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La Nota del Día
Ha pasado medio siglo de la rebelión húngara

Hungría ha perdido casi todas sus batallas desde que los magiares la invadieron en el Primer Milenio, pero ganará la del futuro.

Publicada 5 de julio de 2006, El Diario de Hoy

El Diario de Hoy
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Hace medio siglo los húngaros se levantaron contra la ocupación soviética, rebelión que duró varios meses y estremeció al mundo, por la posibilidad de que ese estallido popular desatara la Tercera Guerra Mundial.

La rebelión húngara siguió a la de Alemania comunista y antecedió las dos revueltas polacas y la “primavera de Praga” una década más tarde. En cada alzamiento, los soviéticos usaron divisiones blindadas para sofocarlo, aunque ninguno llegó a los extremos de resistencia y duración, como el húngaro. Cuatro meses después del estallido, partisanos húngaros seguían combatiendo contra unidades rusas.

En aquel entonces la bandera húngara tenía adosada al centro el emblema comunista de la hoz y el martillo. Los alzados arrancaban de sus banderas el signo de la servidumbre y con ese estandarte combatían; al día de hoy la bandera con el hueco al centro es el homenaje nacional a los héroes de las gloriosas jornadas.

El mayor asombro de entonces fue que la rebelión estaba liderada por obreros, campesinos, estudiantes e intelectuales, con el apoyo de la nación entera. El mito de que el Estado socialista se sostenía sobre las clases trabajadoras y la “intelligentsia”, se derrumbó de golpe, revelando su cruda y espantosa realidad: el bloque soviético, como toda “república popular”, era y sigue siendo una dictadura de fanáticos y sicópatas, cuya principal víctima es la gente que labora y en cuyo nombre usurpan el poder.

Las más cruentas batallas en esa rebelión se dieron en el centro de Pest, muy cerca del cruce de ocho avenidas, el Octogon. Y casi de inmediato inició un éxodo de gente de toda clase hacia la libertad; casi doscientos mil refugiados húngaros llegaron a Austria y Alemania, desde donde emigraron a muchas regiones del globo. Pese a ello los principales dirigentes, Imre Nagy y Pal Maleter se quedaron, refugiándose luego en la Embajada de Yugoslavia; los rusos les ofrecieron salvoconducto, ellos se entregaron y fueron ejecutados, aparentemente por estrangulación. El otro gran refugiado fue el cardenal Josef Midszenty, que se asiló en la Embajada de Estados Unidos, donde pasó quince años en reclusión.

Muchas cicatrices, un futuro de esplendor

Al ser sofocada finalmente la revuelta, los rusos pusieron en el poder a Janos Kadar, de quien se decía que un tiempo antes había sido castrado por la policía secreta soviética. Kadar tuvo la habilidad de jugar al borde del abismo, el abismo de una nueva represión soviética, y su régimen fue el menos opresivo de la Europa del Este.

Cuando comenzaron las rebeliones en los satélites soviéticos a finales de la Década de los Ochenta, los alemanes orientales buscaban refugio en Hungría, hasta que todo el tinglado soviético se derrumbó en 1989 al desplomarse el Muro de Berlín.

Al día de hoy, pese al casi esplendoroso renacer de Hungría, una hermosa nación con la gente mejor parecida de Europa, las cicatrices del largo cautiverio bajo el comunismo son todavía visibles: las afueras de Budapest lucen viejas, los repellos de grandes edificios siguen fragmentados, las majestuosas avenidas de Pest (se pronuncia Pesht), no han recuperado la magnificencia que tuvieron a principios del Siglo XIX. Hungría ha perdido casi todas sus batallas desde que los magiares la invadieron en el Primer Milenio, pero ganará la del futuro.

 

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