas en esa rebelión se dieron en el
centro de Pest, muy cerca del cruce de ocho avenidas, el Octogon. Y casi
de inmediato inició un éxodo de gente de toda clase hacia
la libertad; casi doscientos mil refugiados húngaros llegaron a
Austria y Alemania, desde donde emigraron a muchas regiones del globo.
Pese a ello los principales dirigentes, Imre Nagy y Pal Maleter se quedaron,
refugiándose luego en la Embajada de Yugoslavia; los rusos les
ofrecieron salvoconducto, ellos se entregaron y fueron ejecutados, aparentemente
por estrangulación. El otro gran refugiado fue el cardenal Josef
Midszenty, que se asiló en la Embajada de Estados Unidos, donde
pasó quince años en reclusión.
Muchas cicatrices, un futuro de esplendor
Al ser sofocada finalmente la revuelta, los rusos pusieron en el poder
a Janos Kadar, de quien se decía que un tiempo antes había
sido castrado por la policía secreta soviética. Kadar tuvo
la habilidad de jugar al borde del abismo, el abismo de una nueva represión
soviética, y su régimen fue el menos opresivo de la Europa
del Este.
Cuando comenzaron las rebeliones en los satélites soviéticos
a finales de la Década de los Ochenta, los alemanes orientales
buscaban refugio en Hungría, hasta que todo el tinglado soviético
se derrumbó en 1989 al desplomarse el Muro de Berlín.
Al día de hoy, pese al casi esplendoroso renacer de Hungría,
una hermosa nación con la gente mejor parecida de Europa, las cicatrices
del largo cautiverio bajo el comunismo son todavía visibles: las
afueras de Budapest lucen viejas, los repellos de grandes edificios siguen
fragmentados, las majestuosas avenidas de Pest (se pronuncia Pesht), no
han recuperado la magnificencia que tuvieron a principios del Siglo XIX.
Hungría ha perdido casi todas sus batallas desde que los magiares
la invadieron en el Primer Milenio, pero ganará la del futuro.

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